– Necesitamos una clave secreta, para que sepas que soy yo.
– Exacto.
– Pensare algo.
– Muy bien.
– Adios -se despidio Steve-. No intentare besarte.
Bajo la escalera. -Telefoneame -alzo la voz por encima del hombro.
Jeannie continuo inmovil, como petrificada, hasta que oyo el golpe de la puerta de la calle al cerrarse.
Se mordio el labio. Tenia ganas de llorar. Fue al mostrador de la cocina y se sirvio una taza de cafe. Levanto la taza hacia sus labios, pero se le resbalo entre los dedos, cayo y fue a estrellarse contra las baldosas del suelo, donde se hizo anicos.
– ?Joder! -exclamo Jeannie.
Se le doblaron las piernas y se desplomo encima del sofa. Tenia la sensacion de haber estado en terrible peligro. Ahora comprendia que tal peligro era imaginario, pero, a pesar de todo, agradecia profundamente el que hubiera quedado atras. Sentia el cuerpo henchido de un deseo insatisfecho. Se toco la entrepierna: los pantalones estaban humedos.
– Pronto jadeo-. Pronto. Penso en como se desarrollarian las cosas la proxima vez que se encontraran, como le abrazaria, le besaria y le pediria perdon; y como la perdonaria el, derrochando ternura. Y mientras se imaginaba todo aquello, las yemas de los dedos pulsaron los puntos debidos y al cabo de unos instantes un espasmo de placer recorrio todo su cuerpo.
Luego durmio un rato.
46
Humillacion era el sentimiento que agobiaba a Berrington.
Habia derrotado a Jeannie Ferrami una y otra vez, pero en ningun momento pudo sentirse satisfecho de ello. Jeannie le obligo a moverse sigilosamente como un ladron de tres al cuarto. Habia tenido que filtrar vergonzosamente a un periodico una historia abyecta, colarse rastrero como una serpiente en el despacho de la mujer y registrar los cajones de su mesa. Ahora espiaba su casa. El miedo le obligaba a actuar asi. Su mundo parecia desmoronarse en torno suyo. Estaba desesperado.
Jamas hubiera pensado que estaria haciendo aquello unas semanas antes de cumplir los sesenta anos: sentado en su automovil, aparcado junto a la acera, dedicado a vigilar la puerta de la casa de otra persona como un mugriento detective particular. ?Que pensaria su madre? Aun vivia, era una dama esbelta, elegante y bien vestida, de ochenta y cuatro anos, que residia en una pequena poblacion de Maine, escribia cartas al periodico local y se mostraba firmemente decidida a mantenerse en su puesto de encargada de arreglar las flores de la Iglesia episcopaliana. Se estremeceria de bochorno si se enterara de la situacion a que se veia reducido su hijo.
Que Dios no permitiera que le viese algun conocido. Tenia buen cuidado en evitar cruzar su mirada con la de los peatones que pasaban por alli. Por desgracia, su coche era realmente llamativo. Lo consideraba un automovil solo discretamente distinguido, pero no habia muchos Lincoln Town Cars aparcados en la calle donde estaba: los coches favoritos de los vecinos de aquel barrio eran provectos utilitarios japoneses y Pontiac Firebirds amorosamente conservados. Con su peculiar cabellera gris, el propio Berrington no era la clase de persona que se fundia en el paisaje y pasaba inadvertida. Durante cierto tiempo tuvo ante si un plano de la ciudad, desplegado encima del volante, a guisa de camuflaje, pero aquel vecindario era amable y dos personas golpearon suavemente el cristal de la ventanilla y se ofrecieron a indicarle la direccion que estuviese buscando, asi que Berrington volvio a guardar el plano. Se consolo diciendose que en una zona de rentas tan bajas resultaba poco probable que viviera alguien importante.
