Hablo en tono alegre, pero sus ojos no sonreian.

– Lo siento, Lulu -dijo Mark.

– No tienes por que -contesto la actriz con jovialidad. Diana no queria que Mark se disculpara en su nombre.

Giro sobre sus talones y entro en el edificio, obligandole a seguirla.

El local era oscuro y frio. Habia una barra alta, con botellas y barricas detras. La sala, que tenia el suelo de tablas, albergaba unas pocas mesas y sillas de madera. Dos ancianos sentados en un rincon miraron a Diana. Llevaba una chaquetilla de seda rojo-anaranjada sobre el vestido de lunares. Se sintio como una princesa en una casa de empenos.

Una mujer menuda cubierta con un delantal aparecio detras del mostrador.

– Un conac, por favor -pidio Diana. Queria armarse de valor. Se sento a una mesa.

Mark entro…, probablemente despues de haber presentado sus excusas a Lulu, penso Diana con amargura. Tomo asiento a su lado.

– ?Que ha pasado? -pregunto Mark.

– Estoy harta de Lulu.

– ?Por que fuiste tan grosera?

– No fui grosera. Solo dije que queria hablar contigo a solas.

– ?No se te ocurrio una manera mas diplomatica de decirlo?

– Creo que esa mujer es inmune a las indirectas.

Mark parecia molesto y a la defensiva.

– Bueno, pues estas equivocada. Es una persona muy sensible, aunque aparente lo contrario.

– De todos modos, da igual,

– ?Como que da igual? ?Has ofendido a una de mis amistades mas antiguas!

La camarera trajo el conac de Diana. Lo bebio a toda prisa para fortalecer el animo. Mark pidio una jarra de Guinness.

– Da igual porque he cambiado de opinion sobre todos nuestros proyectos, y no pienso ir a Estados Unidos contigo -replico Diana.

Mark palidecio.

– No lo diras en serio.

– He estado pensando. No quiero ir. Volvere con Mervyn…, si me deja.

Estaba segura de que no se opondria.

– Tu no le quieres. Me lo dijiste. Y se que es verdad.

– ?Que sabes tu? Nunca has estado casado.

Una expresion dolida aparecio en el rostro de Mark. Diana se enternecio y apoyo una mano en su rodilla.

– Tienes razon, no quiero a Mervyn como te quiero a ti. -Se sintio avergonzada de si misma, y aparto la mano-. Pero no esta bien.

– He prestado demasiada atencion a Lulu -confeso Mark, arrepentido-. Lo siento, carino. Perdoname. Creo que me he enrollado tanto con ella porque hacia mucho tiempo que no la veia. No te he hecho caso. Esta es nuestra gran aventura, y me he olvidado durante una hora. Perdoname, por favor.

Se mostraba tierno cuando comprendia que se habia equivocado; su expresion apenada recordaba la de un colegial. Diana se obligo a recordar lo que habia sentido una hora antes.

– No se trata solo de Lulu -dijo-. Creo que mi comportamiento ha sido imprudente.

La camarera trajo la bebida de Mark, pero este no la toco.

– He dejado todo lo que tenia -prosiguio Diana-. Casa, marido, amigos y pais. Voy a cruzar el Atlantico en avion, que es muy peligroso. Y viajo hacia un pais desconocido en el que no tengo amigos, dinero ni nada.

Mark parecia abatido.

– Dios mio, ahora me doy cuenta de lo que hecho. Te he abandonado cuando te sentias mas vulnerable. Nena, soy un capullo redomado. Te prometo que nunca volvera a suceder.

Tal vez cumpliera su promesa, y tal vez no. Era carinoso, pero tambien descuidado. Cenirse a un plan no era su estilo. Ahora era sincero, pero ?recordaria su juramento la proxima vez que se encontrara con una vieja amistad? Su actitud despreocupada ante la vida fue lo primero que cautivo a Diana; y ahora, ironicamente, comprendia que esa actitud le hacia poco digno de confianza. En cambio, si algo se podia decir en favor de Mervyn, era lo contrario: buenas o malas, sus costumbres nunca se alteraban.

– Creo que no puedo confiar en ti -dijo Diana.

– ?Cuando te he decepcionado? -pregunto el, algo irritado.

A ella no se le ocurrio ningun ejemplo.

– De todos modos, lo haras.

– Lo importante es que tu quieres dejar atras todo eso. Eres infeliz con tu marido, tu pais esta en guerra y estas hasta la coronilla de tu hogar y de tus amistades… Tu me lo has dicho.

– Hasta la coronilla, pero no asustada.

– No tienes por que estar asustada. Estados Unidos es como Inglaterra. La gente habla el mismo idioma, va a ver las mismas peliculas, escucha las mismas orquestas de jazz. Te va a encantar. Yo cuidare de ti, te lo prometo.

Ojala pudiera creerle, penso Diana.

– Y no te olvides de otra cosa -siguio Mark-. Hijos.

La palabra llego al fondo de su corazon. Deseaba con toda su alma tener un hijo, y Mervyn se oponia radicalmente. Mark seria un buen padre, carinoso, alegre y tierno. Se sintio confusa, y su decision se tambaleo. Al fin y al cabo, tal vez deberia rendirse. ?Que significaban para ella el hogar y la seguridad si no podia tener una familia?

?Y si Mark la abandonaba antes de llegar a California? ?Y si otra Lulu aparecia en Reno, justo despues del divorcio, y Mark se fugaba con ella? Diana se quedaria sin marido, sin hijos, sin dinero y sin hogar.

Deseo haber reflexionado mas antes de decirle si. En lugar de echarle los brazos al cuello y acceder a todo, tendria que haber pensado en el futuro, sin descuidar el menor detalle. Tendria que haberle pedido una especie de seguridad, aunque solo hubiera sido un billete de vuelta por si las cosas se torcian. Claro que eso le habria ofendido y, en cualquier caso, se necesitaria algo mas que un billete para cruzar el Atlantico, ahora que la guerra habia estallado.

No se lo que tendria que haber hecho, penso abatida, pero ya es demasiado tarde para arrepentirse. He tomado mi decision y no quiero que me disuada.

Mark le cogio las manos. Ella estaba demasiado triste para apartarlas.

– Puesto que has cambiado de opinion una vez, hazlo otra vez -dijo, en tono persuasivo-. Ven conmigo, casemonos y tengamos hijos. Viviremos en una casa a pie de playa, y nuestros crios chapotearan en las olas. Seran rubios y bronceados, y creceran jugando al tenis, practicando el surfing y pedaleando en bicicletas. ?Cuantos ninos quieres? ?Dos? ?Tres? ?Seis?

Pero Diana habia superado su momento de debilidad.

– No esta bien, Mark. Voy a volver a casa.

Leyo en los ojos de Mark que ahora le creia. Intercambiaron una mirada de tristeza. Durante un rato, los dos guardaron silencio.

Entonces, Mervyn entro.

Diana no daba credito a sus ojos. Le miro como si fuera un fantasma. ?No podia estar aqui, era imposible!

– De modo que os he cazado -dijo, con su familiar voz de baritono.

Emociones contradictorias se apoderaron de Diana. Estaba consternada, conmovida, asustada, aliviada, turbada y avergonzada. Se dio cuenta de que su marido observaba sus manos entrelazadas con las de otro hombre. Se solto de Mark con brusquedad.

– ?Que te pasa? ?Que ocurre? -pregunto Mark.

Mervyn se acerco a la mesa y se quedo de pie con los brazos en jarras, observandoles.

– ?Quien demonios es este pelmazo? -pregunto Mark.

– Mervyn dijo Diana con voz debil.

– ?Caramba!

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