– Clinica de fertilidad -silabeo Steve meditativamente-. ?No lei en ese articulo del
Jeannie se le quedo mirando boquiabierta.
– ?Oh, Dios mio! -exclamo en voz baja-. Claro que las tiene.
– Me pregunto si no existira alguna relacion.
– Me juego algo a que la hay -dijo Jeannie.
– Si la hay, entonces…
– Entonces es muy posible que Berrington Jones sepa mucho mas acerca de ti y de Dennis de lo que esta dando a entender.
28
Habia sido un dia infame, pero al final habia acabado bien, penso Berrington al salir de la ducha.
Se contemplo en el espejo. Estaba en una forma magnifica para sus cincuenta y nueve anos; enjuto, derecho como una vela, con la piel ligeramente atezada y el estomago casi completamente liso. Tenia el vello pubico oscuro, pero ello era debido a que se lo tenia para evitar el embarazoso tono gris impuesto por los anos. Para Berrington resultaba muy importante estar en condiciones de desnudarse delante de una mujer sin tener que apagar la luz.
Inicio la jornada convencido de que le habia puesto el pie en el cuello a Jeannie Ferrami, pero la muchacha demostro ser mas dura de lo que el esperaba. No volvere a subestimarla, se dijo.
Por el camino de vuelta de Washington se habia dejado caer por casa de Preston Barck para informarle de los ultimos acontecimientos. Como siempre, Preston se mostro mas preocupado y pesimista de lo que la situacion requeria. El talante de Preston afecto a Berrington hasta tal punto que regreso a su domicilio envuelto en negros nubarrones. Pero cuando entro en la casa el telefono estaba sonando y Jim, expresandose en una clave improvisada, le confirmo que David Creane cortaria en seco la colaboracion que el FBI pudiera prestar a Jeannie. Habia prometido efectuar aquella misma noche las llamadas telefonicas precisas.
Berrington se seco con una toalla y se puso un pijama azul de algodon y un albornoz de rayas azules y blancas. Marianne, el ama de llaves, tenia la noche libre, pero en el frigorifico habia una cazuela: pollo a la provenzal, de acuerdo con la nota que la mujer dejara escrita con su meticulosa e infantil caligrafia. Puso el recipiente en el horno y se sirvio un vasito de whisky Springbank. En el momento en que tomaba el primer sorbo, sono de nuevo el telefono.
Era su ex esposa, Vivvie.
– El
Berrington se la imagino: una rubia esbelta, de sesenta anos, sentada en la terraza de su casa de California, admirando la puesta del sol que se ocultaba bajo el horizonte del Oceano Pacifico.
– Supongo que quieres volver conmigo.
– Se me ocurrio, Berry. Lo pense muy seriamente durante lo menos diez segundos. Despues me di cuenta de que ciento ochenta millones de dolares no eran suficientes.
El comentario provoco la risa de Berrington.
– De verdad, Berry. Me alegro por ti.
El sabia que era sincera. Vivvie poseia ahora una esplendida fortuna propia. Al dejarle se dedico a los negocios inmobiliarios en Santa Barbara y le fue de maravilla.
– Gracias.
– ?Que vas a hacer con el dinero? ?Dejarselo al chico?
El hijo de ambos estudiaba con vistas a obtener el titulo de contable colegiado.
– No le hara falta, ganara una fortuna ejerciendo la profesion de tenedor de libros. Puede que le ceda un poco a Jim Proust. Va a presentarse candidato a la presidencia.
– ?Que conseguiras a cambio? ?Quieres ser embajador de Estados Unidos en Paris?
– No, pero consideraria el cargo de jefe de la sanidad militar.
– ?Eh, Berry, vas en serio! Pero supongo que no deberias hablar demasiado por telefono.
– Cierto.
– Tengo que dejarte, mi noviete acaba de llamar al timbre. Hasta pronto, Moctezuma.
Era una vieja broma familiar.
Berrington le respondio:
– Hasta dentro de un plis plas, carrasclas.
Colgo el telefono.
Le parecio un si es no es deprimente que Vivvie saliera de noche con alguien -no tenia idea de quien pudiera ser- mientras el se quedaba sentadito en casa a solas con un whisky. Aparte la que le produjo la muerte de su padre, la mayor tristeza que Berrington experimento en su vida fue la que le causo el que Vivvie le dejara. No le reprochaba el que le abandonase; el le fue meticulosamente infiel. Pero la queria, y aun la echaba de menos, trece anos despues del divorcio. El hecho de que la culpa fuera exclusivamente de el aumentaba su tristeza. Bromear con Vivvie por telefono le recordo cuanto se divertian juntos en los buenos tiempos.
Encendio el televisor y, mientras se calentaba la cena, se entretuvo viendo Prime Time Live. La fragancia de las hierbas que Marianne empleaba en sus guisos saturaba la estancia. Era una cocinera magnifica. Acaso porque la Martinica era posesion francesa.
Cuando retiraba del horno la cazuela, volvio a sonar el telefono. En esa ocasion era Preston Barck. Parecia agitado.
– Acabo de hablar con Dick Minsky, de Filadelfia -anuncio-. Jeannie Ferrami ha concertado una cita para manana en la Clinica Aventina.
Berrington se dejo caer pesadamente en la silla.
– ?Dios mio! -exclamo-. ?Como diablos ha llegado a dar con la clinica?
– No lo se. Dick no estaba alli, la llamada la tomo el jefe del servicio nocturno. Pero, al parecer, Jeannie Ferrami dijo que algunos de los sujetos de su estudio recibieron tratamiento alli anos atras y que deseaba examinar sus historiales medicos. Remitio por fax las autorizaciones y dijo que se presentaria en la clinica a las dos de la tarde. A Dios gracias, Dick telefoneo casualmente para otro asunto y el jefe del servicio de noche se lo comento.
Dick Minsky habia sido uno de los primeros empleados que contrato la Genetico, alla por los anos setenta. Empezo encargandose de la seccion de correos; ahora era director general de las clinicas. Nunca fue miembro del circulo interior -solo Jim, Preston y Berrington pudieron pertenecer a ese club-, pero conocia los secretos mejor guardados de la empresa. La discrecion era algo innato en el.
– ?Que le dijiste a Dick que hiciera?
– Que cancelara la cita, naturalmente. Y que, si de todas formas la doctora apareciese, que se la quitase de encima sin mas. Que le dijera que no podia ver los archivos.
Berrington sacudio la cabeza.
– No es suficiente.
– ?Por que?
Berrington suspiro. Preston podia alcanzar el vacio absoluto en cuanto a imaginacion.
– Bueno, si yo fuera Jeannie Ferrami, llamaria a la Landsmann, pediria que se pusiera al telefono la secretaria de Michael Madigan y le aconsejaria que examinara los archivos de la Clinica Aventina, de los ultimos veintitres anos, antes de cerrar el trato conducente a la toma de posesion. Eso induciria a Madigan a hacer preguntas, ?no te parece?
– Bien, ?que propones? -pregunto Preston, picajoso.
– Creo que vamos a tener que desembarazarnos de todas las tarjetas de registro, desde los setenta.
Hubo unos instantes de silencio.
– Berry, esos archivos son unicos. Cientificamente, su valor es incalculable.
– ?Crees que no lo se? -replico Berrington, abrupto.
– Tiene que haber otro medio.
