– Ya dije que la explicacion final nos la ofrecera Reinhard, pero puedo adelantaros esto: Zigzag no es ningun ente sobrenatural, ningun «diablo»… Lo ha creado la fisica. Se trata de un hecho comprobable, cientifico, que Ric Valente, de alguna manera,
– ?Que? -Victor los miro a todos, palideciendo- Pero… Pero si Ric ha muerto…
Carter se planto frente a ellos con los brazos cruzados.
– Fue otra de las mentiras de Eagle, la mas sencilla. Nunca se encontraron pruebas de la culpabilidad de Valente, y menos de su muerte, pero decidieron achacarle los asesinatos de la isla para que nadie hiciera preguntas. Sus padres enterraron un ataud vacio.
Elisa contemplaba a Carter, aturdida. Carter anadio:
– Por lo que al mundo respecta, Valente sigue en paradero desconocido.
Oia zumbidos, sentia un hormigueo trepando por su vientre y el levisimo mareo producido por la inclinacion. La diferencia de presion habia taponado sus conductos auditivos curvando sus timpanos. Las luces de la cabina, puestas al minimo para el aterrizaje, creaban una atmosfera dorada y tibia. Se trataba de percepciones familiares para los pasajeros de cualquier avion en descenso.
Los altavoces se animaron de repente.
– En diez minutos aterrizaremos.
El hombre que tenia enfrente dejo de hablar con su companero y miro por la ventanilla. Silberg hizo lo mismo. Vio una oscuridad salpicada de luces en la parte inferior. Habia visitado Madrid varias veces, y le gustaba aquella pequena gran ciudad. Desplazo la manga de la chaqueta para consultar su reloj: eran las 2.30 de la madrugada del jueves 12 de marzo. Imagino todo lo que sucederia despues de transcurridos esos minutos: el avion aterrizaria, los hombres de Eagle lo llevarian a la casa y de alli seria trasladado con los demas al centro del Egeo… o quien sabia a que otro lugar remoto. Tendrian que estudiar un plan de fuga con Carter. Solo si escapaban de las manos de Eagle podrian disenar algun metodo para enfrentarse a la
Pero ?cual seria ese metodo? Silberg lo ignoraba. Se limpio el sudor con la manga de la chaqueta mientras notaba, bajo el suelo, el chasquido del tren de aterrizaje.
Uno de los hombres se inclino hacia el.
– Profesor, ?sabe cual es la…?
Fue lo ultimo que pudo escuchar.
En medio de la pregunta, las luces se apagaron.
– ?Oiga? -dijo Silberg. Oyo su propia voz al decirlo.
No recibio respuesta.
Tampoco escuchaba el zumbido de los poderosos motores del Northwind. Y habia dejado de experimentar el vertigo del descenso.
Por un momento penso que podia haber muerto. O quiza habia sufrido un derrame cerebral, y aun le quedaba un resto de conciencia que se apagaria lentamente en medio de la oscuridad. Pero acababa de usar su voz y la habia oido. Ademas -ahora se percataba-, podia palpar los brazos del asiento, el cinturon de seguridad seguia sujetandolo y casi columbraba el vago contorno de la cabina entre las tinieblas. Sin embargo, todo a su alrededor se habia quedado quieto y mudo. ?Como era posible?
Los hombres de Eagle tenian que estar a tres pasos de distancia. Recordaba detalles de ambos: el de la derecha era mas alto, de facciones recias, con patillas hasta la mitad de los pomulos; el de la izquierda, rubio, fornido, de ojos azules, con una hendidura muy marcada en el labio superior. En aquel momento Silberg hubiese dado cualquier cosa por volver a verlos, o al menos escucharlos. Pero la masa de negrura frente a el era demasiado compacta.
O no.
Miro a su alrededor. Unos metros a su derecha, en lo que debia de ser la pared de la cabina, habia una ligera claridad. No se habia fijado en ella hasta aquel momento. La observo detenidamente. Se preguntaba que podia ser.
De nino, la pasion por las lecturas biblicas habia llevado a Silberg a preguntarse que se experimentaria al vivir un milagro: el mar se abre, el sol se paraliza, las murallas se desmoronan al sonido de las trompetas, el cadaver resucita y el lago se alisa en la tempestad como una sabana bajo manos expertas. ?Que habrian sentido los protagonistas de tales maravillas?
De repente supo que significaba aquella claridad, asi como todo lo que le rodeaba.
Lo habia sabido desde el principio, pero se negaba a aceptarlo. Era demasiado espantoso.
Llevo la mano izquierda a la cadera y palpo el cierre del cinturon de seguridad, pero no logro abrirlo: como si la pestana formara una sola cosa con la hendidura del enganche. Desesperado, dio un tiron hacia delante y la correa se le clavo en la carne (no parecia llevar ropa alguna encima) haciendole gemir de dolor, pero no se abrio.
No podia levantarse. Y eso no era lo peor.
Lo peor era la sensacion de que no estaba solo.
Resultaba sobrecogedora en medio del silencio de aquella noche eterna. Mas que una verdadera percepcion era la
No obstante, tenia la certeza de que aquella
Se estaba acercando por el pasillo central.
Subitamente, perdio toda la calma que habia logrado mantener hasta entonces. Un panico atroz le invadio. Nada, ni el recuerdo de Bertha, ni sus multiples lecturas, su cultura inmensa o su mucho o poco coraje le ayudaron a soportar aquel momento de absoluto terror. Temblaba y gemia. Se echo a llorar. Lucho como un poseso con el cinturon de seguridad. Penso que se volveria loco, pero tal cosa no sucedia. Creyo comprender que la locura no llegaba con tanta rapidez al cerebro que la ansia. Mas facil era cortar una extremidad, mutilar una viscera o desgarrar una carne palpitante que arrancar la razon a una mente sana, dedujo. Intuyo que estaba condenado a mantenerse cuerdo hasta el final.
Pero se equivocaba.
Lo comprobo un instante despues.
Habia cosas que podian arrancar la razon a una mente sana.
La noche parecia fragil. Una debil gasa negra cuajada de luces diminutas. El picudo morro del Northwind la desgarro como un cuchillo de hielo. La mayor parte de su tonelaje presiono los amortiguadores hidraulicos mientras los frenos retenian el increible impulso en medio de un ruido atronador.
Harrison no espero a que se detuviera. Se aparto del encargado del aeropuerto y senalo con la cabeza la furgoneta estacionada en el pasaje de la terminal numero tres. Sus hombres subieron a ella, eficaces, silenciosos; el ultimo cerro la puerta y el vehiculo se deslizo sin prisas hacia el avion. Casi todos los vuelos comerciales habian cesado a esas horas de la madrugada, por lo que no era de temer ningun tipo de molestia. Harrison acababa de recibir un informe de los pilotos: el viaje se habia realizado sin incidencias. Penso que la primera parte de su tarea, reunir a todos los cientificos, estaba concluida.
Se volvio hacia su hombre de confianza, sentado junto a el.
– No quiero armas ni violencia. Si no desea entregar su maletin ahora, no se lo quitaremos. Ya tendremos
