literas eran de color naranja oscuro y estaban cubiertas de pintadas. Las tazas de los retretes carecian de tapadera. En tres o cuatro celdas vio hombres tendidos apaticamente en las literas, pero la mayoria de estas se encontraban libres.
– Es lunes, es un dia tranquilo aqui, en el Holiday Inn de la calle Lafayete -bromeo Spike.
Steve no se hubiera reido ni aunque le fuese la vida en ello.
Spike se detuvo delante de una celda vacia. Steve echo un vistazo al interior mientras el celador abria la puerta. Ni tanto asi de intimidad. Comprendio que si tenia que usar el retrete no iba a quedarle mas remedio que hacerlo a la vista de todo el que, hombre o mujer, pasara en aquel momento por el corredor. De un modo u otro, aquello era mas humillante que cualquier otra cosa.
Spike abrio una puerta en el enrejado e hizo pasar a Steve a la celda. La puerta se cerro de golpe y Spike echo la llave.
Steve se sento en la litera -Dios Todopoderoso, que lugar -exclamo.
– Te acostumbraras a el- dijo Spike alentadoramente, y se retiro.
Al cabo de un minuto volvia cargado con un envase de polietileno.
– Me queda una cena -ofrecio-, pollo frito. ?Quieres un poco?
Steve miro el paquete, luego dirigio la vista hacia el retrete y denego con la cabeza.
– De todas formas, muchas gracias. Pero me parece que no tengo apetito.
10
Berrington pidio champan.
Despues de la jornada de prueba que habia vivido, a Jeannie le hubiese gustado mas un trago de Stolichnaya con hielo, pero beber licor fuerte no era el mejor sistema para impresionar al jefe, de modo que se guardo para si aquel deseo.
Champan significaba devaneo romantico. En las ocasiones anteriores en que alternaron socialmente, Berrington se habia mostrado mas encantador que conquistador. ?Acaso iba ahora a insinuarsele? Tal idea hizo que Jeannie se sintiera incomoda. No habia conocido un solo hombre que se tomase por las buenas unas calabazas. Y aquel hombre era su jefe.
Jeannie tampoco le hablo de Steve. Estuvo a punto de hacerlo varias veces en el transcurso de la cena, pero algo la contuvo. Si, contra todas sus expectativas, resultaba que, al final, Steve era un delincuente, su teoria iba a empezar a tambalearse. Pero no le gustaba adelantar malas noticias. Antes de que eso quedara demostrado, ella no tenia por que dudar. Aparte de que albergaba la absoluta certeza de que al final iba a quedar claro que la detencion de Steve fue un espantoso error.
Habia hablado con Lisa.
– ?Han arrestado a Brad Pitt! -le dijo.
A Lisa le horrorizo pensar que aquel hombre habia pasado toda la jornada en la Loqueria, su lugar de trabajo, y que Jeannie estuvo a punto de llevarlo a su casa. Jeannie le habia explicado que estaba segura de que Steve no era el agresor. Despues comprendio que probablemente se equivoco al hacer aquella llamada; podia interpretarse como interferencia con una testigo. No es que cambiase mucho las cosas. Lisa examinaria una hilera de hombres blancos jovenes y reconoceria o no reconoceria al individuo que la habia violado. No se trataba de la clase de asunto en el que Lisa pudiera cometer una equivocacion asi como asi.
Jeannie tambien hablo con su madre. Patty habia ido a verla, con sus tres hijos, y mama se animo mucho al contarle la forma en que los ninos corretearon por los pasillos de la residencia. Afortunadamente, parecia no acordarse ya de que habia ingresado en Bella Vista solo el dia anterior. Hablaba como si llevase varios anos en el hogar para ancianos y reprocho a Jeannie el que no la visitara mas a menudo. Despues de la conversacion, esta se sintio un poco mejor en lo que se referia a su madre.
– ?Que tal la lubina? -Con su pregunta, Berrington interrumpio el hilo de los pensamientos de Jeannie.
– Deliciosa. Finisima.
El hombre se aliso las cejas con la yema del indice de la mano derecha. Por alguna razon el gesto le parecio a Jeannie algo asi como una felicitacion que Berrington se dedicaba a si mismo.
– Ahora voy a hacerte una pregunta a la que debes responder sinceramente.
Berrington sonrio, para que ella no le tomara demasiado en serio.
– Conforme.
– ?Quieres postre?
– Si. ?Crees que soy la clase de mujer capaz de fingir en una cuestion como esa?
El sacudio negativamente la cabeza.
– Supongo que no hay mucho de que fingir.
– Es probable que no lo suficiente. A mi me han acusado de poco diplomatica.
– ?Es tu peor defecto?
– Seguramente me iria mejor si pensara un poco las cosas. ?Cual es tu peor defecto?
Berrington contesto sin vacilar.
– Enamorarme.
– ?Eso es un defecto?
– Si uno lo hace con demasiada frecuencia, si.
– O si se enamora de mas de una persona al mismo tiempo, supongo.
– Tal vez deberia escribir a Lorraine Logan y pedirle consejo.
Jeannie se echo a reir, pero no deseaba que la conversacion derivase hacia Steven.
– ?Cual es tu pintor favorito? -Cambio de tema.
– A ver si lo adivinas.
Berrington era un patriota, asi que se figuro que tambien deberia ser un sentimental.
– ?Norman Rockwell?
– ?Por Dios, no! -Parecio sinceramente horrorizado-. ?Un vulgar ilustrador! No, si pudiera permitirme el lujo de coleccionar pintura, compraria impresionistas norteamericanos. Paisajes invernales de John Henry Twachtman. Me encantaria poseer El puente blanco. ?Que me dices de ti?
– Ahora te toca a ti adivinarlo.
Berrington reflexiono unos segundos.
– Joan Miro.
– ?Por que?
– Imagino que te gustan los fogonazos de colores vivos.
Jeannie asintio.
– Muy perspicaz. Pero no del todo certero. Miro es demasiado turbulento. Prefiero a Mondrian.
– Ah, si, claro. Las lineas rectas.
– Exactamente. Eres bueno en esto.
Berrington se encogio de hombros y Jeannie comprendio que probablemente jugaria a las adivinanzas con muchas mujeres.
La muchacha hundio la cucharilla en el sorbete de mango. Decididamente aquel no era asunto de una simple cena. Pronto tendria que adoptar una decision firme acerca de como iba a ser y a desarrollarse su relacion con Berrington.
Hacia ano y medio que no besaba a un hombre. Desde que Will Temple se alejo de ella, ni siquiera habia salido con nadie hasta aquella noche. No estaba enamorada de Will: habia dejado de quererle. Pero Jeannie era cautelosa.
Sin embargo, como continuara viviendo como una monja acabaria volviendose loca. Echaba de menos tener en la cama con ella a alguien velludo; echaba de menos los olores masculinos -el de la grasa de bicicleta, el de las sudadas camisetas de futbol y el del whisky- y sobre todo echaba de menos el sexo. Cuando las feministas radicales decian que el pene era el enemigo, Jeannie deseaba responder: «Habla por ti, hermana».
Alzo la mirada hacia Berrington, que comia con delicados ademanes manzanas caramelizadas. Le gustaba aquel sujeto, a pesar de sus nauseabundas ideas politicas. Era listo -los hombres de la doctora Ferrami tenian que
