Esa persona no existia.
– La conoces -dijo Diana, improvisando a marchas forzadas-. La acaban de operar.
– No la recuerdo -dijo el, sin suspicacia. Tenia mala memoria para los encuentros fortuitos.
– ?Quieres acompanarme? -pregunto Diana, guiada por su inspiracion.
– ?No, por Dios! -respondio el, justo como Diana sabia que haria.
– Ire en coche.
– No corras mucho con el oscurecimiento.
Mervyn se levanto y se dirigio a la sala donde estaba la radio.
Diana le contemplo un momento. Nunca sabra lo poco que ha faltado para que le abandonara, penso, entristecida.
Se puso un sombrero y salio con la chaqueta en el brazo. El coche, gracias a Dios, arranco a la primera. Enfilo el camino particular y se desvio hacia Manchester.
El trayecto fue una pesadilla. Tenia una prisa desesperada, pero debia conducir a paso de tortuga, porque llevaba los faros delanteros velados y solo veia unos metros por delante de ella; ademas, el llanto incesante nublaba su vision. No sufrio un accidente porque conocia bien la carretera.
La distancia era menor de quince kilometros, pero tardo mas de una hora en recorrerla.
Cuando por fin freno el coche frente al Midland, estaba agotada. Se quedo inmovil un minuto, intentando serenarse. Saco la polvera y se maquillo para ocultar las huellas del llanto.
Sabia que le romperia el corazon a Mark, pero lo superaria. No tardaria en considerar su relacion como un romance de verano. Era menos cruel concluir una relacion amorosa corta y apasionada que cinco anos de matrimonio. Mark y ella siempre recordarian con ternura aquel verano de 1939…
Volvio a estallar en lagrimas.
Al cabo de un rato, decidio que no tenia sentido continuar sentada pensando en ello. Debia salir y terminar de una vez. Se recompuso el maquillaje y bajo del coche.
Atraveso el vestibulo del hotel y subio la escalera sin detenerse en la recepcion. Sabia el numero de la habitacion de Mark. Era muy escandaloso que una mujer sola acudiera a la habitacion de un hombre, por supuesto, pero hizo caso omiso. La alternativa habria sido encontrarse con Mark en el salon o en el bar, pero era impensable darle semejante noticia en un lugar publico. No miro a su alrededor, indiferente a si alguien conocido la veia.
Llamo a la puerta. Rezo para que estuviera en la habitacion. ?Y si habia decidido cenar fuera, o ir a ver alguna pelicula? No hubo respuesta, y volvio a llamar con mas fuerza. ?Como podia ir al cine a estas horas?
Entonces, oyo su voz.
– ?Si?
– ?Soy yo! -respondio Diana, llamando otra vez.
Escucho pasos rapidos. La puerta se abrio y Mark aparecio en el umbral, con expresion de estupor. Sonrio, la invito a entrar, cerro la puerta y la abrazo.
Ahora, Diana se sentia tan infiel hacia el como antes hacia Mervyn. Le beso y, como siempre, una oleada de deseo la invadio, pero se contuvo.
– No puedo irme contigo -dijo.
Mark palidecio.
– No digas eso.
Ella paseo la mirada a su alrededor. Mark estaba haciendo las maletas. El armario y los cajones estaban abiertos, la maleta en el suelo, y habia por todas partes camisas dobladas, pilas ordenadas de ropa interior y zapatos guardados en bolsas. Era muy pulcro.
– No puedo ir -repitio Diana.
El la cogio por la mano y la condujo al dormitorio. Se sentaron en la cama. Su rostro expresaba abatimiento.
– No lo dices en serio.
– Mervyn me quiere, hemos estado juntos cinco anos. No puedo hacerle esto.
– Y yo, ?que?
Ella le miro. Vestia un jersey rosa oscuro, pajarita, pantalones de franela gris-azulados y zapatos de cordoban. Le habria devorado en aquel mismo instante.
– Los dos me quereis, pero el es mi marido.
– Los dos te queremos, pero tu me gustas -subrayo Mark. -?Piensas que a el no le gusto?
– Pienso que ni siquiera te conoce. Escucha, tengo treinta y cinco anos, no es la primera vez que me enamoro, y sostuve una relacion durante seis anos. Nunca me he casado, pero ha faltado poco. Se que esta vez es decisiva. Nunca me habia sentido asi. Eres hermosa, eres divertida, eres heterodoxa, eres brillante y te gusta hacer el amor. Soy guapo, soy divertido, soy heterodoxo, soy brillante y quiero hacerte el amor ahora mismo…
– No -mintio ella.
El la atrajo hacia si con suavidad y se besaron.
– Estamos hechos el uno para el otro -murmuro Mark-. ?Recuerdas cuando nos escribiamos notas bajo el letrero de silencio? Tu comprendiste el juego al instante, sin mas explicaciones. Otras mujeres piensan que estoy chiflado, pero a ti te gusto como soy.
Era verdad, penso ella, y cuando hacia excentricidades, como fumar en pipa, salir a la calle sin bragas o asistir a mitines fascistas y conectar la alarma de incendios, Mervyn se irritaba, en tanto Mark se reia a carcajada limpia.
El le acaricio el cabello, y despues la mejilla. El panico de Diana se fue calmando, y empezo a serenarse. Apoyo la cabeza en el hombro de Mark y rozo con los labios la suave piel de su cuello. Sintio las puntas de sus dedos sobre la pierna, debajo del vestido, acariciando la parte interna de sus muslos, donde terminaban las medias. Se supone que esto no debia ocurrir, penso debilmente.
El la tendio poco a poco sobre la cama. Se le cayo el sombrero.
– Esto no esta bien -murmuro.
Mark la beso en la boca, mordisqueandole los labios. Noto que sus dedos se internaban bajo la fina seda de las bragas, y se estremecio de placer. Al cabo de un momento, introdujo toda la mano.
El sabia lo que debia hacerse.
Un dia, a principios del verano, mientras yacian desnudos en la habitacion de un hotel escuchando por la ventana abierta el sonido del oleaje, Mark le habia dicho:
– Ensename lo que haces cuando te tocas.
Diana se sintio violenta, y fingio no haberle entendido.
– ?Que quieres decir?
– Ya lo sabes. Cuando te tocas. Ensename. Asi sabre lo que te gusta.
– Yo no me toco -mintio.
– Bueno… Cuando eras mas joven, antes de casarte. Debias hacerlo entonces… Todo el mundo lo hace. Ensename lo que solias hacer.
Estuvo a punto de negarse, pero luego comprendio la sensualidad de la situacion.
– ?Quieres que me autoestimule…, mientras tu miras? -pregunto, con voz ronca de deseo.
Mark le dirigio una sonrisa lasciva y asintio con la cabeza.
– Quieres decir… ?hasta el final?
– Hasta el final.
– No podre -dijo; pero lo hizo.
Ahora, las puntas de sus dedos la tocaban con sabiduria, en los lugares precisos, con el mismo movimiento familiar y la presion exacta. Cerro los ojos y se abandono a la sensacion.
Al cabo de un rato, Diana empezo a gemir con suavidad y a subir y bajar las caderas ritmicamente. Sintio el calido aliento de Mark sobre su cara cuando se inclino mas sobre ella.
– Mirame -la urgio Mark, cuando ella ya empezaba a perder el control.
Abrio los ojos. Mark continuo acariciandola de la misma manera, solo que con mas rapidez.
– No cierres los ojos -dijo el.
Mirarle a los ojos mientras la acariciaba era muy intimo, una especie de hiperdesnudez. Era como si el
