La manana del jueves 15 de septiembre, Elisa se quedo inmovil con el lapiz en la boca mirando la pantalla del ordenador. Imprimio el resultado y se dirigio al despacho de Blanes portando un papel.
Blanes se habia hecho instalar un teclado electrico en su despacho privado. Interpretaba a Bach, mucho Bach, solo a Bach. El despacho lindaba con el laboratorio de Clissot, y a veces la cristalina criatura de una fuga o el aria de las Variaciones Goldberg se filtraban como fantasmas por las paredes durante las tardes solitarias que Elisa pasaba trabajando. Pero no le molestaba, incluso le agradaba oirle. juzgaba a Blanes, dentro de su profunda ignorancia de la musica, como un pianista aceptable. Sin embargo, aquella manana ella tenia otra «musica» que ofrecerle, y pensaba que a el no le pareceria mal si se trataba de la melodia correcta.
Sin mover las manos de las teclas, Blanes lanzo una mirada a la temblorosa hoja de papel.
– Perfecto -dijo sin emocion-. Ya lo tenemos.
Blanes ya no le parecia ningun ser «extraordinario» -como solia contarle a su madre-, pero tampoco vulgar, ni siquiera un cabron. Si algo habia aprendido Elisa a sus veintitres anos de edad, era que nadie, absolutamente nadie, podia ser definido con facilidad. Todo el mundo es algo, pero tambien algo mas, incluso lo opuesto. Las personas, como las nubes de electrones, son borrosas. Y Blanes no era una excepcion. Cuando lo conocio, en las clases de Alighieri, habia creido que se trataba de un estupido sexista, o bien un timido enfermizo. Durante los primeros tiempos de convivencia en Nueva Nelson llego a pensar, sencillamente, que el no le hacia ningun caso. Creyo entonces que el problema radicaba en ella: en su inveterada costumbre de esperar que todos los profesores masculinos la trataran de manera especial, no solo porque era lista (incluso muy lista) sino porque estaba buena (incluso buenisima), y ella conocia sus virtudes y estaba habituada a manipularlas en su beneficio. Pero con Blanes se topaba con alguien que parecia decirle: «Me traen al fresco tus intuiciones geometricas y tus formas novedosas de integrar, asi como tus piernas, tus shorts, y el hecho de que unos dias te pongas y otros te quites el sosten».
Tiempo despues Elisa cambio de opinion, y comprendio que el si que la tenia en cuenta. Que la miraba con aquellos ojos de Robert Mitchum siempre entornados como si estuviera a punto de dormirse, pero que no se dormia ni de cona. Que cuando ella regresaba de la playa casi desnuda y se lo encontraba en los pasillos del barracon, el, por supuesto, le echaba miradas de hombre, incluso mas fogosas que las de Marini (que eran notables), y desde luego mucho mas que las de Craig (casi inexistentes). Pero sospechaba que la mente de Blanes, como la suya, andaba por otros cerros, y que el estaria sospechando otro tanto sobre ella. Quiza todo se solucionara, creia a veces, si algun dia se iban juntos a la cama. Ella se lo imaginaba asi: ambos en pelotas, mirandose sin hacer nada mas. Pasarian los minutos y de pronto el diria, en tono asombrado: «Pero… ?de verdad no te importa que te toque?». Y ella, con no menos asombro: «Pero… ?querias tocarme?».
– Esperaremos a que Sergio termine -dijo el, y siguio tocando a Bach, que era lo unico que tocaba.
La idea de Blanes era tomar ambas muestras de luz -la «Jurasica» y la «Jerusalen»- en una misma jornada, ya que el lugar geografico que iban a investigar era aproximadamente el mismo.
Pero Marini y Valente, como les habia ocurrido en la ocasion anterior, se retrasaban con los calculos, de modo que no habia mas remedio que esperar.
Sin nada que hacer ya, Elisa se dedico a vegetar con pequenas tareas, entre ellas preparar el correo electronico que enviaria a su madre al dia siguiente (tras pasar, por descontado, a traves de los habituales filtros de censura). Luego se puso a recordar la manana de principios de agosto, mes y medio atras, cuando le habia mostrado su primer resultado a Blanes interrumpiendo tambien su recital, y todo el tormento por el que habia pasado despues, del cual Nadja la habia rescatado.
