misma! Cualquier psicopata que pase por la calle puede echarme mano, ponerme un cuchillo delante de los ojos y hacer lo que le plazca con mi cuerpo y dejar su esperma dentro de mi.

Jeannie le lanzo una mirada. El rostro de Lisa estaba blanco de pasion. Jeannie confio en obrar adecuadamente al hacer que Lisa se desfogara.

– No eres debil -asevero.

– Tu eres dura -replico Lisa.

– Yo tengo el problema contrario… La gente cree que soy invulnerable. Porque mido metro ochenta y tres, llevo perforada la aleta de la nariz y adopto una actitud malvada, se imaginan que no se me puede hacer dano.

– No tienes una actitud malvada.

– Debo estar en un error.

– ?Quien cree que eres invulnerable? Yo no.

– La mujer que dirige Bella Vista, la residencia donde esta mi madre. Me dijo claramente: «Su madre no cumplira los sesenta y cinco». Asi como suena. «Se que usted prefiere que le sea sincera», anadio. Me quede con las ganas de soltarle que el que yo lleve un aro en la nariz no significa que no tenga sentimientos.

– Mish Delaware dice que a los violadores no les interesa realmente el sexo. Que disfrutan ejerciendo su poder sobre una mujer, dominandola, asustandola y lastimandola. Eligio a alguien que supuso se asustaria facilmente.

– ?Quien no se asustaria?

– Sin embargo, no te eligio a ti. Tu probablemente le hubieras zurrado.

– Me gustaria tener la oportunidad de hacerlo.

– De todas formas, tu le habrias plantado cara con mas energia que yo y, desde luego, no te habrias sentido tan impotente y aterrada. Asi que el no te eligio a ti.

Jeannie vio adonde conducia todo aquello.

– Lisa, eso puede que sea cierto, pero no hace que la violacion sea culpa tuya, conforme? No tienes ninguna culpa, ni un apice. Te viste involucrada: podia haberle pasado a cualquiera.

– Tienes razon -convino Lisa.

Dieciseis kilometros despues de haber abandonado la ciudad se desviaron de la interestatal al llegar a un indicador que rezaba: «Penitenciaria Greenwood». Era una prision anticuada, un conjunto de edificios de piedra gris rodeado por altos muros con alambrada de espino. Dejaron el coche a la sombra de un arbol, en la zona de aparcamiento destinada a los visitantes. Jeannie volvio a ponerse la chaqueta, pero no los pantis.

– ?Estas preparada para esto? -pregunto Jeannie-. Dennis tendra el mismo aspecto que el individuo que te violo, a menos que mi metodologia este equivocada de medio a medio.

Lisa asintio con gesto grave.

– Estoy lista.

Se abrio la puerta principal para dejar paso a un camion de reparto y ambas entraron sin que nadie les diera el alto. Jeannie saco la conclusion de que, a pesar de la alambrada de espino, la vigilancia no era nada estricta. Las estaban esperando. Un guardia comprobo sus tarjetas de identificacion y las acompano a traves de un patio en el que reinaba un calor de horno y donde un punado de jovenes negros jugaban al baloncesto. El edificio de la administracion tenia aire acondicionado. Las anunciaron en el despacho del alcaide, John Temoigne. Vestia camisa de manga corta y corbata; en su cenicero habia dos colillas de puro. Jeannie le estrecho la mano.

– Soy la doctora Jean Ferrami, de la Universidad Jones Falls.

– ?Como estas, Jean?

Evidentemente, Temoigne era el tipo de hombre al que le resulta dificil tratar de usted y dirigirse a una mujer por el apellido. Jeannie se abstuvo deliberadamente de citar el nombre de Lisa.

– Aqui, mi ayudante, la senora Hoxton.

– Hola, encanto.

– En la carta que te escribi ya explicaba en que consiste nuestro trabajo, alcaide, pero si tienes alguna pregunta, la contestare con sumo gusto.

Jeannie tuvo que decirlo, aunque le consumia la impaciencia por ver a Dennis Pinker.

– Es preciso que comprendais que Pinker es un sujeto violento y peligroso -advirtio Temoigne-. ?Conoceis los detalles de su delito!

