aquella manana con objeto de tratar el tema. Jeannie decidio en principio cancelar la reunion; tenia cosas mas importantes que hacer. Pero al ver la expresion ilusionada del rostro de la joven penso en lo trascendentales que resultaban esas reuniones cuando una era estudiante, por lo que se obligo a sonreir a la chica.
– Lamento haberte hecho esperar -dijo-. Pongamos manos a la obra inmediatamente.
Por suerte, habia leido la propuesta meticulosamente y tenia tomadas unas notas. Annette tenia la intencion de rastrear los datos existentes sobre gemelos, con vistas a descubrir correlaciones en las zonas de los puntos de vista politicos y las actitudes morales. Se trataba de una idea interesante y el plan de Annette era cientificamente solido. Jeannie sugirio algunas mejoras de menor cuantia y dio el visto bueno para que la muchacha tirara adelante.
Cuando Annette se marchaba, Ted Ransome asomo la cabeza por el hueco de la puerta.
– Tienes cara de estar a punto de cortarle los cataplines a alguien -comento.
– A ti no -sonrio Jeannie-. Entra y toma una taza de cafe.
Handsome Ransome (Ransome el Hermoso) era su favorito entre los varones del departamento. Profesor adjunto que estudiaba la psicologia de la percepcion, estaba felizmente casado y tenia dos hijos pequenos. Jeannie sabia que la encontraba atractiva, pero Ransome nunca se le insinuo. Entre ellos se producia una agradable vibracion sexual que en ningun momento amenazo con convertirse en problema.
Jeannie acciono el interruptor de la cafetera situada junto al escritorio y le conto el asunto planteado por el New York Times y Maurice Obell.
– Pero queda en el aire la gran cuestion -concluyo-. ?Quien le fue con el cuento al Times?
– Tiene que haber sido Sophie -apunto Ransome.
Sophie Chapple era la unica otra mujer del departamento de psicologia de la facultad. Aunque se acercaba a la cincuentena y era profesora titular, consideraba a Jeannie una especie de rival y desde el principio del semestre no dejo de manifestar su envidia ni de quejarse de todo lo relacionado con Jeannie, desde sus minifaldas hasta la forma en que aparcaba el coche.
– ?Seria capaz de una faena asi? -pregunto Jeannie.
– Y sin dudarlo.
– Supongo que tienes razon. -A Jeannie no cesaba de maravillarle la mezquindad de los cientificos de primera fila. En cierta ocasion habia visto a un admirado matematico propinar un punetazo al fisico mas brillante de Estados Unidos por colarse en la cola de la cafeteria-. Tal vez se lo pregunte.
Ransome enarco las cejas.
– Te mentira.
– Pero su culpabilidad puede delatarla.
– Habra bronca.
– Ya hay bronca.
Sono el telefono. Jeannie descolgo e hizo una sena a Ted, indicandole que sirviera el cafe.
– Hola.
– Aqui, Naomi Freelander.
Jeannie vacilo.
– No se si me apetece hablar con usted
– Tengo entendido que ha dejado de utilizar bases de datos medicos en su proyecto de busqueda.
– No es asi.
– ?Que significa eso de que no es asi?
– Significa que no lo he dejado. Su llamada telefonica provoco cierto debate, pero no se ha adoptado ninguna decision.
– Tengo aqui un fax de la oficina del presidente de la universidad. En el, la universidad pide disculpas a las personas cuya intimidad haya sido violada y les asegura que el programa se ha interrumpido.
Jeannie se quedo de piedra.
– ?Enviaron ese comunicado?
– ?No lo sabia usted?
– Vi un borrador y manifeste mi desacuerdo.
– Parece que han cancelado su programa sin decirselo.
– No pueden hacerlo.
– ?Que quiere decir?
– Tengo un contrato con esta universidad. No pueden hacer lo que les salga de sus malditas narices.
– ?Me esta diciendo que va a continuar usted con el proyecto, en franco desafio a las autoridades universitarias?
– Aqui no entra el desafio. No tienen potestad para darme ordenes. -Se percato de que Ted la estaba mirando. El hombre alzo una mano y la movio de derecha a izquierda en gesto negativo. Jeannie comprendio que Ted tenia razon; aquel no era modo de hablar a la prensa. Cambio de tactica. En tono mas moderado, dijo-: Usted misma dijo que la violacion de intimidad, en este caso, es potencial.
– Si.
– Y ha fracasado rotundamente en su intento de encontrar una sola persona dispuesta a quejarse de mi programa. Pese a todo, no tiene escrupulos en seguir intentando que se cancele mi proyecto.
– Yo no juzgo, informo.
– ?Sabe de que va mi investigacion? Intento descubrir que es lo que convierte a la gente en criminales. Soy la primera persona que ha creado un metodo realmente prometedor para estudiar este problema. Si las cosas salen como espero, mi descubrimiento podria hacer de nuestro pais un lugar mucho mejor para que crezcan en el sus nietos.
– No tengo nietos.
– ?Esa es su excusa?
– No necesito excusas…
– Tal vez no, pero ?no obraria usted mucho mejor procurando descubrir un caso de violacion de intimidad que realmente preocupase a alguien? ?No seria ese, incluso, un reportaje mucho mejor para su periodico?
– Sere yo quien juzgue eso.
Jeannie suspiro. Se habia esforzado al maximo. Rechino los dientes y procuro poner fin a la conversacion con un toque amistoso.
– En fin, le deseo suerte.
– Agradezco su colaboracion, doctora Ferrami.
– Adios. -Jeannie colgo y dijo-: ?zorra!
Ted le tendio una taza de cafe.
– Deduzco que han anunciado la cancelacion de tu programa.
– No lo entiendo. Berrington me dijo que hablariamos acerca de lo que ibamos a hacer.
Ted bajo la voz:
– No conoces a Berry tan bien como yo. Creeme, es una serpiente. Yo no lo perderia de vista.
– Tal vez fue un error -dijo Jeannie, deseosa de agarrarse a un clavo ardiendo-. Quiza la secretaria del doctor Obell envio el comunicado por equivocacion.
– Es posible -concedio Ted-. Pero yo apuesto mi dinero sobre la teoria de la serpiente.
– ?Crees que deberia llamar al Times y decir que la persona que contesto en mi telefono era un impostor?
Ted se echo a reir.
– Lo que creo es que deberias presentarte en el despacho de Berry y preguntarle si tenia intencion de enviar el comunicado antes de hablar contigo.
– Buena idea.
Jeannie se bebio el cafe y se levanto.
Ted fue hacia la puerta.
– Buena suerte. Estoy contigo.
– Gracias.
Jeannie penso en darle un beso en la mejilla, pero decidio no hacerlo. Se alejo pasillo adelante y subio el tramo de escaleras que conducia al despacho de Berrington. La puerta estaba cerrada con llave. Continuo su
