Fija en mi corazon, la imagen de tu sonrisa,

grabada, siempre presente en la mente,

no podran borrarla el dolor, los anos o la desdicha.

Le arranco lagrimas.

Lloro por todo cuanto habia anhelado y jamas conseguido. Lloro porque vivia en una mugrienta ciudad industrial, con un marido que detestaba irse de vacaciones. Lloro porque el poema era lo unico hermoso y romantico que le habia ocurrido en cinco anos. Y lloro porque ya no estaba enamorada de Mervyn.

Despues, todo sucedio a una velocidad vertiginosa.

Al dia siguiente era domingo. Fue a la ciudad el lunes. Su rutina normal habria consistido en acudir primero a Boot’s para cambiar su libro en la biblioteca; despues, habria comprado un billete combinado de almuerzo y sesion en el cine Paramount de la calle Oxford por dos chelines y seis peniques. Despues de la pelicula, habria dado una vuelta por los almacenes Lewis y por Finnigan’s, para comprar cintas, servilletas o regalos para los hijos de su hermana. Tal vez se habria acercado a una de las pequenas tiendas de The Shambles para comprarle a Mervyn algun queso exotico o una mermelada especial. Luego, habria tomado el tren de vuelta a Altrincham, el suburbio donde residia, a tiempo para cenar.

Esta vez, tomo cafe en el bar del hotel Midland, comio en el restaurante aleman situado en los bajos del hotel Midland y tomo el te de las cinco en el salon del hotel Midland, Sin embargo, no vio al hombre fascinante de acento norteamericano.

Regreso a casa con el corazon roto. Era ridiculo, se dijo. ?Le habia visto menos de un minuto y no le habia dirigido ni una palabra! Parecia simbolizar todo cuanto le faltaba en la vida, pero si le veia de nuevo descubriria seguramente que era grosero, estupido, morboso y maloliente, o todo a la vez.

Bajo del tren y camino por la calle de grandes villas suburbanas en donde vivia. Cuando se acerco a su casa, se quedo conmocionada y aturdida al verle andando hacia ella, mirando su casa con un aire fingido de curiosidad ociosa.

Diana se ruborizo y su corazon se acelero. El tambien se mostro sorprendido. Se detuvo, pero ella continuo avanzando.

– ?Nos encontraremos en la Biblioteca Central manana por la manana -le dijo ella cuando paso a su lado.

No esperaba que respondiera, pero el hombre, como ella averiguo mas tarde, poseia una mente agil e ingeniosa.

– ?En que seccion? -le pregunto al instante.

Era una biblioteca grande, pero no tan grande como para que dos personas tardaran en encontrarse mucho rato, pero dijo lo primero que le vino a la cabeza.

– Biologia.

El hombre rio.

Diana entro en su casa con aquella carcajada campanilleando en sus oidos, una carcajada calida, serena, complacida: la risa de un hombre que amaba la vida y se sentia a gusto consigo mismo.

La casa estaba desierta. La senora Rollins, que se encargaba de las tareas domesticas, ya se habia marchado, y Mervyn aun no habia llegado. Diana se sento en la moderna e higienica cocina y se entretuvo en antihigienicos pensamientos pasados de moda sobre aquel divertido poeta norteamericano.

A la manana siguiente le encontro sentado a una mesa, bajo un letrero que ponia silencio. Cuando le dijo «hola», el se llevo un dedo a los labios, senalo una silla y escribio una nota.

Decia: «Me encanta tu sombrero».

Diana llevaba un sombrerito parecido a una maceta vuelta del reves con un borde, y se inclinaba a un lado, hasta casi cubrirle el ojo izquierdo. Era la moda del momento, pero pocas mujeres de Manchester se atrevian a seguirla.

Ella saco una pluma del bolso y escribio debajo: «No te quedaria bien».

«Pero mis geranios encajarian de maravilla», escribio el. Ella rio, y el hombre le indico que callara.

?Esta loco, o solo es divertido?, penso Diana.

Ella escribio: «Adoro tu poema».

El escribio a continuacion: «Yo te adoro a ti».

Loco, penso ella, pero las lagrimas acudieron a sus ojos. Escribio: «?Ni siquiera se tu nombre!»