– Creo que agredio sexualmente a una mujer en una sala cinematografica y que la mato cuando ella intento resistirse.

– Estas muy cerca. Fue en el cine Eldorado, en Greensburg. Proyectaban una pelicula de terror. Pinker bajo al sotano y corto la corriente electrica. A continuacion, cuando los espectadores eran presa del panico en la oscuridad, Pinker se dedico a sobar a las chicas.

Jeannie intercambio con Lisa una mirada sobrecogida. Se parecia mucho a lo sucedido el domingo en la Universidad Jones Falls. Una maniobra de diversion creo el desconcierto y el panico y proporciono al agresor su oportunidad. Tambien habia un toque similar de fantasia adolescente en las dos escenas del crimen: manoseo de jovenes en la sala del cine sumida en la oscuridad y observacion de mujeres corriendo desnudas de un lado para otro en el vestuario del gimnasio. Si Steve Logan y Dennis Pinker eran gemelos identicos, al parecer habian cometido delitos muy semejantes.

– Una mujer cometio la imprudencia de resistirsele -prosiguio Temoigne- y la estrangulo.

Jeannie se pico. -Si te hubieran metido mano a ti, alcaide, ?hubieras cometido la imprudencia de resistirte?

– Yo no soy una chica -replico Temoigne con el aire del que pone sobre la mesa el as del triunfo.

Intervino Lisa, diplomatica: -Debemos poner manos a la obra, doctora Ferrami… Nos queda un monton de trabajo por hacer.

– Tienes razon.

– Normalmente -dijo Temoigne-, tendriais que entrevistar al recluso a traves de una reja. Habeis solicitado de modo especial estar con el en la misma habitacion y desde las alturas me han ordenado que os lo permita. A pesar de todo insisto en que volvais a pensarlo. Ese hombre es un criminal peligroso y violento.

Un estremecimiento de angustia sacudio a Jeannie, pero se mantuvo exteriormente fria.

– Habra un guardia armado en la estancia durante todo el tiempo que estemos con Dennis.

– Claro que si. Pero me sentiria mucho mas comodo si hubiese una rejilla de acero entre vosotras y el preso. -Temoigne le dedico una sonrisa zalamera-. Un hombre ni siquiera tiene que ser un psicopata para que le acose la tentacion al verse ante dos jovenes atractivas.

Jeannie se puso en pie bruscamente.

– Te agradezco tu preocupacion, alcaide, de veras. Pero tenemos que cumplir determinados pasos, tales como tomar una muestra de sangre, fotografiar al sujeto y etc., cosas que no pueden realizarse a traves de los barrotes. Ademas, ciertas partes de la entrevista tratan de temas intimos y pensamos que, si una barrera artificial se interpusiera entre nosotras y el sujeto, eso comprometeria nuestros resultados.

Temoigne se encogio de hombros.

– Bueno, supongo que sabreis lo que haceis. -Se levanto-. Os acompanare al bloque de celdas.

Abandonaron el despacho y cruzaron un patio de tierra batida hacia una especie de bloque de hormigon de dos plantas. Un guardia abrio la puerta de hierro y les franqueo el paso. En el interior reinaba el mismo calor de horno que fuera.

– Robinson se encargara de vosotras a partir de ahora -dijo el alcaide-. Cualquier cosa que necesiteis, chicas, dadme un grito.

– Gracias, alcaide -dijo Jeannie-. Apreciamos tu colaboracion.

Robinson era un negro tranquilizadoramente alto, de unos treinta anos. Llevaba pistola en una funda abotonada y una porra de aspecto impresionante. Las introdujo en un locutorio de reducidas dimensiones, con una mesa y media docena de sillas amontonadas. Habia un cenicero encima de la mesa y un refrigerador de agua en un rincon. El suelo estaba embaldosado en plastico gris y las paredes pintadas de un color similar. No habia ventanas.

– Pinker estara aqui dentro de un minuto -dijo Robinson.

Ayudo a Jeannie y a Lisa a disponer la mesa y las sillas. Luego se sentaron.

Al cabo de un momento se abrio la puerta.

Вы читаете El tercer gemelo
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату