Durante la larga pausa inmediata, Steve no pudo leer nada en el rostro de su padre. Por ultimo, este dijo:

– Gracias, Don. Realmente te quedo muy reconocido.

Steve lanzo un punetazo al aire.

– ?Estupendo!

El padre se llevo el indice a los labios y luego dijo por el telefono: -Steve ira conmigo, estaremos ahi dentro de quince o veinte minutos, si todo va bien… Gracias otra vez.

Colgo.

Steve subio rapidamente a su cuarto y volvio con su pasaporte.

Jeannie llevaba los disquetes en una bolsita de plastico. Se la tendio a Steve.

– Metes en la disquetera el que lleva el numero uno y apareceran las instrucciones en la pantalla.

Steve miro a su padre.

– ?Listo?

– Vamos.

– Buena suerte -deseo Jeannie.

Subieron al Lincoln Mark VIII y partieron rumbo al Pentagono. Estacionaron el coche en la mayor zona de aparcamiento del mundo. En el Medio Oeste habia ciudades mas pequenas que el aparcamiento del Pentagono. Subieron un tramo de escalera hasta la entrada de una segunda planta.

Cuando Steve contaba trece anos habia recorrido el lugar en una visita programada en la que el guia era un joven alto con un corte de pelo extremadamente corto. El edificio consistia en cinco plantas circulares concentricas enlazadas por diez corredores como los radios de una rueda. Habia cinco pisos y ningun ascensor. Antes de que hubieran transcurrido cinco segundos ya habia perdido por completo el sentido de la orientacion. El detalle principal que recordaba era que en medio del patio central habia una construccion llamada Ground Zero que era una caseta donde vendian perritos calientes.

Su padre le condujo ahora por delante de una barberia cerrada, un restaurante y una entrada que llevaba a un punto de control de seguridad. Steve mostro su pasaporte, le registraron como visitante y le entregaron un pase que tuvo que colgarse en la pechera de la camisa.

El sabado por la tarde habia relativamente pocas personas por alli y los pasillos se encontraban desiertos, a excepcion de algun que otro funcionario, casi todos de uniforme, que trabajaba hasta tarde, y un par de carritos de golf empleados para transportar objetos voluminosos y personas muy importantes. La ultima vez que Steve estuvo alli se sintio tranquilizado por el poderio monolitico que irradiaba el edificio: todo aquello estaba alli para protegerle.

Ahora su opinion era distinta. En algun punto de aquel laberinto de circulos y pasillos se habia tramado una conjura, la maquinacion que le creo a el y a sus fantasmales dobles. El almiar burocratico existia para ocultar la verdad que el estaba buscando, y los hombres y mujeres con uniforme de la armada, del ejercito de tierra y de las fuerzas aereas eran ahora sus enemigos.

Recorrieron un pasillo, subieron por una escalera y rodearon otra rotonda para llegar a un nuevo punto de seguridad. Pasarlo les llevo mas tiempo. Tuvieron que teclear el nombre y apellidos, asi como la direccion completa de Steve, y aguardar un par de minutos para que el ordenador diese el visto bueno. Por primera vez en su vida, Steve tuvo conciencia de que el control de seguridad estaba dedicado a el; era el unico a quien se buscaba. Se sintio furtivo y culpable, aunque no habia hecho nada. Fue una sensacion extrana. Penso que los criminales debian de experimentar aquella sensacion continuamente. Y tambien los espias, los contrabandistas y los esposos adulteros.

Siguieron adelante, doblaron varias esquinas mas y llegaron ante un par de puertas de cristal. Al otro lado de ellas, cosa de una docena de soldados jovenes permanecian sentados frente a monitores de ordenador, dedicados a teclear datos o a introducir documentos, escritos sobre papel, en aparatos de reconocimiento optico de caracteres. Un guardia situado en la parte exterior de la puerta comprobo de nuevo el pasaporte de Steve y luego les franqueo el paso.

Entraron en una estancia de suelo alfombrado, silenciosa, carente de ventanas, con una iluminacion suave y en la que reinaba esa atmosfera insustancial propia del aire purificado. Un coronel se encargaba de la direccion de aquel departamento, un hombre de pelo gris y bigote fino como la linea que traza un lapicero. No conocia al padre de Steve pero los estaba esperando. Les hablo en tono energico mientras los acompanaba a la terminal que iban a utilizar: tal vez consideraba su visita un incordio.

– Tratamos de localizar los registros e historiales clinicos de ninos nacidos en hospitales militares alrededor de veintidos anos atras -le dijo el padre de Steve.

– Esos archivos no se conservan aqui.

La moral de Steve fue a parar al suelo. No era posible que la derrota cayera sobre ellos con tanta facilidad.

– ?Donde los conservan?

– En St. Louis.

– ?No se puede acceder a ellos desde aqui?

– Necesitara un permiso de prioridad para utilizar el enlace de transmision de datos. No lo tiene, ?verdad?

– No habia contado con que surgiera este problema, coronel -repuso Charles en tono de malhumor-. ?Quiere que vuelva a llamar al general Krohner? Puede que no nos agradezca el que le molestemos innecesariamente un sabado por la tarde, pero lo hare si usted insiste.

El coronel contrapeso las consecuencias de un quebrantamiento menor de las ordenanzas con el riesgo de irritar a un general.

– Supongo que todo estara bien. La linea esta libre ahora y a veces necesitamos probarla en algun momento durante el fin de semana.

– Gracias.

El coronel llamo a una mujer con uniforme de teniente y se la presento: Caroline Gambol. Tendria unos cincuenta anos, encorsetada y con exuberante exceso de carnes, sus modales eran los tipicos de una directora de algo. El padre de Steve le repitio lo que ya habia dicho al coronel.

La teniente Gambol advirtio:

– ?Esta usted enterado de que estos archivos estan sujetos a la ley de derecho a la intimidad, senor?

– Si, y contamos con la debida autorizacion.

La teniente se sento ante la terminal y empezo a tocar teclas. Al cabo de unos minutos pregunto:

– ?Que clase de busqueda desean operar?

– Tenemos nuestro propio programa de busqueda.

– Si, senor. Me encantara introducirselo.

El padre miro a Steve. El muchacho se encogio de hombros y tendio los disquetes a la mujer.

– Mientras cargaba el programa, la teniente miro a Steve con curiosidad.

– ?Quien hizo este programa?

– Una profesora de Jones Falls.

– Muy inteligente -dijo la mujer-. En la vida habia visto nada parecido. -Alzo los ojos hacia el coronel, que miraba la pantalla por encima del hombro de la teniente-. ?Y usted, coronel?

El hombre denego con la cabeza.

– Ya esta cargado. ?Ordeno la busqueda?

– Adelante.

La teniente Gambol pulso la tecla de Intro.

49

Una corazonada impulso a Berrington a arrancar en pos del negro Lincoln Mark VIII cuando el coche del coronel Logan emergio del camino de entrada a la casa de Georgetown. No estaba muy seguro de que Jeannie estuviese en aquel coche; solo habia podido ver al coronel y a Steve en los asientos delanteros, pero se trataba de

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