rustica titulado A Thousand Acres. Ningun secreto hasta entonces.

En la pantalla aparecio el menu de Jeannie. Berrington cogio el raton e hizo clic sobre la Agenda. Las citas eran previsibles: clases y conferencias, horas de laboratorio, partidos de tenis, salidas para ir de copas o al cine. Tenia previsto ir el sabado al Parque Oriole, de Camden Yards, para presenciar el partido de beisbol; Ted Ransome y su esposa la habian invitado a un desayuno almuerzo el domingo a media manana; el lunes debia pasar la revision del coche. Berrington no encontro ninguna referencia que dijese: «Explorar los archivos medicos de la Acme Insurance». Su lista personal de «varios» era igualmente vulgarisima: «Comprar vitaminas, llamar a Ghita, regalo de cumpleanos de Lisa, repasar el modem».

Salio del diario y empezo a mirar los archivos. Habia ingentes cantidades de estadisticas y hojas de calculo. Los archivos del procesador de textos eran mas reducidos; algo de correspondencia, esbozos de cuestionarios, el borrador de un articulo. Recurrio a la utilidad de «Buscar palabra» para revisar todos los directorios de WP en busca del termino «base de datos». Salio varias veces en el articulo, asi como en las copias archivadas de tres cartas expedidas, pero ninguna de las referencias le informo del lugar donde Jeannie tenia intencion de utilizar su programa de localizacion de sujetos.

– Vamos -dijo en voz alta-, tiene que haber algo, por el amor de Dios.

Jeannie contaba con un archivador, pero no contenia gran cosa; la doctora solo llevaba alli unas semanas: Al cabo de un ano o dos, el archivador estaria lleno de impresos rellenos, de datos de investigacion psicologica. Ahora solo habia en un archivo unas pocas cartas, algunos memorandums en otro y fotocopias de articulos en un tercero.

En un armario encontro, boca abajo, una foto enmarcada de la propia Jeannie con un hombre alto y barbudo, ambos montados en bicicleta, junto a un lago. Berrington dedujo que se trataria de una aventura amorosa que habia concluido.

Se sentia ahora aun mas preocupado. Aquel era el despacho de una persona organizada, del tipo que lo planeaba todo por anticipado. Archivaba las cartas que recibia y copias de todas las que enviaba. Por fuerza debia haber alli algun indicio de lo que pensaba hacer en el futuro inmediato. No tenia motivo alguno para llevarlo en secreto; hasta aquel mismo dia no surgio la menor sugerencia de que hubiese algo de lo que avergonzarse. Sin duda debia estar proyectando otro barrido de alguna base de datos. La unica explicacion posible para la ausencia de pistas consistia en suponer que efectuo los convenios por telefono o personalmente, acaso con alguna amistad intima. Y si tal era el caso, dificilmente iba el a encontrar algo escudrinando el despacho de Jeannie.

Oyo pasos en el corredor y se puso tenso. Se produjo el chasquido de una tarjeta al introducirse en el lector. La mirada impotente de Berrington fue a clavarse en la puerta. Nada podia hacer: le habian cogido con las manos en la masa, sentado ante el escritorio de la doctora Ferrami, con el ordenador encendido. No podia alegar que habia entrado alli accidentalmente. Se abrio la puerta. Esperaba ver a Jeannie, pero el que aparecio en la entrada fue un guardia de seguridad.

El hombre le conocia.

– Ah, hola, profesor -dijo-. Vi la luz encendida y pense que debia echar un vistazo. La doctora Ferrami acostumbra a tener la puerta abierta cuando esta aqui.

A Berrington le costo un esfuerzo improbo no sonrojarse.

– Todo va bien -tranquilizo. «Nada de disculpas, nada de justificaciones»-. Me asegurare de que dejo bien cerrada la puerta cuando haya terminado.

– Estupendo.

El guardia se quedo en silencio, a la espera de una explicacion.

