mamparas, no se oian insultos o abusos verbales ni se reflejaban los vapuleos con que solia premiarse a quienes no se portaban como era debido.
Puede que aquel fuese su ultimo dia de carcel. De creer en Dios, habria rezado con todo su fervor para que asi fuera.
Se figuro que debian de ser las doce del mediodia cuando empezaron a sacar presos de las celdas.
A Steve le toco en la segunda remesa. Volvieron a esposar y a encadenar juntos a diez hombres. Luego subieron al juzgado.
La sala era como una capilla metodista. Las paredes estaban pintadas de verde hasta el nivel de la cintura; a partir de ahi, de color crema. En el suelo, una alfombra verde. Habia nueve filas de bancos de madera amarilla, bancos como los de una iglesia.
En el de la ultima fila estaban sentados los padres de Steve.
El sobresalto le dejo boquiabierto.
El padre llevaba su uniforme de coronel, con la gorra bajo el brazo. Permanecia con el busto erguido, recto como si estuviese de pie en posicion de firmes. Tenia los ojos del tipico color azul celta, pelo oscuro y la sombra de una barba cerrada sobre las mejillas recien rasuradas. Su rostro permanecia rigidamente inexpresivo, estrictamente contenida toda emocion. Sentada a su lado, la madre, menuda y regordeta, tenia la bonita y redonda cara hinchada a causa del llanto.
Steve deseo que se lo tragara la tierra. Para escapar de aquella situacion hubiera vuelto de buen grado a la celda con
Una funcionaria estaba sentada en la parte delantera del tribunal, de cara a los reclusos. Un celador masculino montaba guardia en la puerta. Solo habia otro funcionario presente, un negro de unos cuarenta anos, con gafas, chaqueta, corbata y pantalones azules. Pregunto su nombre a cada uno de los presos y fue comprobandolos con la lista que tenia en la mano.
Steve volvio la cabeza para mirar por encima del hombro. Todos los bancos destinados al publico estaban vacios, salvo el de sus padres. Agradecio el que su familia se preocupara lo suficiente como para hacer acto de presencia; ningun pariente de los demas presos lo hizo. Con todo, hubiese preferido pasar por aquella humillacion sin testigo alguno.
Su padre se puso en pie y se adelanto hacia el estrado. El hombre de los pantalones azules le hablo en tono oficial.
– ?Si, senor?
– Soy el padre de Steve Logan. Quisiera hablar con el. -Lo dijo con un tono de voz autoritario-. ?Puedo saber quien es usted?
– David Purdy, soy el encargado de la investigacion preliminar.
Steve comprendio que fue asi como sus padres se enteraron del asunto. Debia haberlo supuesto. La comisaria judicial le habia dicho que un investigador comprobaria sus datos personales. El modo mas sencillo de hacerlo consistia en ponerse en contacto con sus padres. Sintio una punzada de dolor al imaginarse aquella llamada telefonica.
?Que les habia dicho el investigador?: «Tengo que comprobar la direccion de Steve Logan, que se encuentra bajo arresto en Baltimore, acusado de violacion. ?Es usted su madre?».
El padre estrecho la mano del funcionario y le saludo:
– ?Como esta usted, senor Purdy?
Pero Steve sabia que su padre odiaba a aquel hombre.
– Adelante, puede usted hablar con su hijo, no hay inconveniente -concedio Purdy.
El padre asintio secamente. Paso por el banco situado a espaldas de los presos y se sento inmediatamente detras de Steve. Apoyo la mano en el hombro del muchacho y lo apreto suavemente. Los ojos de Steve se llenaron de lagrimas.
– Yo no lo hice, papa -dijo.
– Ya lo se, Steve -respondio su padre.
Su sencilla fe fue demasiado para Steve, que estallo en llanto. Una vez hubo empezado a llorar le resulto imposible dejarlo. El hambre y la falta de sueno le habian debilitado. Le agobiaba toda la tension y los sufrimientos de los dos ultimos dias y las lagrimas fluyeron libre y copiosamente. Continuo sollozando y secandose el rostro con las manos esposadas.
