en coleopteros a quien le encantaria estar aqui -agrego Nadja, y deposito el escarabajo en tierra. Elisa se burlo de sus amistades.

Su amiga le senalo tambien una familia de insectos palo y una mantis flor de bellisimos tonos rosados. No es que vieran ningun animal mayor que un insecto (solo un lagarto de vivos colores), pero eso era tipico de las selvas, segun Nadja. Las criaturas de la jungla se escondian de las demas, se mimetizaban, se camuflaban para salvar la vida o arrebatarla. La selva era un escenario de disfraces terribles.

– Si vinieramos de noche con infrarrojos quiza veriamos loris. Son prosimios nocturnos. ?No has visto nunca una foto? Parecen peluches de ojos asustados. Y esos gritos… -Y Nadja se quedaba quieta como una escultura de azucar glas en medio de aquella catedral verde-. Probablemente gibones…

El lago ocupaba una amplia extension con una zona de marjal al norte repleta de manglares. Nadja le mostro la pequena fauna del marjal: cangrejos, ranas y culebras. Luego bordearon el lago, de color verde oscuro a esas horas del crepusculo, hasta los arrecifes de coral y hallaron un remanso fronterizo con el oceano que parecia tallado en esmeralda. Tras examinar cuidadosamente el lugar, Nadja se despojo de la ropa e invito a Elisa a hacer lo mismo.

Existen momentos en que pensamos que todo lo que hemos vivido hasta entonces ha sido falso. Elisa habia experimentado algo asi con las imagenes del Vaso Intacto y las Nieves Eternas, pero ahora, en otro orden de cosas, chapoteando en aquella masa limpida y templada, desnuda como las nubes, al lado de otra persona desnuda como ella, volvio a sentirlo, quiza, con mas intensidad. Su vida entre cuatro paredes emborronadas de ecuaciones se le antojo tan falsa como su reflejo aterciopelado en la superficie del agua. Toda su piel, cada uno de sus poros banados en aquel frescor, parecia gritarle que podia hacer cualquier cosa, que carecia de trabas y el mundo le pertenecia por completo.

Miro a Nadja y supo que sentia lo mismo.

No hicieron nada fuera de lo comun, sin embargo. A Elisa le basto con el pensamiento para ser feliz. Creyo comprender que la diferencia -sutil- entre un paraiso y un infierno puede estribar en hacer todo lo que se piensa.

Fue una tarde inolvidable. Quiza no de esa clase de experiencias que uno contaria a los nietos, suponia ella, pero si de las que, cuando acontecen, hasta la ultima fibra del cuerpo reconoce haberlo estado necesitando.

Media hora despues, y sin esperar a secarse, se vistieron y regresaron. Hablaron poco; el trayecto de vuelta lo hicieron casi en silencio. Elisa intuyo que habian pasado a otra clase de relacion, mas profunda, y ya no necesitaban del cemento de las palabras para permanecer juntas.

A partir de aquel punto las cosas, para ella, transcurrieron mejor. Regreso al laboratorio y a los calculos, los dias pasaron casi sin que lo percibiera y aquel 15 de septiembre sufrio un deja vu al interrumpir de nuevo la musica de Blanes con sus resultados. Se trataba de una cifra similar a la anterior, salvo en los ultimos decimales.

La «Energia Jerusalen» fue presentada dos dias despues, pero hubo que esperar a que Craig y Marini terminaran de ajustar el acelerador. Por fin, el jueves 24 de septiembre todo el equipo se congrego en la sala de control -la «Sala del Trono», la llamaba Marini-, una vasta camara de casi treinta metros de ancho y cuarenta de largo, la joya de la arquitectura pret a porter de Nueva Nelson. A diferencia de los barracones, estaba construida solo con ladrillos y cemento y reforzada con materiales aislantes, para prevenir posibles cortocircuitos. En ella se encontraban los cuatro ordenadores mas potentes y SUSAN, el acelerador supraselectivo, la nina mimada de Colin Craig, un donut de acero de quince metros de diametro y uno y medio de grosor a cuya circunferencia se adosaban los imanes que producian el campo magnetico que aceleraba las particulas cargadas. SUSAN era el gran triunfo tecnologico del Proyecto Zigzag: a diferencia de la mayoria de aquellos aparatos, bastaban una o dos personas para manipularlo y realizar los infinitos ajustes necesarios; las energias que se alcanzaban en su interior no eran grandes, pero si altamente exactas. A los lados de SUSAN, dos pequenas puertas con dibujos de calaveras y tibias albergaban las camaras de los generadores de la estacion. Una escalera, a la que se accedia desde la camara de la izquierda, permitian cruzar por encima del donut y situarse en el centro para «tocar las intimidades de nuestra Nina», como decia Marini con toda su socarroneria de galan meridional.

