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Berrington Jones se reunio con Jim Proust y Preston Barck en el Monoculo, un restaurante proximo al edificio que albergaba los despachos del Senado, en Washington. Era un local donde solian almorzar personas relacionadas con el poder y que estaba lleno de gente que conocian: congresistas, asesores politicos, periodistas, ayudantes de confianza. Berrington habia llegado a la conclusion de que era una tonteria tratar de ser discreto. Todos eran bastante conocidos, en especial el senador Proust, con su calva y su enorme nariz. De haberse reunido en algun local mas o menos disimulado, no faltaria un reportero que los viese y se apresurara a publicar un comentario en plan chismoso preguntando por que celebraban conciliabulos secretos. Era mejor ir a un sitio en el que varias personas les reconociesen y dieran por supuesto que celebraban una reunion acerca de sus legitimos intereses mutuos.
El objetivo de Berrington consistia en mantener sobre los railes el trato con la Landsmann. Aquel negocio siempre habia sido una aventura arriesgada, y ahora Jeannie Ferrami la habia convertido en verdaderamente peligrosa. Pero la disyuntiva era renunciar a sus suenos. A su unica oportunidad de hacer dar media vuelta a Norteamerica y situarla de nuevo en el camino de la integridad racial. No suponia que fuera demasiado tarde, no del todo. La vision de unos Estados Unidos blancos, cumplidores de la ley, practicantes de la religion y orientados hacia la familia podia convertirse en realidad. Pero ellos se encontraban ya cerca de los sesenta anos de edad: si perdian aquella, no iban a tener otra oportunidad.
Jim Proust era el gran personaje, estentoreo y jactancioso; pero aunque a menudo hastiaba a Berrington, este sabia como buscarle las vueltas y convencerle. Preston, con sus modales suaves, era mucho mas amable, pero tambien obstinado.
Berrington les llevaba malas noticias, y las expuso en cuanto el camarero hubo tomado nota de lo que deseaban tomar. -Jeannie Ferrami ha ido hoy a Richmond, a ver a Dennis Pinker.
Jim fruncio el entrecejo.
– ?Por que infiernos no se lo impediste?
La voz de Proust era profunda y aspera, resultado de anos y anos de aullar ordenes.
Como siempre, la actitud dominante de Jim irrito a Berrington.
– ?Que se supone que tenia que hacer, atarla?
– Tu eres su jefe, ?no?
– Estamos en una universidad, Jim, no en el jodido ejercito.
– Bajemos el volumen, companeros -dijo Preston nerviosamente. Llevaba unas gafas de montura negra y delgada: las habia estado llevando de ese estilo desde I959, y Berrington no dejo de observar que ahora volvian a estar de moda-. Sabiamos que esto podia ocurrir en cualquier momento. Propongo que tomemos la iniciativa y lo confesemos todo inmediatamente.
– ?Confesar? -observo Jim, incredulo-. ?Acaso se supone que hemos hecho algo malo?
– Puede que la gente lo considere asi…
– Permiteme recordarte que cuando la CIA saco a relucir el informe que inicio todo esto, «Nuevos avances de la ciencia sovietica», el mismisimo presidente Nixon declaro que era la noticia mas alarmante llegada de Moscu desde que los sovieticos dividieron el atomo.
– Puede que el informe no dijese la verdad… -apunto Preston.
– Pero creimos que era veridico. Y lo que es mas importante, nuestro presidente lo dio por bueno. ?No os acordais del maldito miedo que nos entro entonces?
Desde luego, Berrington se acordaba. La CIA habia dicho que los sovieticos contaban con un programa de procreacion de seres humanos. Mediante el mismo planeaban crear cientificos perfectos, ajedrecistas perfectos, atletas perfectos… y soldados perfectos. Nixon ordeno a la Unidad de Investigacion Clinica del ejercito de Estados Unidos, como se denominaba entonces, que concibiera un programa paralelo y descubriese el modo de engendrar soldados norteamericanos perfectos. A Jim Proust se le encargo la tarea de llevarlo a la practica.
