Durante la noche, Jeannie y el senor Oliver fueron turnandose y, mientras uno vigilaba a Harvey el otro se acostaba, pero ninguno de los dos descanso gran cosa. Solo Harvey durmio, roncando bajo la mordaza.

Por la manana utilizaron el cuarto de bano tambien por turnos. Jeannie se puso las prendas que habia llevado en la maleta, blusa blanca y falda negra, con las que tal vez tuviera suerte y la tomasen por una azafata.

Pidieron el desayuno al servicio de habitaciones. No podian dejar que el camarero entrase en el cuarto, ya que veria a Harvey atado encima de la cama. El senor Oliver firmo el recibo en la puerta, con la explicacion:

– Mi esposa no se ha vestido aun, yo mismo llevare el carrito.

Permitio a Harvey tomar un vaso de zumo de naranja, se lo llevo hasta los labios mientras Jeannie se situaba detras, preparada para golpearle con la llave inglesa si el muchacho intentaba algo.

Jeannie esperaba impaciente la llamada de Steve. ?Que le habria ocurrido? Steve paso la noche en casa de Berrington. ?Logro enganarle durante todo el tiempo?

Lisa llego a las nueve, con un monton de comunicados de prensa, y luego partio rumbo al aeropuerto para recibir a George Dassault y a cualquier otro de los clones que pudieran presentarse.

Ninguno de los tres habia llamado.

Steve telefoneo a las nueve y media.

– He de darme prisa -dijo-. Berrington esta en el cuarto de bano. Todo va bien, ire a la conferencia de prensa con el.

– ?No sospecha nada?

– No… Aunque he pasado por algunos momentos con el corazon en un puno. ?Como esta mi doble?

– En plan sumiso.

– Tengo que colgar.

– ?Steve?

– ?Rapido! ?Que?

– Te quiero.

Jeannie colgo. ?No deberia haberlo dicho; se supone que una chica ha de hacerse rogar un poco. Bueno, al diablo.

A las diez efectuo una batida de reconocimiento por la Sala Regencia. La estancia se encontraba en un rincon, tenia un pequeno recibidor y una puerta que daba a una antecamara. Ya habia alli una relaciones publicas, que disponia un telon de fondo con el logotipo de la Genetico destinado a los objetivos de las camaras de television. Jeannie echo una rapida ojeada por la sala y volvio a la habitacion.

Llamo Lisa desde el aeropuerto.

– Malas noticias -dijo-. El vuelo de Nueva York llegara con retraso.

– ?Oh, Dios! -lamento Jeannie-. ?Han dado senales de vida los demas, Wayne o Hank?

– No.

– ?Cuanto retraso lleva el avion de George?

– Se le espera a las once treinta.

– Aun puedes llegar a tiempo.

– Si conduzco como el rayo…

Berrington salio de su cuarto a las once, terminando de ponerse la chaqueta. Vestia traje azul de rayas blancas, con chaleco, sobre una camisa blanca de punos con gemelos, pasada de moda pero impresionante.

– En marcha -dijo.

Steve se habia puesto una chaqueta deportiva de tweed perteneciente a Harvey. Le caia a la perfeccion, naturalmente, el propietario lo mismo podia ser el propio Steve.

Salieron. Llevaban encima demasiada ropa para aquella epoca del ano. Subieron al Lincoln plateado y encendieron el aire acondicionado. Berrington condujo a bastante velocidad, rumbo al centro urbano. Con gran alivio por parte de Steve, no se hablo mucho durante el trayecto. Berrington aparco en el garaje del hotel.

– La Genetico ha contratado un equipo de relaciones publicas para este acontecimiento -comunico a Steve mientras se dirigian al ascensor-. Nuestro departamento de publicidad interno nunca ha tenido que llevar un asunto tan importante como este. Cuando se encaminaban a la Sala Regencia les salio al paso una mujer elegantemente tocada y vestida con traje de chaqueta negro.

– Soy Caren Beamish, de Comunicacion Total -saludo radiante-. ?Quieren pasar a la sala de personalidades?

Les mostro una salita en la que se servian canapes y bebidas.

Steve se sentia ligeramente inquieto; le hubiera gustado echar un vistazo a la disposicion de la sala de conferencias. Pero quiza diese lo mismo. Mientras Berrington siguiera pensando, hasta la aparicion de Jeannie, que el era Harvey, ninguna otra cosa tenia importancia.

Seis o siete personas se encontraban ya en la sala de personalidades, Proust y Barck entre ellas. A Proust le acompanaba un joven musculoso de traje negro con todo el aspecto de guardaespaldas. Berrington presento Steve a Michael Madigan, jefe de operaciones de la Landsmann en America del Norte.

Nerviosamente, Berrington se bebio una copa de vino blanco de un trago. Steve se hubiera tomado un martini -tenia mas razones que Berrington para estar asustado-, pero no le quedaba mas remedio que mantener las ideas claras y no podia bajar la guardia un segundo. Consulto el reloj que habia retirado de la muneca de Harvey. Eran las doce menos cinco. «Solo cinco minutos mas. Y cuando esto haya terminado, entonces me tomare el martini a gusto.»

Caren Beamish dio unas palmadas para reclamar atencion y dijo:

– ?Dispuestos, caballeros? -Se produjo una serie de murmullos aquiescentes e inclinaciones de cabeza-. Entonces les agradecere que, salvo quienes hayan de ocupar el estrado, se dirijan todos a sus asientos, por favor.

«Eso es. Lo he conseguido. Se acabo.» Berrington volvio la cabeza hacia Steve y dijo:

– Hasta pronto, Moctezuma.

Se le quedo mirando, expectante.

– Claro -repuso Steve.

Berrington sonrio.

– ?Que quieres decir con eso de «claro»? Completa la respuesta.

Steve se quedo helado. Ignoraba por completo a que se referia Berrington. Al parecer se trataba de alguna especie de estribillo como «Hasta luego, cocodrilo», pero era una broma privada. Evidentemente, existia una contestacion, pero no era «Hasta luego, cocodrilo» ?que podria ser? Steve solto una maldicion para sus adentros. La conferencia de prensa estaba a punto de iniciarse… necesitaba mantener su ficcion solo unos pocos segundos mas!

Berrington fruncio el entrecejo, confundido, con la vista clavada en el.

Steve noto que la frente se le perlaba de sudor.

– No puedes haberlo olvidado -dijo Berrington.

Steve vio surgir la sospecha en sus pupilas.

– Claro que no -respondio Steve precipitadamente…, con demasiada precipitacion, porque al instante se dio cuenta de que se habia comprometido.

El senador Proust era ya todo oidos.

– Pues completa la frase -insto Berrington.

Steve observo que lanzaba un rapido vistazo al escolta de Proust y que el hombre se ponia visiblemente tenso.

A la desesperada, Steve aventuro:

– Hasta dentro de una hora, Eisenhowver.

Sucedio un momentaneo silencio.

– ?Esa si que es buena! -exclamo entonces Berrington, y solto una carcajada.

Steve se relajo. Aquel debia de ser el juego: dar una respuesta distinta cada vez. Dio gracias al cielo. Para disimular su alivio, se retiro un paso.

– Empieza el espectaculo, todo el mundo a su sitio -manifesto la relaciones publicas.

– Por aqui -le indico Proust a Steve-. Tu no te sientas en el estrado.

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