ser inteligentes- y tenia modales de triunfador. Le respetaba por sus trabajos cientificos. Era esbelto y bien parecido, probablemente tambien seria un amante experto y habil, y poseia unos bonitos ojos azules.
A pesar de todo, era demasiado viejo. A ella le gustaban los hombres maduros, pero no tan maduros.
?Como podia rechazarlo sin tirar por la borda su propio futuro profesional? Quizas el mejor procedimiento consistiera en simular que interpretaba sus atenciones como algo paternal y bondadoso. Eso tal vez le permitiera evitar la desagradable medida de rechazarlo lisa y llanamente.
Jeannie tomo un sorbo de champan. El camarero aguardaba para volver a llenarle la copa y ella no estaba muy segura acerca de cuanto habia bebido ya, pero se sentia alegre y no tenia que conducir.
Pidieron cafe. Jeannie, un express doble para que la serenase un poco. Cuando Berrington hubo pagado la cuenta, tomaron el ascensor hacia el aparcamiento y subieron al plateado Lincoln Town Car de Berrington.
Berrington condujo el vehiculo a lo largo de la linea del puerto y luego desemboco en la autopista de Jones Falls.
– Ahi esta la carcel municipal -indico el edificio, semejante a una fortaleza, que ocupaba una manzana de la ciudad-. La escoria de la Tierra esta ahi.
Jeannie penso que era posible que Steve se encontrase dentro.
?Como podia habersele ocurrido la posibilidad de acostarse con Berrington? No sentia el menor asomo de afecto por el. Le avergonzo haber jugueteado siquiera con la idea. Cuando el hombre detuvo el coche junto al bordillo, delante de la casa, Jeannie dijo en tono firme y decidido:
– Bueno, Berry, gracias por esta encantadora velada.
?Le estrecharia la mano, penso la muchacha, o intentaria besarla? En este ultimo caso, ella le ofreceria la mejilla.
Pero Berrington no hizo ni una cosa ni otra.
– Tengo el telefono de casa estropeado y necesito hacer una llamada antes de irme a la cama -dijo-. ?Puedo utilizar el tuyo?
Dificilmente podia ella decir: «Rayos, no, haz un alto en el primer telefono publico que encuentres por el camino». Parecia que no iba a tener mas remedio que afrontar algo mas que la insinuacion.
– Claro -dijo, tras contener un suspiro-. Sube.
Se pregunto si podria evitar ofrecerle un cafe.
Se apeo de un salto del coche y cruzo el portico en primer lugar. La puerta de la fachada se abria a un pequeno vestibulo con otras dos puertas. Una era la del piso de la planta baja, habitado por el senor Oliver, un estibador jubilado. La otra, la de Jeannie, daba a una escalera que conducia al apartamento del primer piso.
Jeannie fruncio el entrecejo, desconcertada. Su puerta estaba abierta.
La franqueo y encabezo la marcha escaleras arriba. Habia luz en el piso. Curioso: antes de marcharse habia apagado la luz. La escalera llevaba directamente a la sala de estar. Entro en el cuarto y solto un grito.
El estaba de pie ante el frigorifico, con una botella de vodka en la mano. Iba sin afeitar, desalinado y parecia un poco bebido.
Detras de Jeannie, Berrington pregunto:
– ?Que ocurre?
– Necesitarias un sistema de seguridad mas eficaz, Jeannie -comento el intruso-. No me costo ni diez segundos dar con el truco de tu cerradura.
– ?Quien diablos es? -pregunto Berrington.
Jeannie dijo en tono sobresaltado:
– ?Cuando saliste de la carcel, papa?
11
El cuarto de reconocimiento y la seccion de celdas estaban en la misma planta.
En la antesala habia otros seis hombres de aproximadamente la misma edad y constitucion fisica que Steve. Evitaron su mirada y se abstuvieron de dirigirle la palabra. Le trataban como si fuese un criminal. Quiso decirles: «Eh, chicos, estoy en el mismo bando que vosotros, no soy ningun violador, soy inocente».
