contrato.
Uno de los hombres de la comision, Tenniel Biddenham, fruncio el ceno siniestramente: saltaba a la vista que le fastidiaba que un miembro subalterno del profesorado restregase por la cara su contrato al profesor que estaba por encima de el. Steve comprendio que Berrington era listo. Sabia como darle la vuelta al asunto de modo que un punto en contra suya se tornara a su favor.
Quinn pregunto a Berrington:
– ?Que hizo usted?
– Bueno, comprendi que podia equivocarme. No soy abogado, asi que decidi procurarme asesoramiento juridico. Si mis temores se confirmaban, podria mostrar a la doctora Ferrami pruebas independientes. Pero si resultaba que lo que ella estaba haciendo no causaba perjuicio a nadie, yo podria abandonar el asunto sin que hubiese enfrentamiento de ninguna clase.
– ?Y recibio usted ese asesoramiento juridico?
– Tal como se desarrollo todo, me vi rebasado por los acontecimientos. Antes de que tuviese tiempo de consultar a un abogado, el New York Times se entero del caso.
– Mentiras -susurro Jeannie.
– ?Estas segura? -le pregunto Steve.
– Desde luego.
Steve tomo nota.
– Tenga la bondad de decirnos que sucedio el miercoles -pidio Quinn a Berrington.
– Mis peores temores se hicieron reales. El presidente de la universidad, Maurice Obell, me llamo a su despacho y me pidio que le explicara por que estaba recibiendo virulentas llamadas de la prensa relativas a la investigacion que se estaba llevando a cabo en mi departamento. Redactamos un borrador de comunicado de prensa como base de discusion y convocamos a la doctora Ferrami.
– ?Santo cielo! -musito Jeannie.
Berrington prosiguio:
– Ella se nego en redondo a hablar del comunicado de prensa. De nuevo abrio la caja de los truenos, insistio en que haria lo que le viniese en gana, y se marcho hecha un basilisco.
Steve lanzo una mirada interrogadora a Jeannie, que dijo en voz baja:
– Una mentira muy habil. Me presentaron la nota de prensa como un hecho consumado.
Steve asintio con la cabeza, pero decidio no sacar a relucir aquel punto en el contrainterrogatorio. De todas formas, los miembros de la comision probablemente opinarian que Jeannie no debio de salir del despacho de Obell hecha una fiera.
– La periodista nos dijo que la edicion se cerraba al mediodia y esa era su hora limite -continuo Berrington en tono normal-. El doctor Obell comprendio que la universidad tenia que decir algo definitivo, y debo confesar que, por mi parte, estaba de acuerdo con el al ciento por ciento.
– ?Y el comunicado de prensa tuvo el efecto que esperaban?
– No. Fue un fracaso absoluto. Pero porque la doctora Ferrami lo saboteo por completo. Dijo a la reportera que pasaba de nosotros y que no podiamos hacer absolutamente nada al respecto.
– ?Alguien ajeno a la universidad hizo comentarios referentes a la historia?
– Ciertamente.
Algo relativo al modo en que Berrington respondio a la pregunta hizo sonar un timbre de alarma en la cabeza de Steve, que tomo unas notas.
– Recibi una llamada telefonica de Preston Barck, presidente de la Genetico, firma que es una importante benefactora de la universidad y, particularmente, financia todo el programa de investigacion de los gemelos - prosiguio Berrington-. Como es logico, le preocupaba la forma en que se invertia su dinero. El articulo daba la impresion de que las autoridades universitarias se veian impotentes. Preston llego a preguntarme: «De cualquier modo, ?quien dirige ese maldito colegio?». Fue muy embarazoso.
– ?Era esa su principal preocupacion? ?La incomodidad de verse desobedecido por un miembro subalterno del profesorado?
– Claro que no. El problema principal lo constituia el perjuicio que el trabajo de la doctora Ferrami pudiera causar a la Jones Falls.
Un movimiento inteligente, penso Steve. En el fondo de sus corazones a todos los miembros de la comision les sentaria como un tiro que los desafiara un profesor auxiliar, y Berrington se habia ganado su simpatia. Pero Quinn habia actuado con rapidez para situar la queja en peso en un nivel mental mas alto, de modo que pudieran decirse que al despedir a Jeannie, no solo castigaban a un subordinado rebelde, sino que tambien protegian a la universidad.
– Una universidad -dijo Berrington- ha de ser sensible a las cuestiones de la intimidad personal. Los donantes nos dan dinero y los estudiantes compiten por las plazas que tenemos aqui, porque esta es una de las instituciones educativas mas venerables de la nacion. La simple insinuacion de que somos negligentes en la defensa de los derechos civiles de las personas es muy perjudicial.
Era una formulacion expuesta con elocuencia y sosiego y que todo el grupo aprobaria. Steve inclino la cabeza para manifestar que tambien la suscribia, con la esperanza de que los miembros de la comision se percatasen al final de que aquel no era el punto que se debatia.
Quinn pregunto a Berrington:
– En ese punto, ?a cuantas opciones se enfrentaba?
– Exactamente a una. Teniamos que dejar bien claro que no convalidabamos la violacion de la intimidad por parte de los investigadores universitarios. Y tambien necesitabamos demostrar que poseiamos la autoridad precisa para obligar a cumplir nuestras propias reglas. El modo de hacerlo era despedir a la doctora Ferrami. No existia otra alternativa.
– Gracias, profesor -dijo Quinn, y se sento.
Steve se sentia pesimista. Quinn era todo lo habil que podia esperarse de el e incluso algo mas. Berrington se habia manifestado convincente. Habia presentado la imagen de un hombre razonable y preocupado que se esforzaba al maximo para tratar con una subordinada negligente e iracunda. Resultaba todavia mas creible al existir un enlace con la realidad: Jeannie tenia muy mal genio.
Pero esa no era la verdad. Eso era todo lo que tenia para el. Jeannie estaba en lo cierto. Era cuestion de demostrarlo.
– ?Tiene alguna pregunta, senor Logan? -dijo Jack Budgen.
– Desde luego -repuso Steve. Hizo una pausa para ordenar sus ideas.
Aquella era su fantasia. No estaba en una sala de tribunal, ni siquiera era abogado, pero estaba defendiendo a una persona desvalida frente a la injusticia de una institucion poderosa. Lo tenia todo en contra, pero la verdad estaba de su parte. Era lo que habia sonado.
Se puso en pie y miro a Berrington con dureza. Si la teoria de Jeannie era cierta, el hombre tenia que sentirse extrano en aquella situacion. Debia de ser como el doctor Frankenstein interrogado por su propio monstruo. Steve deseaba jugar un poco con eso, sacudir la compostura de Berrington, antes de empezar a hacerle las preguntas materiales.
– Usted me conoce, ?verdad, profesor? -dijo Steve.
Berrington parecio alarmarse un poco.
– Ah… creo que nos vimos el lunes, si.
– Y lo sabe todo acerca de mi.
– No…, no acabo de entenderle.
– En el laboratorio me sometieron durante un dia completo a toda clase de pruebas, asi que posee usted una gran cantidad de informacion sobre mi.
– Ahora se adonde quiere ir a parar, si. El desconcierto habia tomado carta de naturaleza en Berrington.
Steve se situo detras de la silla de Jeannie, para que todos pudieran verla. Era mucho mas dificil pensar mal de alguien que le devuelve a uno la mirada con expresion abierta y sin miedo.
– Profesor, permitame empezar con la primera declaracion que ha hecho, segun la cual acudio en busca de consejo juridico tras su conversacion el lunes con la doctora Ferrami.
– Si.
– ?De veras no habia visto a ningun abogado?