Sentado ante las pantallas telemetricas, Craig tecleo con ansiedad las coordenadas para dos grupos de satelites con el fin de que captaran imagenes del norte de Africa y las reenviaran a Nueva Nelson en tiempo real (la apertura de cuerdas solo podia realizarse con senales en tiempo real -«luz fresca», la llamaba el siempre imaginativo Marini-, cualquier proceso de almacenamiento distorsionaba el resultado). El area escogida abarcaba unos cuarenta kilometros cuadrados y era mas o menos la misma para ambos experimentos. De ella podian obtenerse imagenes de Jerusalen y de Gondwana, el megacontinente que, ciento cincuenta millones de anos atras, aun formaban Sudamerica, Africa, la peninsula del Indostan, Australia y la Antartida. Cuando se recibieron las imagenes, los ordenadores las identificaron y seleccionaron, y Craig y Marini pusieron en marcha a SUSAN, que acelero los haces de electrones resultantes y los hizo colisionar a las energias previstas.

Mientras este proceso tenia lugar, Elisa observo los rostros de sus companeros. Mostraban tension y avidez, aunque con su matiz peculiar: Craig, siempre contenido; Marini, exultante; Clissot, reservada; Cheryl Ross, misteriosa y practica; Silberg, preocupado; Blanes, expectante; Valente, como si con el no fuera; Nadja, alegre; Rosalyn, mirando a Valente.

– Se acabo -dijo Colin Craig y se levanto del asiento frente a los mandos-. Dentro de cuatro horas sabremos si son visibles.

– Quien crea en algo que rece -contribuyo Marini.

No rezaron. En cambio, se abalanzaron sobre la comida. Habia hambre, y el almuerzo fue distendido y rapido. Mientras aguardaban el analisis de las imagenes, Elisa volvio a recordar la sagrada tarde de dos semanas antes y se rio pensando que su amiga habia sido su propio «acelerador»: le habia dado energia para abrirse y descubrir que todavia era capaz de mucho esfuerzo. En aquel momento llego a creer que tardes asi volverian a repetirse mientras estuviera en la isla.

Despues comprendio que aquella excursion habia sido su ultima felicidad antes de que las sombras lo cubrieran todo.

– Hay imagenes.

– ?De ambas muestras?

– Si. -Blanes detuvo los comentarios con un gesto-. La primera corresponde a tres o cuatro cuerdas aisladas en algun lugar en tierra firme, unos cuatro mil setecientos billones de segundos atras. O sea, hace ciento cincuenta millones de anos.

– Periodo Jurasico -murmuro Jacqueline Clissot, como en trance.

– Asi es. Y la mejor noticia no es esa. Diselo tu, Colin.

Colin Craig, que ni durante los ultimos y agotadores dias habia perdido su imagen de dandi en camiseta y vaqueros, se ajusto las gafas y miro a Jacqueline Clissot como si pretendiera invitarla a cenar.

– El analisis demuestra que hay criaturas vivas de gran tamano.

El ordenador que digitalizaba las imagenes de las cuerdas estaba programado para detectar formas y desplazamiento de objetos, con el fin de seleccionar la presencia de posibles seres vivos.

Por un instante nadie logro decir nada. Entonces ocurrio algo que Elisa jamas olvidaria. Clissot, una mujer fascinante y asombrosa -«perfecta», la definia Nadja-, cuyo atuendo ofrecia la extrana impresion de llevar mas objetos de metal encima (no al estilo de Ross sino de acero: colgantes, reloj, pulseras y anillos) que verdadera ropa, tomo aliento y dejo escapar una sola palabra que sono a gemido:

– Dinos

Nadja y Clissot se abrazaron en medio de los renovados aplausos, pero Blanes interrumpio las muestras de alegria alzando las manos.

– La otra imagen corresponde a la ciudad de Jerusalen hace algo mas de sesenta y dos mil millones de segundos. Nuestro computo la situa alrededor de principios de abril del ano treinta y tres de nuestra era…

– Mes hebreo de nisan. -Marini hizo un guino hacia Reinhard Silberg; ahora todos miraban al profesor aleman.

– Tambien hay criaturas vivas -dijo Blanes-. Son nitidas. El ordenador considera que, con un noventa y nueve coma cinco por ciento de probabilidad, son seres humanos.

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