Pulsando los mandos del sintetizador de voz, Hawking convirtio en sonido inteligible el texto previamente escrito. Enseguida se apodero de la atencion de los presentes. Hubo carcajadas ante sus mordaces comentarios, pronunciados en un ingles mecanico y exacto. Sin embargo, para disgusto de Elisa, se limito a hablar de la posibilidad de recuperar la informacion perdida en los agujeros negros, y solo al final menciono como de pasada la teoria de Blanes. Concluyo:

– Las ramas de la secuoya del profesor Blanes crecen hacia el cielo del futuro, mientras que sus raices se hunden en la tierra del pasado, a la que no podemos descender… -Hubo una pausa en la voz electronica-. No obstante, mientras permanecemos colgados de una de las ramas, nada nos impide mirar hacia abajo y contemplar esas raices.

Aquella frase hizo meditar a Elisa. ?A que se referia Hawking? ?Era un simple broche de oro «poetico» o estaba intentando sembrar la duda sobre la posibilidad de identificar y abrir las cuerdas de manera aislada? De cualquier forma, resultaba obvio que la «teoria de la secuoya» habia perdido mucho gas entre los grandes fisicos. Solo quedaba aguardar a la intervencion del propio Blanes, pero las expectativas no se le antojaban halaguenas.

Hubo un receso para comer. Todo el mundo se levanto como una sola persona y las salidas se bloquearon. Elisa se agrego a la hilera de la puerta principal, y en ese momento una voz rozo su oido.

– ?Preparada para perder?

Esperaba algo parecido y no tardo en replicar, al tiempo que volvia la cabeza:

– ?Y tu? -Pero Ric Valente se habia esfumado usando al publico como pantalla. Elisa se encogio de hombros y medito en la posible respuesta a aquel desafio. ?Estaba preparada? Tal vez no.

Pero aun no habia perdido.

Victor Lopera le propuso que almorzaran juntos durante el descanso. Ella acepto de buen grado, ya que le apetecia su compania. Pese a su obsesion por el resbaladizo tema de la religion en la fisica, que a veces le hacia hablar mas de la cuenta, Lopera era buen conversador y una persona entranable y amena. Regresar a casa en su coche se habia convertido en una grata costumbre para ambos.

Compraron sandwiches vegetales en el autoservicio del bar del Palacio de Congresos. El de Victor tenia racion doble de mayonesa. Elisa sospechaba que solo la mayonesa podia conseguir que su companero dejara por un instante el tema de Teilhard de Chardin o de cuando el abad Lemaitre descubrio que el universo se expandia y Einstein no le creyo: se entregaba a devorarla sin importarle mancharse los labios y luego exhibia su larga lengua y se limpiaba como un gato.

No encontraron una mesa libre, y comieron de pie mientras charlaban sobre las ponencias -a el le habia encantado la de Reinhard Silberg- y saludaban a profesores y companeros (el lugar era poco menos que un escaparate donde cada cinco segundos Elisa tenia que sonreirle a alguien). En un momento dado, de forma inesperada, el la alabo, enrojeciendo: «Estas muy guapa». Ella se lo agradecio, pero no con total sinceridad. Aquel sabado habia decidido, por primera vez en toda una semana de desaseo, lavarse la cabeza y peinarse un poco, asi como ponerse una blusa azul celeste y un pantalon de algodon azul marino, no sus vaqueros rotos de costumbre, que hubiesen podido «marcharse y regresar solos de la calle», como decia su madre. No le gusto que Victor se fijara en esos detalles para celebrarla.

Sin embargo, se percato pronto de que el interes de Victor por ella, en aquella ocasion, era especial. Lo supo antes de que el sacara el tema, por las miradas fugaces que le dedicaba. Imagino que Lopera no tendria futuro como criminal: era la persona mas transparente que habia conocido.

Tras el ultimo bocado a su sandwich, con la lengua barriendo los restos de mayonesa, Victor dijo, en tono de calculada intrascendencia:

– El otro dia hable con Ric. -Ella vio como la nuez de su garganta se movia arriba y abajo-. Parece que… os habeis hecho amigos.

– No, no es cierto -replico Elisa-. ?El te ha dicho eso?

Victor sonrio como si le pidiera disculpas por haber interpretado mal su relacion con Valente, pero enseguida volvio a la seriedad del principio.

