– ?Quieres ducharte?

– Desde luego. -Entro en el dormitorio-. Lastima no haberme traido una camisa limpia.

– Yo no tengo camisas de hombre… Un momento, claro que si.

Se acordo de la abotonada blanca Ralph Lauren que le prestaron a Lisa a raiz del incendio. Pertenecia a alguien del departamento de Matematicas. Jeannie la habia enviado a la lavanderia y ahora estaba en el armario, envuelta en celofan. Se la paso a Steve.

– Es de mi talla, diecisiete treinta y seis -dijo Steve-. Perfecto.

– No me preguntes de donde ha salido, es una larga historia -comento Jeannie-. Creo que tambien debo de tener por aqui una corbata. -Abrio un cajon y saco la corbata de seda azul con pintas que a veces se ponia con una blusa blanca, con el fin de dar a su aspecto un discolo toque masculino-. Aqui esta.

– Gracias.

Steve paso al diminuto cuarto de bano.

Jeannie experimento un ramalazo de desencanto. Habia esperado con cierta ilusion verle quitarse la camisa. Hombres, penso; los enclencuchos se quedan en pelotas sin que se lo insinuen siquiera; los tios cachas son timidos como monjas.

– ?Me prestas la maquinilla de afeitar? -voceo Steve.

– Claro, como si estuvieras en tu casa.

«Comunicado interior: Dale al sexo con este mozo antes de que se pase y se convierta en un hermano para ti.»

Busco su mejor traje chaqueta, el negro, para ponerselo aquella manana, y se acordo entonces de que el dia anterior lo habia tirado a la basura. «Maldita estupida», murmuro para si. Probablemente podria recuperarlo sin problemas, pero estaria arrugado y manchado. Tenia una estilizada chaqueta azul electrico; se la pondria con una camiseta blanca, de manga corta, y unos pantalones negros. Era un conjunto algo mas llamativo de la cuenta, pero serviria.

Se sento frente al espejo y procedio a maquillarse. Steve salio del cuarto de bano, completa y elegantemente convencional con la camisa y la corbata.

– En el congelador hay bollos de canela -indico Jeannie-. Si tienes hambre, puedes descongelarlos en el microondas.

– Fantastico -acogio Steve-. ?Tu, quieres algo?

– Estoy demasiado tensa para comer. Aunque no le haria ascos a otra taza de cafe.

Steve le llevo el cafe cuando Jeannie terminaba de maquillarse.

Ella se lo bebio rapidamente y se vistio. Cuando entro en la sala de estar, el estaba sentado ante el mostrador de la cocina.

– ?Encontraste los bollos?

– Faltaria mas.

– ?Que ha sido de ellos?

– Dijiste que no tenias hambre, asi que me los comi todos.

– ?Los cuatro?

– Ejem… La verdad es que habia dos paquetes.

– ?Te has zampado ocho bollos de canela?

Parecio sentirse de pronto un tanto incomodo.

– Estaba hambriento.

Jeannie se echo a reir.

– Vamos.

Cuando se disponia a marchar, Steve la cogio de un brazo.

– Un momento.

– ?Que?

– Jeannie, es bonito ser amigos y a mi me encanta de veras andar por ahi contigo, ya sabes, pero tienes que comprender que no es eso todo lo que quiero.

– Ya lo se.

– Me estoy enamorando de ti.

Ella le miro a los ojos. El chico era sincero.

– Tambien yo me siento cada vez mas ligada a ti -dijo, un tanto a la ligera.

– Quiero hacer el amor contigo, y lo deseo tanto que me duele.

Podria estar escuchando esto todo el santo dia, penso Jeannie.

– Oye -dijo-, si follas como devoras, soy tuya.

Steve puso cara larga y Jeannie se dio cuenta de que habia dicho una inconveniencia.

– Lo siento -se excuso-. No pretendia hacer un chiste.

Steve se encogio de hombros a guisa de «no importa».

Ella le cogio la mano.

– Escucha, lo primero que vamos a hacer es salvarme a mi. Luego te salvaremos a ti. Y despues nos divertiremos un poco.

Steve le apreto la mano.

– De acuerdo.

Salieron.

– Vayamos juntos en mi coche -propuso Jeannie-. Despues te traere aqui y coges el tuyo.

Subieron al Mercedes. Empezo a sonar la radio cuando Jeannie puso el motor en marcha. Al integrarse en el transito de la calle 41, Jeannie oyo al locutor citar el nombre de Genetico y subio el volumen.

– Se espera que el senador Jim Proust, antiguo director de la CIA, confirme hoy que aspira a que le nombren candidato republicano para las elecciones presidenciales que se celebraran el ano proximo. Su campana promete: un diez por ciento del impuesto de utilidades sufragado por la abolicion de la asistencia social. La financiacion de su campana no representara ningun problema, aseguran los comentaristas, ya que cuenta con obtener sesenta millones de dolares procedentes de la ya acordada operacion de venta de su compania de investigacion clinica, la Genetico… Deportes, los Philadelphia Rams…

Jeannie apago la radio.

– ?Que opinas de eso?

Steve sacudio la cabeza con desaliento.

– Las apuestas no cesan de subir -comento-. Si descubrimos el pastel de la verdadera historia de la Genetico y la operacion de compraventa se va al traste, Jim Proust no podra costearse la campana presidencial. Y Proust es un mal bicho de cuidado: antiguo espia, ex agente de la CIA, opuesto al control de armas, antiesto, antiaquello, antitodo. Te has plantado en el camino de unas gentes peligrosas, Jeannie.

Ella rechino los dientes.

– Lo cual hace que aun valga mas la pena luchar contra ellas. Me eduque gracias a la asistencia social, Steve. Si Proust llega a presidente, las muchachas como yo siempre seran peluqueras.

39

Habia una pequena manifestacion frente al Hillside Hall, el edificio que albergaba las oficinas administrativas de la Universidad Jones Falls. Treinta o cuarenta estudiantes, femeninos en su mayoria, se agrupaban delante de la escalinata. Era una protesta pacifica y disciplinada. Al acercarse, Steve leyo una pancarta:

?READMISION A FERRAMI YA!

Parecia un buen presagio.

– Han venido a apoyarte -le dijo a Jeannie.

Jeannie se aproximo un poco mas y la satisfaccion puso en su rostro unas pinceladas de rubor.

– Pues si. Dios mio, alguien me aprecia, despues de todo.

Otro cartel rezaba:

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