– ?Donde has estado? -pregunto.
– Hablando con nuestra anfitriona. Lo siento. ?Nos vamos?
Salio de la mansion con los gemelos y veinte libras de su anfitrion en el bolsillo.
Detuvieron un taxi en la plaza Belgravia y se dirigieron a un restaurante de Piccadilly. Harry adoraba los buenos restaurantes; las servilletas bien dobladas, las ropas resplandecientes, los menus en frances y los camareros deferentes le procuraban una inmensa sensacion de bienestar. Su padre nunca habia entrado en uno de ellos. Su madre si, cuando iba a hacer la limpieza. Pidio una botella de champan, consulto la carta con suma atencion y eligio un vino de reserva bueno, aunque no dificil de encontrar, de precio asequible.
Cuando empezo a llevar a las chicas a los restaurantes cometia algunas equivocaciones, pero aprendio a marchas forzadas. Un truco practico era dejar la carta sin abrir y decir «Me apetece lenguado. ?Tienen?». El camarero abria la carta y senalaba el lugar donde ponia
El champan elegido era bueno, pero no acababa de sentirse a gusto consigo mismo aquella noche, y supuso que el problema residia en Rebecca. No paraba de pensar en lo agradable que seria traer a una chica hermosa a un lugar como este. Siempre salia con chicas carentes de atractivo: chicas feas, chicas gordas, chicas cubiertas de granos, chicas idiotas. Era sencillo relacionarse con ellas y, en cuanto se entusiasmaban con el, lo aceptaban tal como era, negandose a dudar de el por temor a perderle. Como estrategia para introducirse en casa de los ricos eran inmejorables. La pega es que se pasaba la vida con chicas que no le gustaban. Algun dia, a lo mejor…
Rebecca estaba de mal humor esta noche. Algo la tenia descontenta. Quiza, despues de salir con Harry durante tres semanas, se estaba preguntando por que no habia intentado «propasarse», lo que ella traducia por tocarle las tetas. La verdad residia en que Harry era incapaz de fingir deseo hacia ella. Podia fascinarla, galantearla, hacerla reir, despertar amor en ella, pero no podia desearla. En una penosa ocasion, se habia encontrado en un pajar con una muchacha flacucha y deprimida dispuesta a perder la virginidad, y habia intentado forzarse a si mismo, pero su cuerpo se habia negado a cooperar, y todavia se estremecia de desagrado al pensar en ello.
La mayoria de sus experiencias sexuales habian tenido como objeto muchachas de su clase, pero ninguna de aquellas relaciones habia durado mucho. Solo recordaba una relacion amorosa satisfactoria. A la edad de dieciocho anos habia sido seducido con total premeditacion en Bond Street por una mujer mayor, la aburrida esposa de un abogado muy ocupado, y habian sido amantes durante dos anos. Ella le habia ensenado muchas cosas: sobre hacer el amor, asignatura que le ensenaba con entusiasmo, sobre las costumbres de la clase alta, que el asimilaba subrepticiamente, y sobre poesia, que leian y discutian juntos en la cama. Harry le habia tomado mucho carino. La mujer concluyo instantanea y brutalmente su relacion cuando el marido supo que ella tenia un amante (aunque Harry nunca supo como). Desde entonces, Harry les habia visto a los dos varias veces. La mujer siempre aparentaba mirarle como si no existiera. Harry considero cruel esta conducta. Ella habia significado mucho para el, y se habia sentido querido por su amante. ?Era obstinada o despiadada? Jamas lo sabria.
El, champan y la buena comida no mejoro el humor de Harry, ni tampoco el de Rebecca. Empezo a sentirse inquieto. Habia pensado en no volver a verla despues de esta noche, pero de repente no pudo soportar la idea de pasar con ella ni el resto de la velada. Le desagrado incluso la perspectiva de gastarse en ella el dinero de la cena. Contemplo su rostro hurano, desprovisto de maquillaje y encogido bajo un estupido sombrerito con pluma, y empezo a odiarla.
Despues de terminar los postres, pidio cafe y fue al lavabo. El guardarropa estaba junto al lavabo de caballeros, cerca de la salida, y no se veia desde la mesa. Un impulso irresistible se apodero de Harry. Cogio el sombrero, dio una propina a la encargada del guardarropa y salio del restaurante.