– No, eso lo he deducido yo. El me dijo que le caias bien, y que… habia hecho contigo cierta apuesta.

Elisa se quedo mirandolo.

– Tengo mi propia opinion sobre la teoria de Blanes -dijo al fin-. El tiene la suya. Hemos apostado a ver quien de los dos tiene razon.

Victor agitaba la mano, como quitando importancia al tema.

– No creas que me interesa lo que os traeis entre manos. -Y agrego en voz tan baja que Elisa tuvo que inclinarse para escucharle debido al ruido de la cafeteria-: Solo queria advertirte que… no lo hagas.

– ?Que no haga que?

– Lo que sea que el te diga. Para el no es ningun juego. Lo conozco bien. Hemos sido muy amigos… Siempre fue… Es un tio bastante perverso.

– ?A que te refieres?

– Seria dificil que ahora te explicara… -La miro de refilon y cambio de tono-. Hombre, tampoco quiero exagerar. No digo que sea…, que este loco ni nada parecido… Quiero decir que no tiene mucho respeto por las chicas. Estoy seguro de que eso es lo que a algunas les gusta, precisamente… No quiero decir que a todas, pero… -Su rostro se habia puesto grana-. Bueno, me siento mal diciendote esto. Es que te aprecio, y queria… Puedes hacer lo que quieras, claro, solo que… yo ignoraba que habiais hablado… Pense que tenia que avisarte.

Estuvo tentada de replicarle de mala manera. Algo como: «Tengo veintitres anos, Victor. Ya se cuidarme, gracias». Pero de repente comprendio que Lopera, a diferencia de su madre, no pretendia darle lecciones de nada: era sincero, y creia estar ayudandola al hablarle asi. Tampoco quiso preguntarle que mas le habia contado Valente sobre la conversacion que habian mantenido. A esas alturas ya no le importaba lo que el gran Cuatro- Centesimas-Menos pudiera hacer o decir.

– Valente y yo no somos amigos, Victor -insistio, muy seria-. Y, por lo que a mi respecta, no tengo ninguna intencion de hacer nada que no me guste.

Victor no parecio feliz, como si intuyera que el unico que habia quedado en mala posicion tras aquellas palabras era el. Abrio la boca, luego la cerro y sacudio la cabeza.

– Claro -asintio-. Ha sido una gilipollez por mi parte…

– No, te agradezco el consejo. De verdad.

Los interrumpio la llamada que anunciaba la reanudacion de las ponencias.

Elisa paso las horas siguientes completamente absorta, pensando a medias en las pueriles advertencias de Victor y en las palabras de los conferenciantes. De pronto olvido todo lo relacionado con Victor, y hasta con Valente, y se enderezo en el asiento.

David Blanes subia hacia la tarima. Si aquello hubiera sido un juicio, el silencio con que fue recibido habria indicado que se trataba del acusado.

Blanes retomo la ironia sobre el arbol en el punto donde la habia dejado Hawking.

– La secuoya es frondosa -comenzo diciendo-, pero no da frutos.

En menos de diez minutos Elisa supo que habia perdido.

Blanes aun hablo otros treinta minutos, pero se dedico a decir que confiaba en que las generaciones de nuevos fisicos encontrarian formas «aun insospechadas» de resolver los problemas planteados por el extremo «pasado» de las cuerdas. Menciono posibles soluciones, incluyendo la de variables locales y otra -que a Elisa no se le habia ocurrido- con numeros imaginarios, pero las tildo de «elegantes e inutiles, como vestir de frac en el desierto». Se le notaba deprimido, cansado, quiza harto de defenderse contra los ataques de sus adversarios. A pesar de los aplausos, Elisa estuvo segura de que su conferencia habia defraudado. Sintio desprecio por su otrora admirado idolo. No quieres luchar por tus ideas. Pues yo si.

La ultima conferencia del dia era la de Blanes, pero aun quedaba una mesa redonda tras un nuevo descanso. Elisa se levanto y se situo en la cola para salir. Oyo la voz a su espalda, en una exacta repeticion de lo sucedido al mediodia.

– Vete al bano de caballeros y aguarda alli.

– No he perdido aun -dijo ella volviendose con rapidez.

Al verle alejarse de nuevo, Elisa tendio la mano y lo aferro de la camisa. Esta vez no te

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