Mervyn cambiara de planes, y en lugar de quedarse a pasar la noche del martes en su club volviera a casa, encontrara la nota y les causara dificultades a ella o a Mark antes de abandonar el pais. Al final, la envio por correo a la fabrica, a donde llegaria hoy.

Consulto su reloj, un regalo de Mervyn, que le imponia siempre puntualidad. Conocia bien su rutina: pasaba casi toda la manana en la planta de la fabrica, subia a mediodia a su oficina y examinaba el correo antes de salir a comer. Habia escrito en el sobre «Personal», para que su secretaria no la abriera. Estaria sobre su despacho, entre un monton de facturas, pedidos, cartas e informes. En estos momentos, la estaria leyendo. Pensar en ello la hizo sentirse culpable y apesadumbrada, pero tambien aliviada de que se hallara a trescientos kilometros de distancia.

– Nuestro taxi ha llegado -dijo Mark.

Diana estaba un poco nerviosa. ?Cruzar el Atlantico en avion!

– Es hora de irnos -insistio el.

Diana reprimio su angustia. Dejo sobre la mesa la taza de cafe, se levanto y le dedico la mas radiante de las sonrisas.

– Si -respondio en tono alegre-. Es hora de volar.

Eddie siempre habia sido timido con las chicas.

Aun era virgen cuando se graduo en Annapolis. Mientras se hallaba destinado en Pearl Harbor acudio a prostitutas, y esa experiencia le habia dejado una sensacion de desagrado consigo mismo. Despues de abandonar la Marina habia sido un solitario; recorria en coche los pocos kilometros que le separaban de un bar cuando necesitaba compania. Carol-Ann era una azafata de tierra que trabajaba para la linea aerea en Port Washington, Long Island, la terminal de hidroaviones de Nueva York. Era una rubia tostada por el sol con los ojos azules de la Pan American, y Eddie jamas se habia atrevido a pedirle una cita. Un dia, en la cantina, un joven operador de radio le dio dos billetes para ir a ver Vivir con papa en Broadway, y cuando dijo que no tenia con quien ir, el radiotelegrafista se volvio hacia la mesa de al lado y pregunto a Carol-Ann si queria acompanarle.

– Siiii -respondio ella, y Eddie comprendio que pertenecia a su parte del mundo.

Averiguo mas tarde que, en aquella epoca, la joven se sentia desesperadamente sola. Era una chica del campo, y la sofisticacion de los neoyorkinos le producia ansiedad y tension. Era sensual, pero no sabia que hacer cuando los hombres se tomaban libertades, de manera que, desconcertada, rechazaba sus propuestas con indignacion. Su nerviosismo le gano la reputacion de «tempano», y no recibia muchas invitaciones.

Pero Eddie no sabia nada de esto en aquel momento. Se sintio como un rey con ella del brazo. La llevo a cenar y la devolvio en taxi a su apartamento. Le dio las gracias por la agradable velada en la puerta, y reunio el coraje suficiente para besarla en la mejilla; entonces, ella se puso a llorar y dijo que el era el primer hombre decente que conocia en Nueva York. Antes de que Eddie se diera cuenta de lo que estaba diciendo, le habia pedido otra cita.

Se enamoro de ella durante esa segunda cita. Fueron a Coney Island un caluroso viernes de julio, y ella se puso pantalones blancos y una blusa azul cielo. El comprendio asombrado que ella se sentia orgullosa de que la vieran caminando a su lado. Comieron helado, subieron a unas montanas rusas llamadas El Ciclon, compraron sombreros absurdos, se cogieron de las manos y se confesaron secretos intimos triviales. Cuando la acompano a casa, Eddie le confeso que nunca habia sido tan feliz en toda su vida, y Carol-Ann le asombro de nuevo al decirle que ella tampoco.

No tardo en olvidarse de la granja y pasar todos sus permisos en Nueva York, durmiendo en el sofa de un estupefacto pero alentador companero de profesion. Carol-Ann le llevo a Bristol (New Hampshire) para que conociera a sus padres, dos personas menudas, delgadas y de mediana edad, pobres y trabajadoras. Le recordaron sus propios padres, pero sin la implacable religion. Apenas podian creer que habian engendrado una hija tan hermosa, y Eddie comprendio sus sentimientos, porque apenas podia creer que una chica como aquella se hubiera enamorado de el.

Pensaba en cuanto la amaba, mientras se hallaba de pie en el jardin del hotel Langdown Lawn, contemplando el tronco del roble. Se encontraba sumido en una pesadilla, uno de aquellos espantosos suenos que se inician con una sensacion de bienestar y felicidad, luego se piensa, por mero placer especulativo, en lo peor que podria ocurrir, y de repente sucede, lo peor ocurre, sin remedio, y es imposible remediarlo.