Justo en aquellos dias habia tenido lugar el encuentro mas desagradable hasta la fecha con Valente, y ella habia creido comprender cuanto le afectaba a Sharpe llegar siempre el ultimo en la supuesta «carrera» que ambos (por exclusivo deseo de el) estaban disputando. Ironicamente, los resultados de Valente y ella por aquel entonces habian sido erroneos.
Ahora no iba a ser asi. Tenia la conviccion de que esa vez habia dado en el clavo. Y en esto no se equivocaba.
Pensaba, asimismo, que si su calculo se demostraba correcto, seria la persona mas dichosa del mundo.
Y en esto si se equivocaba. Por completo.
El mes previo no habia sido, desde luego, el mejor para Valente Sharpe. Elisa apenas si lo veia por la estacion, ni siquiera en el laboratorio de Silberg, que era donde se suponia que trabajaba. Pero lo que era trabajar, le constaba que lo hacia. En ocasiones necesitaba decirle algo y lo hallaba en su cuarto, sentado en la cama tecleando en su ordenador portatil y tan sumido en su tarea que ella casi se sentia inclinada a considerarle
En ocasiones eso le daba mas miedo que las historias de oscuras perversiones que Victor le habia contado sobre el. Tras aquel tiempo de convivencia forzosa en la isla empezaba a, comprender que bajo la aparente calma despectiva de su companero existia un volcan de deseos de ser el mejor, el primero.
A ella le apenaba verle tan obsesionado. Sabia que sentir una pizca de pena por Ric Valente Sharpe era, en cierto modo, haberse ganado la mitad del cielo y tener buenas perspectivas de conseguir la otra, pero ya estaba acostumbrada a el y era capaz de compadecerle.
Al menos, hasta aquel encuentro en la playa.
La tarde del miercoles 10 de agosto, un dia despues de entregar los primeros resultados, Elisa bajo a la playa. Nadja aun no habia llegado. En su lugar, de pie en la arena, habia una estatua blanca sobre la que algun gamberro parecia haber arrojado trapos sucios que ondeaban al viento.
Cuando comprobo quien era, se quedo con la boca abierta. Valente estaba inmovil. Mejor dicho: petrificado. Y contemplaba algo. Ese algo debia de ser el mar, porque ella miro en la misma direccion, pero solo alcanzo a distinguir un esplendido horizonte de olas verdes y nubes azules. El ni siquiera se habia dado cuenta de su presencia.
– Hola -lo saludo, titubeando-. ?Que te pasa?
El joven parecio salir de un profundo ensimismamiento y se volvio. Elisa sintio un escalofrio: la expresion de su rostro le recordo, por un momento, la de un companero de su facultad, enfermo de esquizofrenia, que habia tenido que abandonar los estudios para siempre. Incluso penso que Valente no la reconocia.
Pero en cuestion de decimas de segundo todo cambio, y el Sharpe al que estaba acostumbrada se asomo a los ojos.
– Mira a quien tenemos aqui -murmuro con voz ronca- Elisa, la calientapollas. ?Que tal, Elisa? ?Como estas, Elisa?
– Escuchame, tio -dijo ella, pasando del temor al enfado con igual rapidez-. Se la clase de presion que estamos soportando tu y yo, pero, te hablo en serio, no voy a permitir que me insultes mas. Somos companeros de trabajo, nos guste o no. Si vuelves a insultarme, me quejare de ti por escrito a Blanes y a Marini. Te echaran del proyecto.
– ?Insultarte? -Valente tenia el desmayado sol de cara y arrugaba la expresion al mirarla como si estuviera chupando limones-. ?Que insultos, querida? Tu cuerpo bajo la camiseta y los shorts me calienta la polla, es decir, me produce un aumento de temperatura y una repentina rigidez en el miembro viril, y eso no es culpa mia. Es como si me acusaran de decir que la primera ley de la termodinamica es una «calientatubos». Lo pondre por escrito tambien. Espera, ?adonde vas?
Valente se planto frente a ella.
– Por favor, dejame -dijo Elisa, esquivandolo.
– Ya se adonde vas: a despelotarte en la playa y producir un incremento aun mayor en la temperatura de mi vaso comunicante. Si no fueras una calientapollas te pondrias el bikini en la habitacion, como hace tu decente
