pudiera verla por completo, conocerla por completo, y Diana experimento una libertad embriagadora, porque ya no le quedaba nada que ocultar. Sobrevino el climax, y ella se obligo a sostener su mirada, mientras sus caderas brincaban y ella jadeaba y se contorsionaba al compas de los espasmos de placer que sacudian su cuerpo; y el no cesaba de mirarla, mientras musitaba:

– Te quiero, Diana, te quiero muchisimo.

Cuando todo hubo acabado, ella se aferro a Mark, jadeante y temblorosa de emocion, deseando que la sensacion durara eternamente. Habria llorado, pero las lagrimas se habian agotado.

Nunca se lo dijo a Mervyn.

La mente inventiva de Mark encontro la solucion, y ella la ensayo mientras volvia a casa, serena, sosegada y decidida.

Mervyn estaba en pijama y bata, fumando un cigarrillo y escuchando musica por la radio.

– Una visita larguisima, por lo que veo -dijo en tono placido.

– Tuve que conducir muy despacio -contesto Diana, solo un poco nerviosa. Trago saliva y contuvo el aliento-. Me voy fuera manana.

Mervyn no se sorprendio en exceso.

– ?A donde?

– Me gustaria visitar a Thea y ver a las gemelas. Quiero asegurarme de que estan bien, y no hay forma de saber cuando tendre otra ocasion; los trenes ya empiezan a fallar y el racionamiento de gasolina empieza la semana que viene.

El asintio con aire ausente.

– Si, tienes razon. Sera mejor que vayas ahora que aun puedes.

– Subire a hacer las maletas.

– Preparame la mia, por favor.

Por un espantoso momento, creyo que iba a acompanarla.

– ?Para que? -pregunto, con un hilo de voz.

– No pienso dormir en una casa vacia. Pasare la noche de manana en el Reform Club. ?Volveras el miercoles?

– Si, el miercoles -mintio.

– Muy bien.

Diana subio al primer piso. Mientras guardaba en la maleta la ropa interior y los calcetines de Mervyn, penso: «Es la ultima vez que le hago la maleta». Doblo una camisa blanca y eligio una corbata gris plateada; colores sobrios que hacian juego con su cabello oscuro y los ojos pardos. El que hubiera aceptado su historia la tranquilizaba, pero tambien se sentia frustrada, como si hubiera dejado algo a medias. Comprendio que, si bien la aterrorizaba enfrentarse a el, tambien deseaba explicarle por que se marchaba. Necesitaba decirle que la habia decepcionado, que se habia convertido en un hombre insoportable y desconsiderado, y que ya no la mimaba como antes. Sin embargo, ya no tendria la oportunidad de decirle esas cosas, y se sentia extranamente decepcionada.

Cerro la maleta y empezo a guardar articulos de maquillaje y tocador en la bolsa de aseo. Amontonar medias, pasta de dientes y crema para el cutis se le antojo una forma peculiar de poner fin a cinco anos de matrimonio.

Mervyn subio al cabo de un rato. Las maletas estaban preparadas y Diana se habia puesto su camison menos atractivo. Se hallaba sentada frente al espejo del tocador, quitandose el maquillaje. El se coloco detras de ella y se apodero de sus pechos.

Oh, no, penso Diana; ?esta noche no, por favor!

Aunque estaba aterrorizada, su cuerpo respondio de inmediato, y enrojecio de culpabilidad. Los dedos de Mervyn apretaron sus pezones erectos, y ella emitio un leve gemido de placer y desesperacion. Mervyn le cogio las manos y la obligo a levantarse. Ella le siguio sin fuerzas hasta la cama. Su marido apago la luz y yacieron en la oscuridad. El la monto de inmediato y le hizo el amor con una especie de furiosa desesperacion, casi como si supiera que le iba a abandonar y no podia hacer nada por evitarlo. El cuerpo de Diana la traiciono, y se estremecio de placer y verguenza. Se dio cuenta con extrema mortificacion de que habia llegado al orgasmo con dos hombres en menos de dos horas y trato de evitarlo, pero no pudo.

Cuando se produjo, lloro.

Por suerte, Mervyn no se dio cuenta.

