publico. El sentido del humor tendria que ser una senal alentadora, pero el presidente ni tan solo insinuo una sonrisa: no habia tenido la intencion de mostrarse gracioso. Es director de un banco, penso Harry. Considera que el dinero no es cosa de broma-. ?Por que no pago la cuenta del restaurante?- continuo el juez.

– Ya he dicho que lo lamento muchisimo. Tuve una discusion horrible con…, con mi companera de cena.

Harry oculto de manera ostensible la identidad de su acompanante. Los chicos de los colegios privados opinaban que era de mal gusto proclamar el nombre de una mujer, y los magistrados lo sabian.

– Me temo que sali hecho una furia -dijo-, olvidandome por completo de pagar la cuenta.

El presidente le dirigio una dura mirada por encima de sus gafas. Harry experimento la sensacion de haberse equivocado en algo. Le dio un vuelco el corazon. ?Que habia dicho? Se le ocurrio que tal vez se habia mostrado excesivamente indiferente respecto a una deuda. Era normal en la clase alta, pero un pecado mortal para un director de banco. El panico se apodero de el y penso que lo iba a perder todo por un pequeno error de discernimiento.

– Soy un irresponsable, senor -dijo a toda prisa-, y regresare al restaurante a la hora de comer para saldar mi deuda. Si ustedes me lo permiten, quiero decir.

No estaba seguro de haber apaciguado al presidente.

– ?Esta diciendo que los cargos contra usted seran retirados despues de escuchar sus explicaciones?

Harry decidio que debia evitar la impresion de tener una respuesta apropiada para cada pregunta. Bajo la cabeza y adopto una expresion de confusion.

– Supongo que no me servira de nada si la gente se negara a retirar los cargos.

– Muy probable -dijo el presidente con severidad.

Viejo presuntuoso, penso Harry, aunque sabia que este tipo de cosas, por humillantes que fueran, beneficiaban a su caso. Cuanto mas le reprendieran, menos posibilidades existian de que le enviaran a la carcel.

– ?Desea anadir algo mas? -pregunto el presidente.

– Solo que estoy terriblemente avergonzado de mi mismo, senor -contesto Harry en voz baja.

– Ummm -gruno con escepticismo el presidente, pero el militar cabeceo indicando su aprobacion.

Los tres jueces conferenciaron entre murmullos durante un rato. Pasados unos instantes, Harry se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento, y se obligo a exhalarlo. Era insoportable saber que todo su futuro estaba en manos de estos tres incompetentes. Deseo que se apresurasen y tomasen una decision. Luego, cuando los tres cabecearon al unisono, deseo que aquel horrible momento se postergara.

El presidente levanto la vista.

– Confio en que una noche entre rejas le haya ensenado la leccion -dijo.

Oh, Dios mio, creo que me van a dejar en libertad, penso Harry.

– Desde luego, senor. No me gustaria repetir la experiencia nunca mas.

– Tome las medidas pertinentes.

Se produjo otra pausa; despues, el presidente aparto la vista de Harry y se dirigio a la sala.

– No voy a afirmar que creamos todo cuanto hemos oido, pero no consideramos que el acusado deba continuar detenido.

Una oleada de alivio invadio a Harry, y sus piernas flaquearon.

– Se le condena a siete dias de prision. Se le impone una fianza de cincuenta libras.

Harry estaba libre.

Harry vio las calles con nuevos ojos, como si hubiera pasado un ano en la carcel, en lugar de unas pocas horas. Londres se estaba preparando para la guerra. Docenas de inmensos globos plateados flotaban en el cielo, con el fin de obstaculizar a los aviones alemanes. Sacos de arena rodeaban las tiendas y los edificios publicos para protegerlos de los bombardeos. Se habian abierto nuevos refugios antiaereos en los parques, y todo el mundo llevaba una mascara antigas. La gente tenia la sensacion de que podia morir en cualquier momento, y esto la impulsaba a abandonar su reserva y a conversar cordialmente con los extranos.

