en un jardin de Surrey. ?Que responderia cuando le preguntaran de que vivia?
Le aguardaba una larga estancia en la carcel. Al salir, le reclutarian forzosamente para el ejercito, que era mas o menos lo mismo. El pensamiento le helo la sangre en las venas.
Se rehuso con firmeza a hablar, incluso cuando el detective le agarro por las solapas de su chaqueta de etiqueta y le tiro contra la pared, pero el silencio no iba a salvarle. La ley tenia todo el tiempo de su parte.
A Harry solo le quedaba una oportunidad de salir libre. Tendria que convencer al juez de concederle libertad bajo fianza; despues, desapareceria. De pronto, anhelo la libertad, como si hubiera pasado anos en la carcel, en lugar de horas.
Desaparecer no seria tan sencillo, pero la alternativa le produjo escalofrios.
Se habia acostumbrado a su estilo de vida robando a los ricos. Se levantaba tarde, tomaba el cafe en una taza de porcelana, vestia ropas bonitas y comia en restaurantes caros. Aun le gustaba retornar a sus raices, beber en la taberna con los viejos amigos y llevar a su madre al Odeon. Sin embargo, la idea de ir a la carcel se le antojaba insoportable: las ropas sucias, la comida horrible, la falta total de intimidad y, para colmo, el espantoso aburrimiento de una existencia falta de sentido.
Estremecido, concentro su mente en el problema de lograr la libertad bajo fianza.
La policia se opondria, por supuesto, pero serian los jueces quienes tomaran la decision. Harry nunca habia sido llevado ante los tribunales pero, en las calles de las que provenia, la gente sabia de estas cosas, como sabia quien saldria elegido en las elecciones municipales y la manera de limpiar chimeneas. La libertad bajo fianza solo se denegaba automaticamente en los juicios por asesinato. En caso contrario, quedaba en manos de los magistrados. Solian hacer lo que la policia solicitaba, pero no siempre. A veces, un abogado inteligente o un defensor que presentaba una historia lacrimogena acerca de un nino enfermo lograban convencerles. A veces, si el fiscal era demasiado arrogante, concedian la libertad bajo fianza para afirmar su independencia. Deberia entregar cierta cantidad de dinero, unas veinticinco o cincuenta libras. Esto no representaba ningun problema. Tenia mucho dinero. Le habian permitido telefonear una vez, y habia llamado a la agencia de noticias situada en la esquina de la calle donde vivia su madre, pidiendole a Bernie, el propietario, que enviara a uno de sus empleados a buscar a su madre para que se pusiera al telefono. Cuando lo hizo, Harry le dijo donde encontraria su dinero.
– Me daran la libertad bajo fianza, mama -dijo Harry.
– Lo se, hijo -contesto su madre-. Siempre has tenido suerte.
Si no era asi…
He salido en otras ocasiones de situaciones complicadas, se dijo para animarse.
Pero no tan complicadas.
– ?Marks! -chillo un guardian.
Harry se levanto. No habia preparado lo que iba a decir: actuaria guiado por la inspiracion del momento. Por una vez, deseo haber pensado en algo. Acabemos de una vez, penso. Se abrocho la chaqueta, se ajusto el nudo de la corbata y enderezo el cuadrado de hilo blanco que sobresalia del bolsillo superior. Se acaricio el menton y deseo que le hubieran permitido afeitarse. El germen de una historia aparecio en el ultimo momento en su mente. Se quito los gemelos de la camisa y los guardo en el bolsillo.
La puerta se abrio y salio al exterior.
Subio una escalera de hormigon y desemboco en el banquillo de los acusados, en el centro de la sala. Frente a el se hallaban los asientos de los abogados, vacios; el secretario de los magistrados, un abogado cualificado, detras de su mesa; y el tribunal, compuesto de tres magistrados no profesionales.
Hostia, penso Harry, confio en que esos bastardos me dejen salir.
En la galeria de la prensa, a un lado, estaba un joven periodista con un cuaderno de notas. Harry se dio la vuelta y dirigio la mirada hacia la parte posterior de la sala. Localizo a su madre en los asientos reservados al publico, ataviada con su mejor chaqueta y un sombrero nuevo. Dio unos significativos golpecitos sobre su bolsillo; Harry dedujo que traia el dinero de la fianza. Observo con horror que llevaba el broche robado a la condesa de Eyer.
Miro al frente y aferro la barandilla, para evitar que sus manos temblaran.
