Esta vez no hubo aplausos. La emocion que sobrecogio a Elisa fue casi puramente fisica: un temblor que parecia provenir de la medula de sus huesos.
– Una o varias personas caminando por Jerusalen, Reinhard -dijo Craig.
– O uno o varios monos amaestrados, si nos atenemos al cero coma cinco por ciento restante -sonrio Marini, pero Craig lo abucheo.
Silberg, que se habia quitado las gafas, los miro a todos uno a uno, en silencio, como desafiandolos a sentir mas alegria que el.
Tras una rapida y alborotada celebracion con autenticas copas de champan (que la senora Ross habia rescatado de la despensa), se reunieron en la sala de proyeccion.
– ?Ocupen sus asientos, senoras y caballeros! -gritaba Marini-. ?Vamos, apresurense!
– ?Todos a sus puestos! -palmeo la senora Ross.
– ?Abrochense los cinturones!
Casi con reluctancia comenzo el trajin de las sillas, los «?te importa que me siente aqui?», las llamadas de cada cual reclutando a aquel a quien querian tener al lado en el momento en que las luces se apagaran.
– … no se lo que nos espera en esta pantalla, amigos. Ignoro lo que vamos a ver, si nos complacera o no, o si nos revelara algo nuevo o algo que ya conociamos… Solo puedo aseguraros que este es el momento mas grande de mi vida. Y os doy las gracias por ello.
– Reinhard, por favor, se que estas deseando hablar, pero guarda tu discurso para el final -pidio Marini cuando finalizaron los emocionados aplausos-. ?Colin?
Craig, que se hallaba al fondo manipulando el teclado del ordenador, alzo el pulgar.
– Todo listo,
– ?Puedes apagar las luces?
Elisa vio una ultima imagen antes de que la oscuridad le cerrara los ojos como unos parpados de acero: a Reinhard Silberg haciendo la senal de la cruz.
Y de pronto, sin saber bien por que, deseo no haber ido nunca a Nueva Nelson, no haber firmado aquellos papeles, no haber acertado con sus calculos.
Por encima de todo, deseo no estar alli sentada, aguardando lo desconocido.
17
La negrura se convirtio en sangre. Un color denso, casi pegajoso, cegador.
– No hay imagen -dijo Blanes.
– Pero no existe evidencia de dispersion -apunto Craig desde el fondo.
El grito los sobrecogio a todos. Dejo en el aire un rastro de palabras apresuradas:
– ?Por Dios,
Elisa comprobo que tenia razon: la luz roja permanecia impenetrable en el centro, pero en la periferia formaba como un halo. El significado no se hizo evidente hasta que el punto de vista de la camara se desplazo segundos despues.
– ?El sol! ?Es el sol! ?Se refleja en el agua! -decia Clissot.
La imagen seguia desplazandose. El resplandor dejo de resultar molesto debido al cambio de angulo, y pudo advertirse la curva oscura de una orilla en la parte inferior. El color consistia en diversos grados de rojo, pero se apreciaban formas alargadas y retorcidas. Elisa contuvo la respiracion. ?
Sin embargo, Clissot dijo que eran arboles.
– Un bosque jurasico. Eso deben de ser equisetos. O helechos arborescentes. ?Dios, parecen tener kilometros de altura! Y las plantas que flotan en ese lago, o lo que sea… ?Licopodios anfibios gigantes…?
– Las palmeras son cicadaceas… -intervino Nadja-. Pero parecen mas bajas de lo que pensabamos…
– Ginkgos, araucarias… -enumeraba Clissot-. Esos papas de alla… Secuoyas… David, un simbolo de su teoria… -La imagen dio un pequeno brinco hacia otra cuerda temporal y siguio moviendose por la orilla-. ?Espera, espera!… Quiza alguna de esas ramas sea… Puede que… -La paleontologa agito los brazos, enfurecida-. Colin, ?por que no paras la maldita pelicula?
– No conviene detener las imagenes ahora -dijo Craig.
Hubo otro corte.
Y alli estaban.
Cuando aparecieron, Blanes, Nadja y Clissot se levantaron de sus asientos obligando a los demas a hacer lo mismo, como si se tratara de la pelicula mas emocionante de la historia ofrecida a un publico enfervorizado.
– ?La piel! -escucho Elisa el jadeo de Valente, en la fila de atras. Lo habia dicho en castellano.
– ?Eso es
Era, en verdad, un extrano espectaculo: los musculos cervicales y dorsales y las extremidades semejaban joyas, Faberges inmensos, pedrerias torrenciales despenandose bajo el sol. Des pedian tanta luz que costaba mirarlos. Elisa jamas habria podido imaginar algo asi. Nada la habia preparado para aquella imagen. Creyo comprender que se habian extinguido porque algo tan hermoso no podia sobrevivir junto al hombre.
Eran dos, inmoviles, fotografiados desde arriba. Se le ocurrio una idea muy extrana al ver sus enormes cabezas y largos cuerpos: que aquellas cosas se referian, de alguna forma, a ella; que no eran animales sino suenos que habia sonado alguna vez (suenos de diablos, porque eso parecian, con aquellos cuernos), y que los demas estaban contemplando como era ella por dentro.
La escena dio otro salto hacia una nueva foto: uno se habia desplazado hacia el borde del agua. Podia distinguirse su cola, afilada hasta lo imposible, en un color rojo moteado. Jacqueline Clissot gesticulaba y gritaba en frances. Parecia una candidata a la presidencia en el ultimo dia de campana.
– ?Antenas! ?Como iba a sospechar nadie…? ?No, espera! ?
– ?Cuantos dedos tenian en las patas? ?Alguien los conto? Quiza fueran