Harry no se acordaba de la Gran Guerra; tenia dos anos cuando termino. De pequeno, pensaba que «la guerra» era un lugar, porque todo el mundo le decia: «A tu padre le mataron en la guerra», de la misma manera que decian: «Ve a jugar al parque, no te caigas al rio, mama se va a la taberna». Mas tarde, cuando fue lo bastante mayor para comprender lo que habia perdido, cualquier mencion de la guerra le resultaba muy dolorosa. Con Marjorie, la esposa del abogado que habia sido su amante durante dos anos, habia leido la poesia de la Gran Guerra, y durante un tiempo se habia considerado pacifista. Despues, vio a los Camisas Negras desfilando por Londres y los rostros asustados de los judios viejos que les contemplaban, y habia decidido que valia la pena combatir en algunas guerras. En los ultimos anos habia comprobado con disgusto que el gobierno britanico hacia caso omiso de lo que ocurria en Alemania, porque confiaba en que Hitler destruyera a la Union Sovietica. Ahora, la guerra habia estallado, y solo podia pensar en los ninos que, como el, vivirian con el hueco dejado por sus padres.

Pero los bombardeos aun no habian llegado, y era otro dia de sol.

Harry decidio que no iria a su casa. La policia estaria furiosa porque habia salido en libertad bajo fianza y querria detenerle a las primeras de cambio. No deseaba volver a ir a la carcel. ?Cuanto tiempo tendria que seguir mirando hacia atras? ?Podria evadir a la policia eternamente? En caso contrario, ?que iba a hacer?

Subio al autobus con su madre. De momento, se instalaria en su casa de Battersea.

Mama tenia aspecto de tristeza. Sabia como se ganaba el la vida, aunque nunca habian hablado del tema.

– Nunca pude darte nada -dijo ella en tono pensativo.

– Me lo has dado todo, mama -protesto Harry.

– No. No lo hice. De lo contrario, ?por que necesitarias robar?

Harry no encontro la respuesta.

Cuando bajaron del autobus, Harry se dirigio a la agencia de noticias de la esquina, agradecio a Bernie que hubiera llamado a su madre y compro el Daily Express. El titular rezaba los polacos bombardean berlin. Al salir, vio a un policia que pedaleaba por la calle, y una oleada de absurdo panico le asalto por un momento. Casi se dio la vuelta para empezar a correr, hasta que logro controlarse y recordar que siempre enviaban a dos agentes para proceder a las detenciones.

No puedo vivir asi, penso.

Llegaron al edificio de su madre y subieron la escalera de piedra hasta el cuarto piso. Su madre puso la tetera al fuego.

– Te he planchado el traje azul -dijo la mujer-. Cambiate, si quieres.

Ella todavia se cuidaba de su ropa, cosiendo los botones y zurciendo los calcetines de seda. Harry entro en el dormitorio, saco su maleta de debajo de la cama y conto el dinero.

Dos anos de robar le habian reportado doscientas cuarenta y siete libras. Habre afanado cuatro veces esa cantidad, penso; ?en que me he gastado el resto?

Tambien tenia un pasaporte norteamericano.

Lo ojeo con aire pensativo. Recordo que lo habia encontrado en la casa que poseia un diplomatico en Kensington, escondido en un escritorio. Habia observado que el nombre del propietario era Harold, y en la foto se le parecia un poco, asi que lo habia cogido.

Estados Unidos, penso.

Sabia imitar el acento norteamericano. De hecho, sabia algo que la mayoria de los ingleses desconocia, que habia varios acentos norteamericanos diferentes, algunos mas elegantes que otros. Tomese, por ejemplo, la palabra «Boston». La gente de Boston decia «Boston». La gente de Nueva York decia «Bouston». Para los norteamericanos, un mayor acento ingles denotaba una clase social mas elevada. Y habia millones de chicas norteamericanas ricas que ansiaban ser seducidas.

En este pais, por el contrario, solo le esperaban la carcel y el ejercito.

Tenia un pasaporte y un buen punado de dinero. Tenia un traje limpio en el armario ropero de su madre, y podia comprarse algunas camisas y una maleta. Se encontraba a ciento quince kilometros de Southampton. Podia marcharse hoy.

Era como un sueno.

Su madre le llamo desde la cocina, despertandole de su ensueno.

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