LA U
NO PUEDE HACER
ESTO A
JF
Se elevaron gritos de entusiasmo cuando vieron a Jeannie. La muchacha se encamino hacia el grupo, sonriente. Steve la siguio, orgulloso de ella. Ningun otro profesor hubiera suscitado tan espontaneo apoyo entre los estudiantes. Jeannie estrecho la mano de los hombres y beso a las mujeres. Steve observo que una preciosa rubia le miraba fijamente.
Jeannie abrazo a una mujer mayor que formaba parte del grupo.
– ?Sophie! -exclamo-. ?Que puedo decir?
– Buena suerte ahi dentro -deseo la mujer.
Jeannie se separo de los concentrados, radiante, y Steve y ella se dirigieron al edificio.
– Bueno -constato Steve-, esas personas creen que deberias conservar tu empleo.
– No tengo palabras para expresarte lo mucho que eso significa para mi -repuso Jeannie-. Esa mujer mayor es Sophie Chapple, profesora del departamento de Psicologia. Suponia que me odiaba. No puedo creer que estuviera ahi, respaldandome.
– ?Quien era aquella preciosidad de la primera fila?
Jeannie le dirigio una mirada curiosa.
– ?No la has reconocido?
– Estoy casi seguro de que no la he visto en la vida, pero ella no me quitaba ojo. -Luego lo adivino-. ?Oh, Dios, debe de ser la victima!
– Lisa Hoxton.
– No es extrano que me mirara asi.
Steve no pudo evitar volver la cabeza. Lisa era una joven guapa y vivaracha, bajita y mas bien regordeta. El doble de Steve la habia atacado, la derribo sobre el suelo y la obligo a mantener con el una relacion sexual. En el interior de Steve se retorcio un pequeno nudo de repugnancia. Aquella chica no era mas que una joven normal, y ahora un recuerdo de pesadilla la acosaria a lo largo de toda su vida.
El edificio administrativo era un enorme y arcaico caseron. Jeannie condujo a Steve a traves del marmoreo vestibulo, cruzaron el umbral de una puerta senalada con el rotulo de Antiguo Comedor y entraron en una sombria sala de estilo senorial: alto techo, estrechas ventanas goticas y solidos muebles de roble, de gruesas patas. Frente a una chimenea de piedra labrada habia una larga mesa.
Cuatro hombres y una mujer de edad mediana estaban sentados a aquella mesa. En el individuo calvo que ocupaba el centro reconocio Steve al rival de Jeannie en el partido de tenis, Jack Budgen. Supuso que aquella era la comision: el grupo que tenia en sus manos el destino de Jeannie. Respiro hondo.
Se inclino por encima de la mesa, estrecho la mano a Jack Budgen y dijo:
– Buenos dias, doctor Budgen. Soy Steve Logan. Hablamos ayer.
Una extrana intuicion se adueno de su animo y se encontro rezumando una relajada confianza que era la antitesis de lo que sentia. Fue estrechando la mano a los miembros de la comision, cada uno de los cuales le dijo su nombre.
Dos hombres mas estaban sentados en el extremo de la mesa, por el lado mas proximo a la puerta. El individuo menudo, de terno azul marino, era Berrington Jones, a quien Steve habia conocido el lunes anterior. El caballero enjuto, de pelo rojizo y traje cruzado, negro y a rayas, tenia que ser Henry Quinn. Steve estrecho la mano a ambos.
Tras lanzarle una mirada desdenosa, Quinn le pregunto:
– ?Que titulos juridicos tiene usted, joven?
Steve le dedico una sonrisa amistosa y le respondio en voz baja, tanto que no le pudo oir nadie mas, aparte de Quinn.
– Vete a hacer punetas, Henry.
Quinn dio un respingo como si acabara de recibir un golpe, y Steve penso: «Eso te quitara las ganas, viejo cabron, de volver a tratarme con arrogancia».
Acerco una silla a Jeannie y ambos tomaron asiento.
– Bien, tal vez debamos empezar -dijo Jack-. Esta sesion es informal. Creo que todos han recibido una copia de la rubrica, de modo que conocemos las reglas. Presenta las acusaciones el profesor Berrington Jones, que propone el despido de la doctora Jeannie Ferrami sobre la base de que ha desprestigiado a la Universidad Jones Falls.
Mientras Jack hablaba, Steve estudio a los miembros de la comision, buscando en sus rostros algun indicio de simpatia. No encontro el menor detalle tranquilizador. Solo la mujer, Jane Edelsborough, parecia dispuesta a mirar a Jeannie; los demas no sostendrian su mirada. Para empezar, cuatro en contra, una a favor, penso Steve. No se presentaba nada bien la cosa.
– El senor Quinn representara a Berrington -manifesto Jack.
Quinn se puso en pie y abrio su cartera de mano. Steve observo que la nicotina de los cigarrillos le habia dejado amarillenta la punta de los dedos. El hombre saco un punado de fotocopias ampliadas del articulo del
Quinn empezo a hablar. Su voz era rigurosa y precisa, sin el mas leve asomo de acento. Hablaba despacio y en tono pedante. Steve confiaba en que cometiese algun error que detectase automaticamente aquel jurado de intelectuales que no necesitaban que las cosas se les deletreasen en palabras monosilabicas. Quinn resumio la historia de la comision de disciplina y explico la posicion de la misma en el gobierno de la universidad. Definio el verbo «desprestigiar» y saco una copia del contrato de Jeannie. Steve empezo a sentirse mejor a medida que Quinn iba desgranando su perorata.
Por fin, dio por concluido el preambulo y se dispuso a interrogar a Berrington. Empezo por preguntarle cuando tuvo noticias por primera vez de la existencia del programa informatico de busqueda creado por Jeannie.
– El pasado lunes por la tarde -contesto Berrington.
Refirio la conversacion que el y Jeannie mantuvieron. Su relato coincidia con la version que Jeannie habia contado a Steve.
Luego, Berrington dijo: -En cuanto comprendi con claridad su tecnica, le dije que, en mi opinion, lo que estaba haciendo era ilegal.
– ?Que? -estallo Jeannie.
Quinn hizo caso omiso y pregunto a Berrington:
– ?Cual fue la reaccion de la doctora Ferrami?
– Se puso muy furiosa…
– ?Maldito embustero! -grito Jeannie.
Berrington enrojecio ante la acusacion.
Intervino Jack Budgen: -Por favor, nada de interrupciones -dijo.
Steve clavo la vista en la comision. Todos sus miembros miraban a Jeannie; apenas podian evitarlo. Apoyo una mano en el brazo de la muchacha, como si pretendiera contenerla.
– ?Esta diciendo mentiras con todo el descaro del mundo! -protesto indignada Jeannie.
– ?Que esperabas? -dijo Steve en voz baja-. Su juego es la agresividad.
– Lo siento -murmuro Jeannie.
– No lo sientas -le aconsejo Steve al oido-. Sigue asi. Veran que tu indignacion es autentica.
Berrington continuo:
– Se mostro irritable, justo como ahora. Me dijo que podia hacer lo que le diese la gana, que tenia un
