– El numero cuatro -dijo la mujer, con un sollozo en la voz.
Steve volvio la cabeza y miro el telon de fondo.
El numero cuatro era el.
– ?No! -grito-. ?Eso no puede ser verdad! ?No era yo!
– Numero cuatro, ?ha oido eso? -hablo la voz masculina.
– Claro que lo he oido, ?pero yo no lo hice!
Los demas hombres de la hilera de reconocimiento abandonaban ya el estrado.
– ?Por el amor de Cristo! -Steve se quedo mirando la opaca cortina, extendidos los brazos en gesto de suplica-. ?Como puede haberme senalado a mi? ?Ni siquiera se que aspecto tiene usted!
La voz del otro lado aconsejo:
– No diga nada, senora, por favor. Muchas gracias por su colaboracion. La salida es por aqui.
– ?Tiene que haber alguna equivocacion! ?No lo comprenden? -chillo Steve.
Aparecio el carcelero.
– Todo ha terminado, hijo, vamos -insto.
La mirada de Steve se clavo en el. Por unos segundos estuvo tentado de romperle los dientes a aquel hombrecillo y mandarselos garganta abajo.
Spike observo la expresion de sus ojos y endurecio el gesto.
– Tengamos la fiesta en paz -aconsejo-. No tienes escapatoria. Su mano se cerro en torno al brazo de Steve, que tuvo la impresion de que le apretaba un cepo de acero. Era inutil protestar.
Steve se sentia como si le hubieran sacudido por la espalda con una cachiporra. Aquel golpe le habia llegado de la nada. Se le hundieron los hombros y una furia esteril se apodero de el.
– ?Como ocurrio esto? -articulo-. ?Como es posible?
12
– ?Papa? -se sorprendio Berrington.
Jeannie deseo haberse mordido la lengua. Decir: «?Cuando saliste de la carcel, papa?», fue lo mas estupido que pudo habersele ocurrido. Apenas unos minutos antes Berrington habia calificado a los moradores de la carcel municipal de “Escoria de la Tierra ”.
Se sentia mortificada. Ya era bastante grave que su jefe se enterara de que su padre era un ladron profesional. Pero que Berrington lo conociese personalmente resultaba incluso peor. Posiblemente, a consecuencia de una caida el intruso tenia el rostro magullado, ademas de cubierto por una barba de varios dias. Sus ropas estaban sucias y despedia un leve pero desagradable olor. Jeannie sintio tal bochorno que no pudo mirar a Berrington a la cara.
Hubo un tiempo, muchos anos atras, en que no se avergonzaba de el. Por el contrario, su padre hacia que los de sus amigas le pareciesen aburridos y pelmas. Era un hombre guapo y al que le encantaba divertirse, que solia volver de sus viajes con traje nuevo y los bolsillos llenos de dinero. Entonces iban al cine, estrenaban vestidos, se tomaban helados de frutas y mama se compraba un camison bonito y se ponia a regimen. Pero el volvia a marcharse y, a la edad de nueve anos, Jeannie se entero del motivo. Se lo dijo Tammy Fontane. Jeannie no olvidaria nunca aquella conversacion.
– Tu vestido es una birria -habia dicho Tammy.
– Mas birria es tu nariz -replico Jeannie vivamente, y las otras ninas se apresuraron a meter la cuchara.
– Tu mama te compra vestidos que son algo asi como verdaderos adefesios.
– Tu mama es gorda.
– Tu papa esta en la carcel.
– No es verdad.
– Si.
– ?No!
– He oido que papa se lo decia a mama. Estaba leyendo el periodico. «Aqui dice que han vuelto a meter otra vez en la carcel a Pete Ferrami», dijo.
– Mentira, mentira, alza el rabo y tira -habia cantado Jeannie, pero en el fondo de su corazon creyo a Tammy.
Aquello lo explicaba todo: la subita prosperidad economica, la igualmente repentina desaparicion, las prolongadas ausencias.
Jeannie nunca volvio a mantener otro intercambio de provocaciones verbales con las companeras de clase. Cualquiera podia hacerla callar con solo citar a su padre. A los nueve anos, eso era como estar lisiada de por vida. Cada vez que en el colegio se extraviaba algo, Jeannie tenia la impresion de que todos la miraban acusadoramente. Nunca consiguio desterrar de su animo aquella sensacion de culpabilidad. Si alguna mujer echaba un vistazo al interior de su bolso y comentaba: «Maldita sea, crei que llevaba un billete de diez dolares», Jeannie se ponia como la grana. Se convirtio en una persona obsesivamente honrada: recorria kilometro y medio para devolver un boligrafo barato, le aterraba la idea de que, si lo conservaba, su dueno dijera que ella era una ladrona como su padre.
Y ahora su padre estaba alli, de pie ante Berrington, su jefe, sucio, sin afeitar y probablemente sin un centavo.
– Aqui, el profesor Berrington Jones -dijo Jeannie-. Berry, te presento a mi padre, Pete Ferrami.
Berrington se mostro amable. Estrecho la mano del padre.
– Celebro conocerle, senor Ferrami -dijo-. Su hija es una mujer muy especial.
– ?Verdad que si? -repuso el padre, con una sonrisa complacida.
– Bueno, Berry, ya conoces el secreto de la familia -dijo Jeannie en tono resignado-. Enviaron a papa a la carcel el mismo dia en que me licencie
– Pudieron ser quince -anadio Pete Ferrami-. Ibamos armados en aquel golpe.
– Gracias por compartir con nosotros ese dato, papa. Seguro que impresiona a mi Jefe.
El padre parecio dolido y desconcertado y, a pesar de su resentimiento, Jeannie sintio un ramalazo de compasion por el. A Pete Ferrami su punto flaco le heria tanto como a su familia. Era uno de sus defectos naturales. El fabuloso sistema de reproduccion de la raza humana -el profundamente complejo mecanismo del ADN que Jeannie estudiaba- estaba programado para operar de forma que cada individuo fuese un poco distinto a los demas. Era como una fotocopiadora con un error de fabricacion. A veces, el resultado era bueno: un Einstein, un Louis Armstrong, un Andrew Carnegie. Y a veces producia un Pete Ferrami.
Jeannie debia desembarazarse de Berrington enseguida.
– Si quieres hacer esa llamada, Berry, puedes utilizar el telefono del dormitorio.
– Ah, la hare luego -dijo Berrington.
«A Dios gracias.»
– Muy bien, gracias por una velada tan estupenda.
Jeannie tendio la mano para estrechar la de Berrington.
– Fue un placer. Buenas noches.
Estrecho desmanadamente la mano de Jeannie y se fue. Jeannie se encaro con su padre.
– ?Que ha pasado?
– Me soltaron antes de tiempo por buena conducta. Estoy libre. Y, naturalmente, mi primer deseo fue venir a ver a mi hijita.
– Inmediatamente despues de una borrachera de tres dias.
Era de una hipocresia tan diafana que resultaba insultante. Jeannie sintio crecer en su interior la colera que tan bien conocia. (Por que no podia tener un padre como el de otras personas?
– Vamos, se buena -pidio Pete Ferrami.
La rabia se transformo en tristeza. Nunca habia tenido un verdadero padre y jamas lo tendria.
– Dame esa botella -ordeno-. Hare cafe.
A reganadientes, el hombre le entrego el vodka y Jeannie lo puso en el frigorifico. Echo agua a la cafetera y la