En aquellos instantes no tenia la menor idea de lo que Jeannie pudiera estar tramando. El FBI no habia logrado encontrar la lista en su apartamento. Berrington tuvo que imaginar lo peor: la lista habia conducido a Jeannie a otro clon. En tal caso, el desastre no estaba muy lejos. Berrington, Jim y Preston contemplaban de cerca el inmediato desenmascaramiento publico, la deshonra y la ruina.
Fue Jim quien sugirio que Berrington espiase el domicilio de Jeannie.
– Tenemos que saber que se lleva esa mujer entre manos, quien entra y sale de su casa -habia dicho Jim, y Berrington se mostro de acuerdo, aunque a reganadientes.
Se habia apostado alli temprano y no sucedio nada hasta alrededor del mediodia, cuando fue a recoger a Jeannie una mujer de color en la que Berrington reconocio a uno de los detectives que investigaban la violacion. El lunes le habia entrevistado a el brevemente. A Berrington le parecio atractiva. Consiguio recordar su nombre: sargento Delaware.
Habia llamado a Proust desde el telefono publico del McDonald's de la esquina y Proust le prometio ponerse en contacto con su amigo del FBI para averiguar a quien habian ido a ver. Berrington se imagino al hombre del FBI diciendo: «La sargento Delaware entro en contacto hoy con un sospechoso al que mantenemos bajo vigilancia. Por razones de seguridad no puedo revelar mas detalles, pero nos resultaria de gran utilidad saber con exactitud que hizo la sargento esta manana y en que caso esta trabajando».
Cosa de una hora despues, Jeannie salio a toda prisa, tan provocativamente sexual con su jersey purpura que a Berrington se le partio el corazon. No siguio al coche de la mujer; pese al miedo que le abrumaba no se atrevio a caer en semejante indignidad. Pero la vio volver al cabo de unos minutos cargada con un par de bolsas de papel de las que utilizan las tiendas de comestibles. A continuacion llego uno de los clones, presumiblemente Steve Logan.
No permanecio mucho tiempo en el piso. De haber estado en su piel, penso Berrington, con Jeannie vestida como iba vestida, el, Berrington, se hubiera quedado toda la noche y la mayor parte del domingo.
Consulto el reloj del coche por vigesima vez y decidio llamar de nuevo a Jim. Era posible que hubiese recibido ya noticias del FBI.
Berrington se apeo del automovil y anduvo hasta la esquina. El olor de las patatas fritas le hizo notar que tenia hambre, pero le repateaba los higados comer hamburguesas en envases de polietileno. Se proveyo de una taza de cafe negro y se llego al telefono publico.
– Fueron a Nueva York -le informo Jim.
Era lo que se temia Berrington.
– Wayne Stattner -dijo.
– Si.
– Mierda. ?Que hicieron?
– Le pidieron cuentas de sus movimientos durante el domingo pasado y cosas por el estilo. El estuvo en los Emmy. Su retrato habia aparecido en la revista People. Fin de la historia.
– ?Alguna indicacion acerca de lo que Jeannie pueda estar planeando hacer en el futuro inmediato?
– No. ?Que pasa por ahi?
– No gran cosa. Desde aqui veo la puerta. La chica hizo unas compras, Steve Logan vino y se marcho, nada. Tal vez se les hayan agotado las ideas.
– Y tal vez no. Todo lo que sabemos es que tu plan de despedirla no le ha cortado las alas; sigue dando guerra.
– Esta bien, Jim, no hace falta que me lo restriegues por las narices. Un momento…, ahora sale.
Jeannie se habia cambiado de ropa: vestia pantalones blancos y una esplendida blusa azul sin mangas que dejaba al aire sus fuertes brazos.
– Siguela -dicto Jim.
– Al diablo con esto. Esta subiendo a su coche.
– Tenemos que saber adonde va, Berry.
– ?No soy ningun poli, maldita sea!
Una nina que se dirigia al lavabo de senoras con su madre dijo:
– Ese hombre grita, mama.
– Chist, carino -la acallo la madre.