Lo mas terrible es que se habian peleado antes de que se marchara, y no se habian reconciliado.

Ella estaba sentada en el sofa, vestida con una camisa de dril de Eddie y nada mas, con las largas piernas bronceadas extendidas y el liso cabello rubio cayendole sobre los hombros como un chal. Leia una revista. Sus pechos eran pequenos, pero ahora se habian hinchado. El sintio el deseo de tocarlos, y penso «?por que no?». Deslizo la mano por debajo de la camisa y le toco el pezon. Ella levanto la vista, sonrio con ternura y continuo leyendo.

El le beso la cabeza y se sento a su lado. Carol-Ann le habia sorprendido desde el primer momento. Ambos se habian comportado al principio con timidez, pero en cuanto volvieron de la luna de miel y empezaron a vivir juntos en la vieja granja, las inhibiciones de la joven desaparecieron por completo.

De entrada, quiso hacer el amor con la luz encendida. Eddie se sintio un poco cohibido, pero consintio, y le gusto, aunque no perdio la verguenza. Despues, reparo en que ella no cerraba la puerta cuando se banaba. A partir de ese momento considero absurdo encerrarse en el cuarto de bano y la imito, y un dia ella entro desnuda ?y se metio en la banera con el! Eddie jamas se habia sentido mas violento. Ninguna mujer le habia visto desnudo desde que tenia cuatro anos. Le sobrevino una enorme ereccion de solo mirar a Carol-Ann lavarse las axilas, y se cubrio el pene con una toalla hasta que ella estallo en carcajadas.

Empezo a pasear por la granja en diversos estados de desnudez. Ahora, por ejemplo, era como si no llevara nada, aunque, segun su criterio, la cantidad de ropa que la cubria era mas que suficiente, y esto consistia en un pequeno triangulo de algodon al final de las piernas, donde la camisa dejaba al descubierto las bragas. Por lo general, aun era peor. El estaba preparando cafe en la cocina y ella entraba en ropa interior y empezaba a tostar panecillos, o se estaba afeitando y Carol-Ann aparecia en el lavabo en bragas, pero sin sujetador, y se lavaba los dientes tal que asi, o irrumpia desnuda en el dormitorio, trayendole el desayuno en una bandeja. Se pregunto si seria una «ninfomana». Habia oido esa palabra en boca de otra gente. De todos modos, le gustaba que ella fuera asi. Le gustaba mucho. Nunca habia ni sonado que poseeria a una hermosa mujer que pasearia por su casa desnuda. Pensaba que era muy afortunado.

Vivir con ella durante un ano le cambio. Se habia vuelto tan desinhibido que iba desnudo desde el dormitorio al cuarto de bano. A veces, ni siquiera se ponia el pijama para irse a dormir, y en una ocasion la poseyo en la sala de estar, justo en ese sofa.

Seguia preguntandose si ese tipo de comportamiento era el sintoma de alguna anormalidad psicologica, pero habia decidido que daba igual: Carol-Ann y el podian hacer lo que les diera la gana. Cuando acepto este planteamiento, se sintio como un pajaro escapado de una jaula. Era increible; era maravilloso; era como vivir en el cielo.

Se sento a su lado sin decir nada, disfrutando de su compania, oliendo la suave brisa que entraba por las ventanas, procedente del bosque. Tenia preparada la maleta y dentro de unos minutos saldria hacia Port Washington. Carol-Ann habia dejado la Pan American (no podia vivir en Maine y trabajar en Nueva York) y trabajaba en una tienda de Bangor.

Eddie queria hablar con ella sobre ese tema antes de marcharse.

– ?Que? -pregunto CarolAnn, levantando la vista del Life

– No he dicho nada.

– Pero ibas a hacerlo, ?verdad?

– ?Como lo sabes? -sonrio el.

– Eddie, ya sabes que oigo tu cerebro cuando esta en funcionamiento. ?Que pasa?

El coloco su mano ruda y grande sobre el estomago de su mujer y palpo su leve hinchazon.

– Quiero que dejes tu trabajo.

– Es demasiado pronto…

– No hay problema. Nos lo podemos permitir. Y quiero que te cuides de verdad.

– Ya me cuidare. Dejare el trabajo cuando lo necesite. Eddie se sintio herido.

– Crei que te gustaria la idea. ?Por que quieres continuar?

Вы читаете Noche Sobre Las Aguas
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату