– Por favor.

– Estoy asustada.

Una determinacion feroz sustituyo al temor. «Rayos, no voy a permitir que te escabullas de esto asi como asi.»

– Casi estamos a domingo, Lisa. -«No me gusta hacerte esto, pero no me queda otro remedio.» -Hace ocho dias entre en un edificio en llamas para ir en tu busca.

– Lo se, lo se.

– Tambien yo estaba asustada entonces.

Un prolongado silencio.

– Tienes razon -dijo Lisa por ultimo-. Esta bien. Lo hare.

Jeannie contuvo un grito de triunfo.

– ?Cuanto tardaras en llegar alli?

– Quince minutos.

– Nos encontraremos en la entrada.

Jeannie colgo. Entro corriendo en el dormitorio, dejo caer el albornoz sobre el suelo y se puso unos vaqueros negros y una camiseta azul turquesa. Se echo sobre los hombros una cazadora Levis negra y se precipito escaleras abajo.

Salio de casa a medianoche.

DOMINGO

52

Llego a la universidad antes que Lisa. Dejo el coche en la zona de aparcamiento destinada a visitantes, puesto que no deseaba que vieran su llamativo Mercedes estacionado delante de la Loqueria, y luego atraveso a pie el oscuro y desierto campus. Mientras esperaba impaciente delante de la fachada del edificio lamento no haber hecho un alto en el camino para comprar algo de comer. No habia tomado nada solido en todo el dia. Penso con nostalgia en una hamburguesa con queso y patatas fritas, en un trozo de pizza con pimientos, en un pastel de manzana con helado de vainilla y hasta en una inmensa ensalada Cesar de ajos tiernos. Por fin aparecio Lisa al volante de su elegante Honda blanco.

Se apeo del coche y tomo a Jeannie de las manos.

– Estoy abochornada -dijo-. No debi dar ocasion de que me recordases lo estupenda amiga que eres.

– Pero te comprendo -repuso Jeannie.

– Lo siento.

Jeannie la abrazo.

Entraron y encendieron las luces del laboratorio. Jeannie conecto la cafetera mientras Lisa accionaba el dispositivo de arranque de su ordenador. Resultaba extrano verse en el laboratorio en mitad de la noche. Aquel antiseptico escenario blanco, las luces brillantes y las maquinas silenciosas le hicieron pensar en un deposito de cadaveres.

Supuso que probablemente recibirian la visita de un guardia de seguridad, tarde o temprano. Despues del allanamiento protagonizado por Jeannie, no quietarian ojo a la Loqueria y, desde luego iban a ver las luces encendidas. No tenia nada de extrano que los cientificos trabajasen en el laboratorio a las horas mas insolitas, y no habria ningun problema, a menos que uno de los vigilantes hubiese visto a Jeannie la noche anterior y la reconociese.

– Si se presenta un guardia de seguridad a ver que pasa, me escondere en el armario del material de escritorio -dijo a Lisa-. Solo por si se da el caso de que el guardia en cuestion sea alguien que sepa que en teoria no debo estar aqui.

– Espero que le oigamos acercarse antes de que llegue y nos sorprenda -dijo Lisa, nerviosa-. Tendriamos que preparar alguna clase de alarma.

Jeannie ansiaba llevar a cabo cuanto antes la busqueda de los clones, pero contuvo su impaciencia; eso de la alarma seria una precaucion razonable. Lanzo una pensativa mirada por el laboratorio y sus ojos tropezaron con un jarroncito de flores que adornaba el escritorio de Lisa.

– ?Tienes en mucho aprecio ese florero de cristal? -pregunto.

Lisa se encogio de hombros.

– Lo consegui en un mercadillo. Puedo comprar otro.

Jeannie retiro las flores y vacio el agua en un fregadero. De un estante tomo un ejemplar de Gemelos identicos educados en ambientes distintos, de Susan L. Farber. Se dirigio al extremo del pasillo, donde la doble hoja de una puerta batiente daba paso a la escalera. Tiro de las hojas de la puerta un poco hacia dentro, utilizo el libro para inmovilizarlas alli y luego coloco el jarron en equilibrio encima del canto superior de las puertas, a caballo entre ambas hojas. Nadie podia pasar por alli sin que el florero cayese y se hiciera anicos contra el suelo.

Lisa miro a Jeannie y dijo:

– ?Y si me preguntan por que hice una cosa asi?

– Les contestas que no te hacia ninguna gracia que alguien se te acercara sigilosamente -repuso Jeannie.

Lisa asintio con la cabeza, satisfecha.

– Dios sabe que tengo todos los motivos del mundo para estar paranoica.

– Vamos a lo nuestro.

Regresaron al laboratorio y dejaron la puerta de par en par a fin de tener la certeza de que oirian el ruido de los cristales rotos. Jeannie inserto el precioso disquete en la computadora de Lisa e imprimio los resultados del Pentagono. Alli estaban los nombres de ocho criaturas cuyos electrocardiogramas eran tan semejantes como si pertenecieran a una misma persona. Ocho minusculos corazones que latian exactamente del mismo modo. De una manera o de otra, Berrington se las ingenio para que los hospitales del ejercito hiciesen aquella prueba a los ninos. Sin duda se remitieron copias a la Clinica Aventina, donde permanecieron hasta que el viernes pasado procedieron a destrozarlas. Pero Berrington se olvido, o acaso nunca penso en ello, de que el ejercito podia conservar los graficos originales.

– Empecemos con Henry King -propuso-. El nombre completo es Henry Irwin King.

Encima de su mesa, Lisa tenia dos unidades de CDROM, una encima de la otra. Tomo dos discos de un cajon de la mesa e introdujo uno en cada unidad.

– En esos dos discos tenemos todos los telefonos de domicilios particulares de Estados Unidos -dijo-. Y disponemos de software que nos permite pasar los dos discos simultaneamente.

En el monitor aparecio una pantalla de Windows.

– Por desgracia -anadio Lisa-, la gente no siempre pone su nombre completo en la guia telefonica. Veamos cuantos H. King hay en Estados Unidos.

Tecleo:

H* KING

pulso el raton sobre Recuento. Al cabo de un momento aparecio una ventana de Recuento con el numero 1,129.

Jeannie se descorazono.

– ?Nos pasaremos la noche entera si hemos de llamar a todos esos numeros!

– Espera, podemos hacer otra cosa mejor.

Lisa tecleo:

HENRY I. KING O HENRY IRWIN KING

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