El miercoles por la manana, sentada en el elegante salon del hotel SouthWestern, mientras esperaba el taxi que la conduciria junto con Mark al amarradero 108 del muelle de Southampton para subir a bordo del clipper, se sintio libre y triunfante.

Todos los presentes en el salon o la miraban o procuraban no mirarla. Un hombre atractivo, vestido con traje azul, que debia ser diez anos menor que ella, la miraba con particular insistencia, pero ya estaba acostumbrada. Ocurria siempre que acentuaba su belleza, y hoy estaba esplendida. Su vestido a lunares crema y rojos era fresco, veraniego y llamativo, perfectos sus zapatos color crema, y el sombrero de paja culminaba el acierto de su indumentaria. Tanto el lapiz de labios como el barniz de las unas eran rojo naranja, como los lunares del vestido. Habia pensado en ponerse zapatos rojos, pero el resultado seria demasiado chillon.

Le encantaba viajar: hacer y deshacer las maletas, conocer gente nueva, beber champan y comer hasta la saciedad, y ver sitios nuevos. Volar la ponia nerviosa, pero cruzar el Atlantico era el viaje mas fascinante, porque al final la esperaban los Estados Unidos. Se moria de ganas de llegar. Se habia hecho una idea acerca del pais extraida de las peliculas. Ya se veia en un apartamento art decco, todo ventanas y espejos; una doncella uniformada la ayudaba a ponerse un abrigo de pieles blanco; un coche negro largo, con un chofer de color al volante, la esperaba en la calle con el motor en marcha para llevarla al club nocturno, donde pediria un martini, muy seco, y bailaria a los sones de una orquesta de jazz, cuyo cantante seria Bing Crosby. Sabia que era una fantasia, pero estaba ansiosa de descubrir la realidad.

La invadian los sentimientos contradictorios por abandonar Inglaterra cuando la guerra empezaba. Lo consideraba una cobardia, pero estaba ansiosa por partir.

Sabia muchas cosas acerca de los judios. En Manchester residia una extensa comunidad judia. Los judios de Manchester habian plantado un millar de arboles en Nazaret. Los amigos judios de Diana seguian los acontecimientos de Europa con horror y miedo. No se trataba unicamente de los judios; los fascistas odiaban a los negros, los gitanos y los maricones, y a cualquiera que rechazara el fascismo. Diana tenia un tio maricon, que siempre la habia tratado como a una hija.

Diana era demasiado mayor para alistarse, pero deberia quedarse en Manchester y realizar trabajos voluntarios, como preparar vendajes para la Cruz Roja…

Eso tambien era una fantasia, mas improbable aun que bailar arropada por la voz de Bing Crosby. No era el tipo de mujer propenso a preparar vendajes. La austeridad y los uniformes no eran su fuerte.

A fin de cuentas, nada de eso le importaba. Lo unico fundamental era que estaba enamorada. Seguiria los pasos de Mark. Le seguiria al campo de batalla, de ser preciso. Se casarian y tendrian hijos. El volvia a su pais, y ella le acompanaba.

Echaria de menos a sus adorables sobrinas. Se pregunto cuanto tiempo pasaria antes de que volviera a verlas. Ya habrian crecido para entonces, llevarian perfume y sujetador en lugar de calcetines y trenzas.

Pero ella tambien tendria hijas…

El viaje a bordo del clipper de la Pan American le resultaba emocionante. Habia leido un reportaje en el Manchester Guardian, sin sonar siquiera que un dia volaria en el. Trasladarse a Nueva York en poco mas de un dia parecia un milagro.

Habia escrito una nota a Mervyn. No contenia nada de lo que habia querido decirle; no explicaba como se habia desvanecido su amor, lenta pero inexorablemente, por culpa del descuido y la indiferencia; ni siquiera decia que Mark era maravilloso. «Querido Mervyn», habia escrito, «te dejo. He notado tu progresiva frialdad hacia mi, y me he enamorado de otro hombre. Cuando leas estas lineas, ya me encontrare en Estados Unidos. Lamento herirte, pero creo que tienes parte de la culpa.» No se le ocurrio ninguna forma apropiada de despedida (era incapaz de escribir «tuya» o «con amor»), y se limito a garrapatear «Diana».

Al principio, penso en dejar la nota sobre la mesa de la cocina. Despues, la obsesiono la posibilidad de que

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