Todos tuvieron que quitarse el reloj y la bisuteria y ponerse una especie de bata de papel blanco encima de la ropa de calle. Mientras se preparaban entro en la estancia un joven vestido con traje y pregunto:
– Por favor, ?quien de vosotros es el sospechoso?
– Ese soy yo -dijo Steve.
– Pues yo soy Lew Tanner, el defensor de oficio -se presento el hombre-. Estoy aqui para comprobar que la rueda de reconocimiento se realiza correctamente. ?Alguna pregunta?
– ?Cuanto tiempo tardare en salir de aqui, despues de eso? -quiso saber Steve.
– Dando por sentado que no seas el elegido en la rueda de reconocimiento, un par de horas.
– ?Dos horas! -exclamo Steve, indignado-. ?Tengo que volver a esa jodida celda?
– Me temo que si.
– ?Por Dios!
– Les pedire que tramiten tu libertad lo antes posible -dijo Lew-. ?Algo mas?
– No, gracias.
– Muy bien.
Salio.
Un celador hizo pasar a los siete hombres a traves de la puerta que daba a un estrado. Habia un telon de fondo con una escala graduada que mostraba la estatura y la posicion de los hombres, numerados de uno a diez. La luz de un potente foco se proyecto sobre ellos, y una cortina separo el estrado del resto de la sala. Los hombres no podian ver nada a traves de aquella pantalla, pero si llegaba a sus oidos lo que ocurria al otro lado de la misma.
Durante unos minutos solo se produjo rumor de pasos y el murmullo de alguna que otra voz en tono bajo. Todas las voces eran masculinas. Luego Steve distinguio el sonido inconfundible de unos pasos de mujer. Al cabo de unos instantes se oyo una voz masculina, que sonaba como si estuviese leyendo algo de una tarjeta o repitiendolo tras haberselo aprendido de memoria.
– De pie ante usted hay siete personas. Solo las conocera por el numero. Si alguno de esos individuos le ha hecho algo a usted o ha hecho algo en presencia de usted, quiero que pronuncie su numero y nada mas que su numero. Si desea que algunos de ellos digan determinadas palabras especificas, les pediremos que digan esas palabras. Si quiere que den media vuelta o se coloquen de perfil, lo haran todos en grupo. (Reconoce entre ellos a alguno que le haya hecho a usted algo o que haya hecho algo en presencia de usted?
Silencio. Los nervios de Steve se tensaron como cuerdas de guitarra, aunque estaba seguro de que no se citaria su numero.
Una voz femenina dijo muy bajo: -Llevaba la cabeza cubierta.
A Steve le sono como la voz de una mujer educada, de clase media y de su misma edad, mas o menos.
– Tenemos sombreros -dijo la voz masculina-. ?Quiere usted que se pongan sombrero?
– Era mas bien una gorra. Una gorra de beisbol.
Steve percibio angustia y tension en la voz femenina, pero tambien determinacion. Ni asomo de falsedad. Parecia la clase de mujer que diria la verdad, por muy atribulada que estuviese. Se sintio un poco mejor.
– Dave, mira a ver si hay gorras de beisbol en ese armario.
Hubo una pausa de varios minutos. Steve apreto los dientes con impaciencia. Una voz musito:
– Santo Dios, no sabia que tuviesemos aqui todo este material… gafas, bigotes…
– Nada de murmuraciones, Dave -reprocho el primer hombre-. Esto es un procedimiento legal.
Finalmente, un detective entro en el estrado por una parte lateral y tendio una gorra de beisbol a cada uno de los integrantes de la rueda de reconocimiento. Todos se la pusieron y el detective se retiro.
Del otro lado de la cortina llego el llanto de una mujer.
La voz masculina repitio la formula verbal empleada antes:
– ?Reconoce entre ellos a alguno que le haya hecho a usted algo o que haya hecho algo en presencia de usted? Si es asi, pronuncie su numero y nada mas que su numero.