– Sus senorias, el numero tres de la lista -anuncio el fiscal, un inspector de policia calvo de enorme nariz-. Robo de veinte libras en metalico y un par de gemelos de oro valorados en quince guineas, propiedad de sir Simon Monkford, asi como obtencion de provecho economico mediante estafa al restaurante Saint Raphael de Piccadilly. La policia solicita que continue detenido el sospechoso, porque estamos investigando otros delitos que entranan grandes cantidades de dinero.
Harry examino con disimulo a los magistrados. En un extremo habia un viejo carcamal, de largas patillas y cuello rigido, y en el otro, un tipo de aspecto similar, que llevaba la corbata de un regimiento; ambos bajaron sus narices hacia el. Harry penso que debian creer culpable a todo aquel que comparecia ante su presencia. Sus esperanzas flaquearon. Despues, se dijo que no costaba mucho convertir los prejuicios estupidos en incredulidad igualmente imbecil. Ojala no fueran muy inteligentes, si queria enganarles como a ninos. El presidente, en medio, era el unico que contaba. Era un hombre de edad madura, bigote y traje grises, y su aspecto aburrido insinuaba que habia escuchado mas historias inverosimiles y excusas plausibles de las que deseaba recordar. Deberia vigilarle con atencion, se dijo Harry, nervioso.
– ?Solicita usted la libertad bajo fianza? -pregunto a Harry el presidente.
Harry fingio confusion.
– ?Oh! ?Santo Dios, creo que si! Si, si. Desde luego.
Los tres jueces se incorporaron al reparar en su acento de clase alta. Harry disfruto del efecto ejercido. Estaba orgulloso de su habilidad para confundir las expectativas sociales de la gente. La reaccion del tribunal le dio animos. Puedo enganarles, penso. Apuesto a que si.
– Bien, ?que puede decir en su defensa? -pregunto el presidente.
Harry escucho con gran atencion el acento del presidente, intentando delimitar con toda precision su clase social. Decidio que el hombre pertenecia a la clase media culta; tal vez un farmaceutico, o un director de banco. Seria astuto, pero estaria acostumbrado a tratar con deferencia a la clase alta.
Harry adopto una expresion de embarazo, asi como el tono de un colegial dirigiendose a un maestro.
– Mucho me temo que se ha producido la mas espantosa de las confusiones, senor -empezo. El interes de los jueces aumento otro apice. Se removieron en sus asientos y se inclinaron hacia adelante, interesados. Comprendieron que no se trataba de un caso corriente, y agradecieron sacudirse el tedio habitual-. A decir verdad, algunas personas bebieron demasiado oporto ayer en el club Carlton, y esa es la autentica causa.
Hizo una pausa, como si fuera lo unico que tenia que decir, y miro al tribunal con aire expectante.
– ?El club Carlton! -exclamo el juez militar. Su expresion indicaba que los miembros de un club tan augusto no solian comparecer ante un tribunal.
Harry se pregunto si habia ido demasiado lejos. Quiza se negarian a creerle miembro del club.
– Es horriblemente embarazoso -se apresuro a continuar-, pero volvere y me disculpare de inmediato con todos los implicados, solucionando el problema sin mas demora… -Fingio recordar de repente que iba vestido de etiqueta-. En cuanto me haya cambiado, quiero decir.
– ?Esta diciendo que no tenia la intencion de robar veinte libras y un par de gemelos? -pregunto el viejo carcamal.
Su tono era de incredulidad, pero el que hicieran preguntas resultaba alentador. Significaba que no desechaban su historia de buenas a primeras. Si no hubieran creido una palabra de lo que habia dicho, no se habrian molestado en solicitar detalles. Su corazon se inflamo: ?podria salir libre!
– Tome prestados los gemelos. Habia salido sin los mios.
Levanto los brazos y mostro los punos sueltos de su camisa, sobresaliendo de las mangas de la chaqueta. Guardaba los gemelos en el bolsillo.
– ?Y las veinte libras? -pregunto el viejo carcamal.
Harry se dio cuenta, nervioso, de que era una pregunta mas dificil. No se le ocurrio ninguna excusa plausible. Es posible olvidarse los gemelos y coger prestados los de otra persona, pero coger dinero sin permiso equivalia a robar. Se encontraba al borde del panico, cuando la inspiracion acudio de nuevo en su rescate.
– Pienso que sir Simon se equivoco acerca del contenido autentico de su cartera. -Harry bajo la voz, como comunicando algo a los jueces que la gente vulgar de la sala no debia oir-. Es espantosamente rico, senor.
– No se hizo rico olvidando el dinero que tenia -indico el presidente. Una oleada de carcajadas se elevo del