Recurrio de inmediato a Berrington en busca de ayuda. Unos cuantos anos antes, Berrington habia dejado estupefactos a todos, en especial a su esposa, Vivvie, al alistarse en el ejercito precisamente cuando el sentimiento antibelico hervia entre los hombres de su edad. Fue a trabajar a Fort Detrick, en Frederick (Maryland), donde emprendio una investigacion sobre el cansancio en los soldados. A principios de los setenta era la maxima autoridad mundial en caracteristicas hereditarias del personal castrense, tales como agresividad y resistencia fisica. Mientras tanto, Preston, que permanecio en Harvard, llevo a cabo una serie de avances en el terreno de la fertilizacion humana. Berrington le persuadio para que dejase la universidad y pasara a formar parte del gran experimento, junto con el y con Proust.
Habia sido el momento mas glorioso de Berrington.
– Tambien me acuerdo de lo emocionante que era -dijo-. Estabamos en la primera linea de la ciencia, situando a Estados Unidos en el buen camino, y nuestro presidente nos habia pedido que continuaramos trabajando.
Preston jugueteo con su ensalada.
– Los tiempos han cambiado. Ahora ya no constituye ninguna excusa decir: «Lo hice porque el presidente de Estados Unidos me pidio que lo hiciera». Hay hombres que fueron a la carcel por hacer lo que el presidente les encargo.
– ?Que tuvo aquello de malo? -pregunto Jim malhumoradamente-. Era secreto, si. Pero ?que hay que confesar, por el amor de Dios?
– Estabamos en la clandestinidad -especifico Preston.
Jim se sonrojo bajo su bronceado.
– Transferimos nuestro proyecto al sector privado.
Eso no dejaba de ser un sofisma, penso Berrington, aunque se abstuvo de crear polemica expresandolo en voz alta. Aquellos payasos del Comite para la Reeleccion del Presidente se dejaron atrapar dentro del hotel Watergate y todo Washington corrio asustado. Preston creo la Genetico como empresa particular limitada y Jim aporto suficientes contratos militares tipo «pan y mantequilla» para hacerla financieramente viable. Al cabo de una temporada, las clinicas de fertilidad se convirtieron en un negocio tan lucrativo que sus beneficios sufragaban los gastos del programa de investigacion sin necesidad de la ayuda del estamento militar. Berrington regreso al mundo academico y Jim paso del ejercito a la CIA y despues ingreso en el Senado.
– Yo no digo que estuviesemos equivocados… -dijo Preston-, aunque algunas de las cosas que hicimos eran contrarias a la ley. Berrington no deseaba que sus dos companeros adoptasen posiciones concentradas exclusivamente en aquel asunto. Intervino, manifestando en tono tranquilo: -Lo ironico es que se demostro que era imposible procrear ciudadanos perfectos. Todo el proyecto circulaba por una via erronea. La procreacion natural era demasiado inexacta. Pero fuimos lo bastante inteligentes como para ver las posibilidades de la ingenieria geneatico.
– En aquellas fechas nadie habia oido hablar siquiera de esas malditas palabras -rezongo Jim mientras cortaba un trozo de filete.
Berrington asintio.
– Jim tiene razon, Preston. Debemos estar orgullosos, no avergonzados, de lo que hicimos. Si piensas en ello, te das cuenta de que realizamos un milagro. Nos asignamos la tarea de averiguar si determinados rasgos, como inteligencia y agresividad, son geneticos; acto seguido, llevamos a cabo la identificacion de los genes responsables de esos rasgos; y, por ultimo, los convertimos en embriones en tubos de ensayo… ?y estuvimos a dos dedos del exito!
Preston se encogio de hombros.
– Toda la comunidad de la biologia humana ha estado trabajando con la misma agenda…
– No del todo. Nosotros teniamos nuestro punto de mira bien enfocado y colocabamos nuestras apuestas lo que se dice cuidadosamente.
– Eso es verdad.
Los dos amigos de Berrington, cada uno a su modo particular, se estaban desahogando. Eran muy previsibles, penso Berrington con afecto: quiza todos los viejos amigos siempre lo son. Jim habia vociferado y Preston habia
