amiga, pero como eres una fantastica calientapollas te desnudas en la playa, y asi te vemos todos, ?verdad?

Elisa volvio a esquivarlo. Se hallaba profundamente arrepentida de haberse interesado por su salud. Y eso que aun no sospechaba lo que sucederia a continuacion.

El le bloqueo el paso de nuevo.

– ?Me vas a denunciar por decirte cientificamente lo que eres para mi? -Y de pronto ella comprendio que aquello no era una de sus tipicas bromas: Valente ardia de ira, aun mas que ella-. Seria como si… no se… como si yo te acusara de hacerte pajas por la noche pensando en mi. Algo asi de monstruoso, exagerado e imposible…

Ella lo miraba inmovil. De repente no le apetecia el mar, ni la compania de Nadja, ni el mundo. No se sentia abochornada ni humillada: estaba asustada.

– … o como si me acusaras de zoofilia por el simple hecho de que me gustan tus tetas -siguio el en identico tono, como si lo dicho antes formase parte de la misma broma-. No se. Eres una exagerada… Si no quieres que te digan las verdades a la cara, no des motivos para ello…

Me ha visto. Ha tenido que verme. Pero no, no puede ser. Lo dice por decir. Ella intentaba traspasar el brillo burlon de su mirada para llegar a la verdad, pero no lo lograba. Habian transcurrido dos semanas desde la noche en que habia estado tocandose a solas en su cuarto, y estaba segura de que nadie la habia visto hacerlo. Pero, entonces, ?como…?

– Vamos a calmarnos todos -dijo Valente-. Crees haber resuelto tus calculos, ?verdad, querida? Pues deja que los torpes hagamos nuestro trabajo y no me calientes mas…

Dio media vuelta y se alejo, dejandola alli. Un minuto despues llego Nadja, pero ella ya no estaba. Pasaron varios dias antes de que le apeteciera regresar a la playa, y a partir de entonces siempre se desvistio en su habitacion. A su amiga no le dijo la verdad sobre el motivo de su cambio de costumbre.

Mas tarde, cuando logro ver las cosas desde la distancia, comprendio que estaba exagerando. Valoro los ataques de Valente desde el punto de vista de una competicion: era obvio que a el le crispaba verla llegando antes a todas las metas. Por otra parte, ella se achicaba demasiado ante su presencia. Valente podia parecer un ser indefinible, inexpresable, pero a fin de cuentas se trataba tan solo de un capullo al cubo medianamente astuto que no perdia oportunidad de herirla cuando percibia un punto debil. Pero no era tanto por merito suyo como por defecto de ella.

Por supuesto, considero sus frases como puras baladronadas. Nadie podia haberla visto, ni siquiera por la mirilla, y en cuanto a los pasos, ya sabia quien los habia producido: la senora Ross habia estado en la despensa aquella noche, asi se lo habia dicho a Elisa al dia siguiente. De modo que todo quedaba claro. Valente solo hacia lanzar dardos a ciegas para ver si alguno acertaba. Ya se le pasara. Quiza comprenda que es preferible dedicarse a trabajar y no a tirarse a las companeras. No volvio a pensar en el, ni en ninguna otra preocupacion. De hecho, desde que su tarea habia finalizado, dormia como un tronco, no veia sombras ni escuchaba ruidos.

El jueves 18 de agosto la «Energia Jerusalen» fue depositada sobre la mesa de Blanes en un papel limpio. El experimento se programo para el dia siguiente. Despues de que Craig y Marini obtuviesen las muestras de imagenes y las hicieran colisionar a las energias calculadas, todo el equipo empezo a comerse las unas, aguardando.

A Elisa le tocaba colaborar en el turno de limpieza, algo descuidada en los ultimos dias, y se entrego con afan a la tarea. Coincidio en la cocina con Blanes. Ver a Blanes secar platos era un espectaculo que no hubiera imaginado que contemplaria alguna vez, sobre todo cuando asistia a aquellas tensas clases en Alighieri: la convivencia en la isla deparaba ese tipo de cosas.

Subitamente, se produjo un silencio. En el umbral de la cocina habia varias caras largas. Colin Craig fue el encargado de decirlo.

– Las dos muestras de imagenes se han dispersado.

– No lloreis -intento bromear Marini-, pero eso significa que habra que ponerse a calcular de nuevo.

