Steve le conto la historia de su pelea con Tip Hendricks.

– Por eso me preocupaba tanto todo ese asunto acerca de mis origenes -dijo-. No puedes imaginar lo inquietante que resulta que le digan a uno que es posible que papa y mama no sean sus padres. ?Y si resulta que mi verdadero padre es un asesino?

Jeannie denego con la cabeza.

– Entablaste una pelea escolar que se te fue de las manos. Eso no te convierte en un psicopata. ?Y que me dices del otro chico? Ese tal Tip.

– Alguien lo mato cosa de un par de anos despues. Por entonces se dedicaba al trafico de drogas. Tuvo una discusion con su proveedor y el individuo le descerrajo un tiro en la cabeza y lo dejo seco.

– El psicopata era el, supongo -dijo Jeannie-. Eso es lo que les suele ocurrir. Les es imposible evitar los jaleos. Un chicarron fuertote como tu puede tener un encontronazo con la ley, pero sobrevive al incidente y sigue adelante, llevando una vida normal. En cambio Dennis estara entrando y saliendo de la carcel hasta que alguien lo mate.

– ?Cuantos anos tienes, Jeannie?

– No te ha gustado que te llame chicarron fuertote.

– Tengo veintidos anos.

– Yo veintinueve. Una gran diferencia de edad.

– ?Te parezco un crio?

– Veras, no lo se, un hombre de treinta anos probablemente no se habria pegado la paliza de venir desde Washington solo para traerme una pizza. Eso es algo impulsivo.

– ?Lamentas que lo haya hecho?

– No. -Le toco la mano-. Me alegra de verdad.

Steve ignoraba hasta donde iba a llegar con ella. Pero Jeannie habia llorado sobre su hombro. Penso que una mujer no utiliza a un chico para eso.

– ?Cuando sabras algo seguro sobre mis genes? -pregunto.

Jeannie consulto su reloj.

– Es probable que el borrador ya este terminado. Lisa hara la pelicula por la manana.

– ?Quieres decir que la prueba esta concluida ya?

– Mas o menos.

– ?No podemos echar un vistazo al resultado ahora? Se me hace muy duro esperar a ver si tengo o no el mismo ADN que Dennis Pinker.

– Supongo que si que podemos -dijo Jeannie-. Tambien a mi me corroe la curiosidad.

– ?A que esperamos, pues?

25

Berrington Jones disponia de una tarjeta de plastico que le facultaba para abrir cualquier puerta de la Loqueria.

Nadie mas estaba enterado de ello. Con toda su inocencia los profesores numerarios imaginaban que sus cuartos eran privados. Sabian que los integrantes del personal de limpieza tenian llaves maestras. Lo mismo que los guardias de seguridad. Pero al profesorado nunca se le ocurrio que pudiera no ser muy dificil echar mano a una llave que se les proporcionaba incluso a los encargados de limpiar las instalaciones.

Con todo, Berrington no habia utilizado nunca su llave maestra. Husmear era indigno: algo ajeno a su estilo. Pete Watlingson seguramente tendria fotos de chicos desnudos en el cajon de su escritorio; Ted Ransome indudablemente guardaria un poco de marihuana en alguna parte; era harto posible que Sophie Chapple tuviera un vibrador para consolarse durante las largas tardes solitarias, pero Berrington no queria saber nada de todo aquello. La llave maestra era solo para las emergencias.

Aquella era una emergencia.

La universidad habia ordenado a Jeannie que dejase de utilizar su programa informatico de busqueda y habian anunciado al mundo que se habia suspendido el empleo de dicho programa, pero ?como podia el tener la seguridad de que era asi? No estaba en situacion de ver los mensajes electronicos que volaban por las lineas telefonicas de una terminal a otra. Durante toda la jornada no ceso de atormentarle la idea de que Jeannie pudiese estar examinando otra base de datos. Y a saber lo que podia encontrar.

