nuclear.

Por desgracia, Diana no entendia ni jota de fisica. Sabia mucho sobre musica, literatura y un poco sobre historia, pero a Mervyn no le interesaba la cultura, aunque le gustaba el cine y la musica de baile. Asi pues, no tenian ningun tema en comun del que hablar.

Habria sido diferente de haber tenido hijos, pero Mervyn ya tenia dos hijos de su primera mujer y no queria mas. Diana se sentia inclinada a quererlos, pero no tuvo la menor posibilidad; su madre les predispuso en contra de Diana, con el argumento de que esta habia causado la ruptura de su matrimonio. La hermana de Diana que vivia en Liverpool tenia dos lindas gemelas con trenzas, y Diana les dedicaba todo su afecto maternal.

Perderia a las gemelas.

A Mervyn le entusiasmaba mantener una vida social intensa con los principales politicos y hombres de negocios de la ciudad, y Diana disfruto al principio con su papel de anfitriona. Siempre le habia gustado la ropa bonita, y le sentaba de maravilla. Pero la vida era algo mas que aquello.

Durante un tiempo, paso por ser la inconformista de la sociedad de Manchester: fumaba puros, vestia de forma extravagante, hablaba sobre el amor libre y el comunismo. Le encantaba escandalizar a las matronas, pero Manchester no era una ciudad muy conservadora, Mervyn y sus amigos eran liberales, y no habia provocado una gran conmocion.

Estaba descontenta, pero se preguntaba si tenia derecho a ello. La mayoria de las mujeres pensaban que era afortunada: tenia un marido serio, digno de confianza y generoso, una bonita casa y montones de amigos. Se decia que debia ser feliz, pero no lo era…, y entonces aparecio Mark.

Oyo que el coche de Mervyn frenaba en la calle. Era un sonido familiar, pero esta noche se le antojo ominoso, como el grunido de una bestia peligrosa.

Puso la sarten sobre el gas con mano temblorosa. Mervyn entro en la cocina.

Era tremendamente atractivo. Su cabello oscuro ya se habia tenido de gris, pero le dotaba de un porte aun mas distinguido. Era alto y no habia engordado, como la mayoria de sus amigos. No era presumido, pero Diana le animaba a vestir trajes oscuros a medida y camisas blancas caras, porque le gustaba que pareciera tan triunfador como era.

La aterrorizaba que el distinguiera la culpabilidad en su rostro y le preguntara cual era la causa.

La beso en la boca. Avergonzada, ella le devolvio el beso. A veces el la abrazaba, le introducia la mano entre las nalgas y la pasion se apoderaba de ellos, que se precipitaban al dormitorio y dejaban que la comida se quemara; pero esto ya no solia ocurrir, y hoy, gracias a Dios, no fue una excepcion. El la beso distraido y se alejo.

Se quito la chaqueta, el chaleco, la corbata y el cuello, y se subio las mangas. Despues, se lavo las manos y la cara en el fregadero de la cocina. Era ancho de pecho y tenia los brazos fuertes.

No se habia dado cuenta de que algo iba mal. Ni lo haria, por supuesto; no la veia. Ella era un objeto mas, como la mesa de la cocina. Diana no tenia por que preocuparse. No se enteraria de nada hasta que ella se lo dijera.

No se lo dire aun, penso.

Mientras se freian las patatas, unto el pan con mantequilla y preparo el te. Todavia temblaba, pero lo disimulo. Mervyn leia el Manchester Evening News y apenas la miraba.

– Tengo un alborotador en el trabajo -dijo, mientras ella colocaba su plato frente a el.

Me importa un pimiento, penso Diana. Ya no tengo nada que ver contigo.

Entonces, ?por que te he preparado «el te»?

– Es de Londres, de Battersea, y creo que es comunista. En cualquier caso, ha pedido aumento de sueldo por trabajar en la nueva taladradora de plantillas. En realidad, no le falta razon, pero pago el trabajo de acuerdo con las tarifas antiguas, asi que debera pasar por el tubo.