Nadie lloro entonces. Despues, a solas, quiza si lo hicieron. Elisa estaba segura de que lloraban, igual que ella, porque todos amanecian con los ojos rojizos, arrugas de cansancio y pocas ganas de hablar. La naturaleza parecio unirse al luto y convoco, en los ultimos dias de agosto, espesas nubes y una lluvia calida y oblicua. Era epoca de monzones, advertia Nadja, que conocia gran parte del planeta: «Los meses de verano son los del monzon del suroeste, el hulhangu, cuando la lluvia es mas intensa y frecuente, como en las Maldivas». Desde luego, ella nunca habia visto una lluvia asi: era como si no fuesen gotas sino hilos. Millones de hilos agitados por titiriteros enloquecidos que golpeaban techos, ventanas y paredes y producian no un repiqueteo sino una especie de perenne ronquido gutural. A ratos Elisa elevaba la vista como un zombi, contemplaba los elementos desatados en el exterior y le parecia que constituian buen reflejo del estado de su mente.

El primer lunes de septiembre, tras mantener una discusion especialmente aspera con Blanes, que le habia reprochado la lentitud de su trabajo, sintio una rara, empalagosa amargura. No lloro, no hizo nada: se quedo frente al ordenador del laboratorio de Clissot, rigida, pensando que jamas volveria a levantarse. Transcurrio el tiempo. Quiza horas, no estaba segura. Entonces olio un perfume y sintio una mano suave como la caida de una hoja de arbol sobre la piel desnuda de su hombro.

– Ven -le dijo Nadja.

Si Nadja hubiese empleado cualquier otro tipo de estrategia, por ejemplo las invectivas (tan prodigadas por su madre) o los razonamientos (que solian provenir de su padre), Elisa no habria obedecido. Pero la tersura de sus gestos y el dulce calor de su voz obraron a modo de sortilegio para ella. Se levanto y la siguio, como una rata hipnotizada por una melodia.

Nadja estaba vestida con recios pantalones y botas que le quedaban algo grandes.

– No quiero ir a la playa -dijo Elisa.

– No vamos a la playa.

La llevo a su habitacion y le indico un grueso bulto de ropa y otro par de botas. Elisa logro reir al comprobar que no le quedaban tan mal aquellas prendas.

– Tienes anatomia de soldado -dijo Nadja-. La senora Ross dice que esos pantalones y botas fueron encargados para los soldados de Carter.

De aquella guisa, y tras untarse una crema de olor extrano que Nadja califico como «repelente de mosquitos» -a ella le parecio «repelente», a secas-, salieron al exterior y caminaron hacia el helipuerto. No llovia, pero en el aire parecia haber como una lluvia acechante, camuflada. Los pulmones de Elisa se llenaron de eso, y de perfume de vegetacion. El viento, norteno, producia un transito de nubes que ocultaban y revelaban el sol casi cada segundo, convirtiendo la luz en las imagenes de una pelicula estropeada.

Dejaron atras el terrizo del helipuerto. Frente a la casamata de los soldados vieron a Carter charlando con el tailandes Lee y el colombiano Mendez, que en aquel momento montaba guardia en la zona de la verja que daba a la selva. Lee le caia muy bien a Elisa, porque siempre sonreia al verla, pero con quien mas hablaba era con Mendez, que en aquel momento le mostro toda la dentadura brillando en su rostro moreno. A ella ya no le impresionaban tanto los militares como al principio: habia descubierto que detras de aquellos duros caparazones de metal y cuero habia personas, y ahora se fijaba mas en estas ultimas que en el disfraz.

Cruzaron frente al almacen donde se guardaban municiones, armas, equipo tecnico y el depurador de agua potable y Nadja eligio una vereda paralela al muro de jungla.

La famosa selva, que a Elisa le parecia de lejos no mas que un breve trecho de arboles y barro, se volvio magica cuando se adentro en ella. Salto como una nina sobre las enormes raices musgosas, se maravillo con el tamano y la forma de las flores y escucho los infinitos sonidos de la vida. En un momento dado, un avion de aeromodelismo de color negro y marfil le paso zumbando frente a los ojos.

– Caballito del diablo gigante -explico Nadja-. O libelula helicoptero. Esas manchas negras en las alas son pterostigmas. En ciertas culturas del sudeste asiatico los identifican con almas de muertos.

– No me extrana -admitio Elisa.

De pronto Nadja se agacho. Al levantarse sostenia sobre la palma una botellita pintada de rojo, negro y verde como el elixir de un brujo, con seis brillantes asas de azabache.

– Una cetonia. O quiza un crisomelido, no estoy segura. Escarabajos, para los ignorantes. -Elisa estaba asombrada: nunca habia visto ningun escarabajo con esos fantasticos colores-. Tengo un amigo frances experto

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