Abrio una puerta y Steve cruzo el umbral.

Se encontro en unos lavabos. Dio media vuelta y dijo:

– No, esto es…

El guardaespaldas de Proust estaba inmediatamente detras de Steve. Antes de que el muchacho supiese lo que ocurria, el escolta le habia aplicado una dolorosa llave de cuello.

– Al menor ruido que hagas, te rompo el jodido brazo -amenazo.

Berrington entro en los servicios detras del gorila. Jim Proust le siguio y cerro la puerta. El guardaespaldas mantenia inmovilizado al muchacho.

A Berrington le hervia la sangre.

– Joven desgraciado de mierda -siseo-. ?Quien eres tu? Steve Logan, supongo.

El chico pretendio mantener el engano.

– Pero ?que haces, papa?

– Olvidalo, el juego ha terminado… Veamos ahora, ?donde esta mi hijo?

El chico no respondio.

– ?Que diablos esta pasando, Berry? -quiso saber Jim.

Berrington trato de imponer calma.

– Este no es Harvey -le dijo a Jim-. Es alguno de los otros, probablemente el chico de Logan. Debe de haber estado suplantando a Harvey desde ayer por la noche. Y Harvey sin duda esta encerrado en alguna parte.

Jim palidecio.

– ?Eso significa que lo que nos dijo acerca de las intenciones de Jeannie Ferrami era un cuento para embaucarnos!

Berrington asintio, torvo.

– Probablemente, Jeannie Ferrami ha proyectado alguna clase de protesta durante la conferencia de prensa.

– ?Mierda! -exclamo Proust-. ?Delante de las camaras no!

– Eso es lo que haria yo en su lugar… ?tu no?

Proust reflexiono durante un momento.

– ?No se vendra abajo Madigan?

Berrington sacudio la cabeza.

– No podria decirlo. Pareceria un tanto ridiculo, cancelar la absorcion en el ultimo minuto. Por otra parte, aun pareceria mas estupido pagar ciento ochenta millones de dolares por una empresa a la que van a demandar judicialmente, reclamandole hasta el ultimo penique que tenga. Puede optar por cualquiera de los dos caminos.

– ?Entonces es cuestion de encontrar a Jeannie Ferrami y cortarle el paso!

– Puede que se haya registrado en el hotel. -Berrington arrebato de la horquilla el telefono que se encontraba junto al sanitario-. Aqui, el profesor Jones. Llamo desde la Sala Regencia donde se celebra la conferencia de prensa de la Genetico -hablo con el tono de voz mas autoritario de su amplio registro-. Estamos esperando a la doctora Ferrami…, ?podria decirme que habitacion ocupa?

– Lo siento, senor, pero no se nos permite dar por telefono el numero de las habitaciones. -Berrington estaba a punto de estallar, cuando la telefonista anadio-: ?Desea que le pase con ella?

– Si, desde luego. -Oyo el zumbido del tono. Al cabo de un momento le llego una voz que parecia pertenecer a un hombre de edad. Berrington improviso.

– La ropa que entrego usted para la lavanderia esta lista, senor Blemkinsop.

– No he dado ropa alguna a la lavanderia.

– Oh, lo siento, senor… ?cual es su habitacion?

Berrington contuvo el aliento.

– La ochocientos veintiuno.

– Buscaba la ochocientos doce. Perdone.

– No pasa nada.

Berrington colgo.

– Estan en la habitacion ochocientos veintiuno -anuncio, emocionado-. Apuesto a que encontraremos alli a Harvey.

– La conferencia de prensa esta a punto de empezar -dijo Proust.

– Es posible que lleguemos demasiado tarde. -Berrington titubeo, indeciso. No deseaba retrasar un solo segundo el anuncio de la operacion, pero no tenia mas remedio que anticiparse a los planes que pudiera haber tramado Jeannie. Al cabo de un momento se dirigio a Jim-. ?Por que no vas al estrado y te sientas alli con Madigan y Preston? Yo hare lo posible por encontrar a Harvey y detener a Jeannie Ferrami.

– De acuerdo.

Berrington miro a Steve. -Me sentiria mas feliz si pudiese llevar conmigo a tu escolta.

Pero no podemos dejar suelto a Steve.

Tercio el guardaespaldas:

– No hay problema, senor. Puedo esposarle a una caneria.

– Magnifico. Hagalo.

Berrington y Proust regresaron a la salita de personalidades. Madigan les contemplo con cierta curiosidad en la mirada.

– ?Ocurre algo malo, caballeros?

– Una insignificante cuestion de seguridad, Mike -dijo Proust-. Berrington se encargara de solucionarla mientras nosotros seguimos adelante con el anuncio de la operacion.

Madigan no se sentia satisfecho del todo.

– ?Seguridad?

– Una mujer a la que despedi la semana pasada, Jean Ferrami, esta en el hotel -informo Berrington-. Es posible que intente poner alguna clase de impedimento. Voy a cortarle el paso.

Eso fue suficiente para Madigan.

– Esta bien, continuemos con lo nuestro.

Madigan, Barck y Proust pasaron a la sala de conferencias. El guardaespaldas salio de los servicios. Berrington y el apresuraron el paso por el corredor y pulsaron el boton de llamada del ascensor. La aprension y la inquietud dominaban a Berrington. No era hombre de accion…, nunca lo habia sido. La clase de combate a la que estaba acostumbrado era la que tenia lugar en el seno de las comisiones universitarias. Confio en que no tuviera que enzarzarse en una pelea a punetazo limpio.

Llegaron a la planta octava y corrieron hasta la habitacion ochocientos veintiuno. Berrington llamo a la puerta. Se oyo una voz masculina:

– ?Quien es?

– Servicio de habitaciones -respondio Berrington.

– Todo esta bien, gracias, senor.

– Tengo que revisar su cuarto de bano, abra, por favor.

– Vuelva mas tarde.

– Hay un problema, senor.

– Estoy muy ocupado en este momento. Vuelva dentro de una hora.

Berrington miro al guardaespaldas.

– ?Puede echar la puerta abajo a patadas?

El hombre puso cara de sentirse complacidisimo. Despues miro por encima del hombro de Berrington y vacilo. Al seguir la direccion de su mirada, Berrington vio a una pareja de edad que salia del ascensor cargada con bolsas de compras. La pareja anduvo despacio por el pasillo en direccion a la ochocientos veintiuno.

Berrington aguardo a que pasaran. Se detuvieron delante de la ochocientos treinta. El marido dejo las bolsas en el suelo, busco la llave, la introdujo en la cerradura y abrio la puerta. Por fin, la pareja desaparecio dentro de la habitacion.

El guardaespaldas descargo una patada contra la puerta. El bastidor crujio y se astillo. Dentro del cuarto sonaron pasos rapidos.

El escolta de Proust repitio la patada y la puerta se abrio.

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