Al cabo de unos instantes, el padre dijo: -Hubieramos querido traer un abogado, pero no tuvimos tiempo…, solo el justo para venir aqui.
Steve inclino la cabeza. Solo con que pudiera dominarse, seria su propio abogado.
Entraron dos chicas, acompanadas de una celadora. No iban esposadas. Se sentaron y rompieron a reir como tontas. Aparentaban unos dieciocho anos.
– ?Como diablos sucedio todo esto? -pregunto a Steve su padre.
El intento de responder a la pregunta formulada ayudo a Steve a dejar de llorar.
– Debo parecerme al individuo que lo hizo -dijo. Se sorbio la nariz y trago saliva-. La victima me senalo en una rueda de reconocimiento. Y me encontraba por las cercanias cuando ocurrieron los hechos, eso ya se lo dije a la policia. La prueba de ADN demostrara mi inocencia, pero tarda tres dias. Confio en obtener la libertad bajo fianza hoy.
– Hay que decirle al juez que estamos aqui -expreso el padre-. Eso probablemente sea algo a tu favor.
Steve se sintio como un chiquillo al que consolaba su padre. Llevo a su mente el recuerdo del dia en que dispuso de su primera bicicleta. Debio de ser cuando cumplio los cinco anos. Era una bici de dos ruedas, que llevaba en la trasera otras dos mas pequenas, estabilizadoras, para evitar las caidas. La casa tenia un amplio jardin con una escalera de dos peldanos que llevaba al patio, situado a un nivel mas bajo. «Ve por el cesped y no te acerques a los escalones», le habia dicho papa; pero lo primero que hizo el pequeno Stevie fue precisamente tratar de bajar aquellos peldanos montado en la bicicleta. Fue a parar al suelo, lastimandose y estropeando la bici. Tuvo la plena certeza de que papa se enfadaria mucho con el por haber desobedecido una orden directa. Papa le levanto del suelo, le curo las heridas con cuidado y aunque Stevie esperaba un estallido de indignacion, este no se produjo. Papa nunca decia: «Ya te lo adverti». Sucediera lo que sucediese, los padres de Steve siempre estaban de su parte.
Entro el juez.
Era una atractiva mujer blanca, de unos cincuenta anos, menuda y pulcra. Vestia toga negra y llevaba una lata de Coca-Cola baja en calorias, que, al sentarse, deposito encima de la mesa.
Steve trato de leer en su expresion. ?Era una mujer cruel o benevola? ?Una senora de caracter afectuoso y mentalidad liberal, un alma de Dios, o una sargentona ordenancista que anhelaba en secreto enviarlos a todos a la silla electrica? Steve observo atentamente las azules pupilas de la juez, su nariz aguda, su cabellera morena veteada de hebras grises. ?Tenia esposo con la barriga propia del bebedor de cerveza, un hijo crecido del que preocuparse y unos nietos a los que adoraba y con los que solia jugar revolcandose con ellos encima de la alfombra? ?O vivia sola en un piso caro lleno de muebles modernos con agudas esquinas? Las clases de derecho que habia recibido le informaron de las razones teoricas existentes para conceder o denegar las peticiones de fianza, pero ahora le parecian poco menos que improcedentes. Lo unico que en realidad tenia importancia era si aquella mujer era bondadosa o no.
La juez recorrio con la vista la hilera de presos y saludo:
– Buenas tardes. Voy a examinar sus solicitudes de fianza.
Su voz era baja, pero clara, su diccion, precisa. A su alrededor, todo parecia exacto y ordenado…, salvo aquella lata de Coca-Cola, un toque humano que desperto las esperanzas de Steve.
– ?Han recibido todos ustedes sus respectivos pliegos de cargos?
Todos los tenian. La juez recito un escrito relativo a los derechos de los acusados y el modo de conseguir abogado.
Una vez concluido ese tramite, indico: -Cuando mencione su nombre, tengan la bondad de levantar la mano derecha… Ian Thompson.
Un preso levanto la mano. La juez leyo las acusaciones y las condenas que podian corresponderle. A Ian Thompson se le acusaba de haber desvalijado tres casas de un lujoso barrio de Roland Park. Era un joven hispano