Berrington apreto las mandibulas. Transcurridos unos segundos, el hombre dijo:

– Bien, buenas noches, profesor.

– Buenas noches.

El guardia se marcho.

Berrington se relajo. «Ningun problema.»

Se cercioro de que el modem estaba conectado, pulso el raton sobre America Online y accedio al buzon de Jeannie. La terminal estaba programada para facilitarle automaticamente la contrasena. Jeannie tenia alli tres objetos postales. Los transfirio a la pantalla. El primero era una nota acerca del aumento de tarifas para la utilizacion de Internet. El segundo procedia de la Universidad de Minnesota y decia:

Estare el viernes en Baltimore y me gustaria tomar una copa contigo en honor de los viejos tiempos. Un beso, Will.

Berrington se pregunto si Will seria el muchacho de la barba que aparecia en la foto de la bicicleta. Paso a la tercera carta.

Le electrizo.

Te tranquilizara saber que esta noche voy a explorar nuestro archivo de huellas digitales. Llamame. Ghita.

Era del FBI.

– Hija de puta -murmuro Berrington-. Nos vas a matar.

26

Berrington no se atrevio a contar por telefono el asunto de Jeannie y el archivo de huellas dactilares del FBI. Los servicios de inteligencia controlaban infinidad de llamadas telefonicas. La vigilancia se hacia actualmente mediante ordenadores programados para proceder a la toma inmediata de la conversacion en cuanto sonasen determinadas palabras y frases clave. Si alguien decia «plutonio», «heroina» o «matar al presidente», la computadora grabaria el dialogo y alertaria al oyente humano. Lo que menos necesitaba Berrington era que un escucha de la CIA empezara a preguntarse por que el senador Proust se sentia tan interesado por los archivos de huellas dactilares del FBI.

De modo que subio a su plateado Lincoln Town Car y se lanzo por la carretera Baltimore -Washington a ciento cuarenta y cinco kilometros por hora. Rebasaba con frecuencia el limite de velocidad. Lo cierto era que a Berrington le sacaban de sus casillas toda clase de reglas. Era una contradiccion en su persona, lo reconocia. Odiaba a los participantes en las marchas por la paz y a los drogadictos, a los homosexuales y a las feministas, a los musicos de rock y a todos los inconformistas que se burlaban de las tradiciones estadounidenses. Sin embargo, al mismo tiempo, le ofendia toda persona que tratara de decirle donde debia aparcar su coche, cuanto tenia que pagar a sus empleados o el numero de extintores que estaba obligado a poner en su laboratorio.

Al volante de su automovil, se pregunto que tal serian los contactos de Jim Proust en los servicios de inteligencia. ?Se trataba simplemente de un punado de viejos soldados sentados en corro y dedicados a contar batallitas acerca de sus hazanas extorsionando a manifestantes antibelicos y asesinando a presidentes sudamericanos? ?O estaban todavia en primera linea de fuego? ?Continuaban ayudando a otros, como la Mafia, y consideraban la devolucion de un favor como un deber poco menos que religioso? ?O, ya se habian acabado aquellos tiempos? Habia transcurrido una eternidad desde que Jim dejo la CIA; incluso era posible que estuviese ya completamente desconectado.

Era tarde, pero Jim se encontraba en su despacho del edificio del Capitolio, esperando a Berrington.

– ?Que diablos ha pasado que no podias decirme por telefono? -le pregunto.

– Esa chica esta a punto de meter su programa informatico en el archivo de huellas dactilares del FBI.

Jim se puso palido.

– ?Le resultara?

– Le resulto con los historiales odontologicos, ?por que no va a funcionarle con las huellas dactilares?

– ?Santo Dios! -exclamo Jim, consternado.

– ?Cuantas huellas tienen en archivo?

– Mas de veinte millones de juegos, me parece recordar. No es posible que todos sean criminales. ?Cuantos

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