Hacia una noche muy agradable, sumida en la impenetrable oscuridad del apagon general, pero Harry conocia bien el West End, y podia guiarse por los semaforos, sin contar con el tenue resplandor de las luces laterales de los vehiculos. Se sintio como un colegial recien salido del colegio. Se habia desembarazado de Rebecca, ahorrado siete u ocho libras y concedido una noche libre, todo a la vez.
El gobierno habia cerrado los teatros, cines y salas de baile «hasta que se haya juzgado la amplitud del ataque aleman contra Inglaterra», segun decian. Sin embargo, los clubs nocturnos siempre funcionaban en los limites de la ley, y habia muchos abiertos, si se sabia donde buscar. Harry se instalo confortablemente al cabo de poco rato en un sotano del Soho, bebiendo whisky y escuchando una banda de jazz norteamericana de primera fila, mientras sopesaba la idea de gastarle una broma a la cigarrera.
Seguia pensando en ello cuando el hermano de Rebecca entro en el local.
A la manana siguiente estaba sentado en una celda situada bajo el palacio de justicia, deprimido y compungido, esperando que le llevaran ante los magistrados. Tenia graves problemas.
Largarse del restaurante de aquella manera habia sido una completa estupidez. Rebecca no era de las que se tragaban el orgullo y pagaba la cuenta sin armar alboroto. Monto un numero, el dueno llamo a la policia, la familia se vio mezclada… El tipo de escandalo que Harry siempre procuraba evitar. Aun asi, habria salido incolume, de no ser por la increible mala suerte de toparse con el hermano de Rebecca dos horas mas tarde.
Se encontraba en una celda grande, acompanado de otros quince o veinte prisioneros que serian llevados ante la justicia esta manana. No habia ventanas, y el humo de los cigarrillos llenaba la celda. Harry no seria juzgado hoy: se celebraria una audiencia preliminar.
Acabarian condenandole, por supuesto. Las pruebas en su contra eran abrumadoras. El jefe de los camareros confirmaria la acusacion de Rebecca, y sir Simon Monkford identificaria como suyos los gemelos.
Y aun era peor. Un inspector del Departamento de Investigacion Criminal habia interrogado a Harry. El hombre vestia el uniforme de detective, compuesto de traje de sarga, camisa blanca, corbata negra, chaleco sin cadena de reloj y botas gastadas y brillantes. Era un policia experimentado, de mente aguda y caracter cauteloso.
– Desde hace dos o tres anos -dijo-, recibimos curiosos informes, procedentes de familias acaudaladas, acerca de joyas extraviadas. No robadas, por supuesto. Simplemente extraviadas. Brazaletes, pendientes, colgantes, botones de camisa… Los propietarios estan muy seguros de que los objetos no han sido robados, porque la unica gente que ha tenido la oportunidad de llevarselos eran sus invitados. El unico motivo por el que han presentado la denuncia es para reclamarlos si aparecen en algun sitio.
Harry mantuvo la boca cerrada durante todo el interrogatorio, pero se sentia fatal por dentro. Hasta hoy, habia estado completamente seguro de que sus actividades habian pasado inadvertidas. Se quedo sorprendido al averiguar lo contrario: le pisaban los talones desde hacia tiempo.
El detective abrio un grueso expediente.
– El conde de Dorset, una bombonera de plata georgiana y una caja de rape lacada, tambien georgiana. La senora de Harry Jaspers, un brazalete de perlas con cierre de rubies, obra de Tiffany’s. La contessa di Malvoli, un colgante de diamantes
El detective miro con expresion significativa los botones de diamante que adornaban la camisa de Harry.
Harry comprendio que el expediente contenia detalles de docenas de delitos cometidos por el. Tambien sabia que acabaria siendo acusado de, como minimo, algunos de los robos. Este astuto detective relacionaria algunos hechos basicos; no le costaria nada encontrar testigos que ubicaran a Harry en cada lugar y momento en que se habian cometido los hurtos. Tarde o temprano, registrarian sus habitaciones y la casa de su madre. Habia vendido la mayoria de las piezas, pero se habia quedado unas cuantas; los botones de su camisa que el detective habia examinado los habia robado a un borracho dormido durante un baile en la plaza Grosvenor, y su madre poseia un broche que Harry habia arrebatado con gran destreza a una condesa en el curso de una fiesta de boda celebrada