De modo que Berrington habia vuelto a su despacho y ahora estaba sentado ante su mesa, mientras el calido crepusculo se condensaba sobre los edificios de ladrillo rojo del campus. Golpeteaba con la tarjeta de plastico el raton del ordenador, dispuesto a hacer algo que iba contra su instinto y contra todos sus principios. Su dignidad era algo precioso. La habia ido alimentando desde edad muy temprana. Ya de nino, en el colegio, sin un padre que le aleccionara acerca del modo de hacer frente a las rinas infantiles y con una madre excesivamente preocupada por la felicidad del chico, Berrington habia ido creandose poco a poco un aire de superioridad, un aislamiento que le protegia. En Harvard habia observado furtivamente a un companero de clase perteneciente a una familia adinerada desde varias generaciones atras. Tomo buena nota de los detalles de sus cinturones de cuero y panuelos de hilo, de sus trajes de tweed y sus fulares de cachemira: aprendio la forma elegante de desdoblar la servilleta y manejar la silla ofreciendo asiento a una dama; se maravillo de la mezcla de naturalidad y deferencia con la que el muchacho trataba a los profesores, del encanto superficial y la frialdad subyacente en sus relaciones con los socialmente inferiores. Cuando Berrington inicio su master ya estaba ampliamente preparado para convertirse en un brahman.

Y era dificil desembarazarse de la capa de dignidad. Algunos profesores podian quitarse la chaqueta y saltar al campo para jugar un partido informal de futbol americano, mezclandose con los estudiantes, pero Berrington era incapaz de ello. Los alumnos nunca le contaban chistes ni le invitaban a sus fiestas, pero tampoco se insolentaban con el, hablaban en clase o cuestionaban sus lecciones.

En cierto sentido, toda su vida, desde la fundacion de la Genetico, habia sido un engano, pero el la llevaba con audacia y airosa arrogancia. Sin embargo, no era propio de el introducirse subrepticiamente en la habitacion de otra persona y dedicarse a registrarla.

Consulto su reloj. El laboratorio ya estaria cerrado. La mayor parte de sus colegas se habrian ido ya, hacia sus casas o hacia el bar del Club de la Facultad. Era un momento tan bueno como cualquier otro. No existia hora alguna que garantizase que el edificio se encontrase totalmente vacio; los cientificos trabajaban segun su talante y a cualquier hora. De sorprenderle alguien, Berrington tendria que aguantar el tipo y echarle descaro.

Abandono su despacho, bajo por la escalera y anduvo pasillo adelante hasta la puerta de Jeannie. No se veia a nadie. Introdujo la tarjeta en la ranura del lector y se abrio la puerta. Entro, encendio la luz y cerro tras de si.

Era el despacho mas pequeno del edificio. En realidad, se trataba de un pequeno almacen, pero Sophie Chapple insistio perfidamente en asignarselo a Jeannie como despacho, sobre la base falaz de que para guardar las cajas de cuestionarios impresos que usaba el departamento se necesitaba una habitacion mas espaciosa. Era una estancia estrecha con una ventana insignificante. Sin embargo, Jeannie la habia animado extraordinariamente con solo dotarla de un par de sillas de madera pintadas de rojo brillante, una maceta con una palma larguirucha y la reproduccion de un grabado de Picasso: una escena taurina con vividos toques de amarillo y naranja.

Berrington cogio el retrato enmarcado de encima del escritorio. Era la fotografia en blanco y negro de un hombre bien parecido, con patillas y corbata ancha, junto a una joven de expresion decidida; los padres de Jeannie, alla por los setenta, supuso. Aparte la foto, el escritorio estaba completamente limpio de objetos. Chica ordenada.

Berrington se sento y encendio el ordenador. Mientras el aparato cargaba, el hombre procedio a registrar los cajones. El de arriba contenia boligrafos y cuadernos de notas. En otro encontro una caja de compresas y un par de pantis dentro de un paquete por abrir. Berrington odiaba los pantis. Le encantaba acariciar recuerdos adolescentes de ligueros y medias con costura. Ademas, los pantis eran malsanos, como los calzoncillos de nailon. Si el presidente Proust le nombrara jefe de sanidad, ordenaria incluir en los envoltorios de pantis una advertencia indicando que eran peligrosos para la salud. En el cajon siguiente habia un espejo de mano y un cepillo con unos cuantos cabellos oscuros de Jeannie entre sus cerdas; en el ultimo cajon, un diccionario de bolsillo y un libro en

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