– He de decirte algo -ensayo Diana, armandose de valor. Despues, deseo con todas sus fuerzas no haber pronunciado las palabras, pero ya era demasiado tarde.

– ?Que te has hecho en el dedo?

– pregunto su marido, reparando en el pequeno vendaje.

Esta pregunta vulgar la disuadio.

– Nada -contesto, dejandose caer en la silla-. Me hice un corte mientras preparaba las patatas.

Cogio el cuchillo y el tenedor.

Mervyn comio con voracidad.

– Deberia mirar con mas cuidado a quien contrato, pero el problema es que actualmente no se encuentran buenos fabricantes de herramientas.

No estaba previsto que ella contestara cuando el hablaba de sus negocios. Si hacia una sugerencia, su marido le dirigia una mirada irritada, como si hubiera hablado cuando no le tocaba. Su deber era escuchar.

Mientras el hablaba acerca de la nueva taladradora de plantillas y del comunista de Battersea, ella recordo el dia de su boda. Su madre aun vivia. Se habian casado en Manchester, y habian celebrado la fiesta en el hotel Midland. Mervyn vestido de novio habia sido el hombre mas apuesto de Inglaterra. Diana habia supuesto que siempre lo seria. Ni siquiera habia cruzado por su mente la idea de que su matrimonio podia fracasar. Nunca habia conocido a una persona divorciada antes de Mervyn. Al recordar sus sentimientos de aquella epoca, tuvo ganas de llorar.

Tambien sabia que su separacion destrozaria a Mervyn. No tenia ni idea de lo que ella planeaba. Aun empeoraba mas la situacion el hecho de que su primera mujer le hubiera abandonado de la misma manera, por supuesto. Iba a enloquecer. Pero antes se pondria furioso.

Termino el plazo y se sirvio otra taza de te.

– Apenas has cenado -dijo. De hecho, Diana no habia probado nada.

– He comido mucho -contesto ella.

– ?A donde fuiste?

Aquella inocente pregunta la embargo de panico. Habia comido bocadillos con Mark en la cama de un hotel de Blackpool, y no se le ocurrio ninguna mentira plausible. Acudieron a su mente los nombres de los principales restaurantes de Manchester, pero cabia la posibilidad de que Mervyn hubiera comido en alguno de ellos.

– Al Waldorf Cafe -dijo, tras una penosa pausa.

Habia varios Waldorf Cafes; era una cadena de restaurantes baratos en los que se podia comer filete con patatas fritas por un chelin y nueve peniques.

Mervyn no le pregunto en cual.

Diana recogio los platos y se levanto. Sentia tal debilidad en las rodillas que tuvo miedo de caer, pero consiguio transportarlos hasta el fregadero.

– ?Quieres postre?

– Si, por favor.

Diana busco en la alacena y saco una lata de peras y leche condensada. Abrio las latas y llevo el postre a la mesa.

Mientras le contemplaba comer peras, el horror de lo que iba a hacer la estremecio. Parecia imperdonablemente destructor. Como la inminente guerra, iba a destrozarlo todo. La vida que Mervyn y ella habian creado juntos en esta casa, en esta ciudad, quedaria reducida a escombros.

Comprendio de subito que no podia hacerlo.

Mervyn dejo la cuchara sobre la mesa y consulto su reloj de bolsillo.

– La siete y media… Vamos a poner las noticias.

– No puedo hacerlo -dijo Diana en voz alta.

– ?Como?

– No puedo hacerlo -repitio.

Lo dejaria correr todo. Iria a ver a Mark ahora mismo y le diria que habia cambiado de idea, que no iba a huir con el.

– ?Por que no puedes escuchar la radio? -pregunto Mervyn, impaciente.

Diana le miro. Estuvo tentada de revelarle la verdad, pero no se atrevio.

– He de salir -respondio. Busco freneticamente una excusa-. Doris Williams esta en el hospital y he de ir a verla.

– ?Quien es Doris Williams, por el amor de Dios?

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