El le entrego su tarjeta. Se llamaba Mark Alder y vivia en Los Angeles.

?California!

Fueron a comer temprano a un restaurante VHL (verduras, huevos y leche), porque estaba segura de que no se toparia en el con su marido: ni una manada de caballos salvajes le arrastraria a un restaurante vegetariano. Despues, como era martes, habia un concierto a mediodia en el Houldsworth Hall de Deansgate, con la famosa orquesta Halle de la ciudad y su nuevo director, Malcolm Sargent. Diana se sentia orgullosa de que su ciudad pudiera ofrecer tal oferta cultural a un visitante.

Aquel dia averiguo que Mark escribia comedias para la radio. Nunca habia oido hablar de la gente para la cual escribia, pero el dijo que era famosa: Jack Benny, Fred Allen, Amos ‘n’ Andy. Tambien era propietario de una emisora de radio. Vestia una chaqueta de cachemira. Estaba pasando unas largas vacaciones, siguiendo la pista de sus origenes. Su familia procedia de Liverpool, la ciudad portuaria que distaba pocos kilometros al oeste de Manchester. Era un hombre bajo, no mucho mas alto que Diana, y de su misma edad, de ojos color avellana y algunas pecas.

Y era un encanto.

Era inteligente, divertido y fascinante, de modales educados, unas impecables y ropa excelente. Le gustaba Mozart, pero conocia a Louis Armstrong. Lo mas importante era que Diana le gustaba.

Era muy peculiar que a pocos hombres les gustasen de verdad las mujeres, penso Diana. Los hombres que ella conocia la adulaban, intentaban meterle mano, insinuaban discretas citas cuando Mervyn les daba la espalda y a veces, estaban borrachos, le declaraban su amor, pero en realidad no les gustaba. Su conversacion era trivial, nunca la escuchaban y no sabian nada acerca de ella. Mark era diferente por completo, como fue averiguando durante los siguientes dias y semanas.

El dia despues de citarse en la biblioteca, el alquilo un coche y la llevo a la costa, donde comieron bocadillos en una playa acariciada por la brisa y se besaron al abrigo de las dunas.

Mark tenia una suite en el Midland, pero no podian encontrarse alli porque Diana era muy conocida; si la hubieran visto subir a una habitacion despues de comer, la noticia se habria esparcido por toda la ciudad a la hora del te. Sin embargo, la mente inventiva de Mark aporto una solucion. Fueron en coche a la ciudad costera de Lytham St. Anne’s, provistos de una maleta, y se inscribieron en un hotel como el senor y la senora Alder. Comieron y se fueron a la cama.

Hacer el amor con Mark fue muy divertido.

La primera vez, hizo una pantomima de intentar desnudarse en completo silencio, y ella se rio tanto que no sintio timidez cuando el la desnudo. Ya no la preocupaba que le gustara o no: era obvio que la adoraba. Era tan amable que no se puso nerviosa ni un momento.

Pasaron la tarde en la cama y despues bajaron a pagar, diciendo que habian decidido no prolongar su estancia. Mark pago como si hubieran pasado la noche para que no se produjeran enfados. La dejo en la estacion anterior a Altrincham, y ella llego a casa en tren como si hubiera pasado la tarde en Manchester.

Todo aquel verano procedieron de la misma forma.

El debia volver a Estados Unidos a principios de agosto para trabajar en un nuevo programa, pero se quedo, y escribio una serie de sketchs sobre un norteamericano de vacaciones en Inglaterra, enviandolos cada semana por el nuevo servicio de correo aereo iniciado por la Pan American.

A pesar de este recordatorio de que el tiempo se les escapaba de las manos, Diana consiguio no pensar demasiado sobre el futuro. Mark volveria a su pais algun dia, por supuesto, pero manana seguiria aqui, y ese era el unico futuro que Diana osaba anticipar. Era como la guerra: todo el mundo sabia que seria espantosa, pero nadie era capaz de predecir cuando estallaria. Hasta que ocurriera, lo unico que cabia hacer era seguir adelante e intentar pasarlo bien.

El dia despues de que estallara la guerra, el le dijo que iba a regresar.

Diana estaba sentada en la cama, con la sabana por debajo del busto, mostrando los pechos. A Mark le

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