– ?Que hacen los demas?

– Bueno, el miembro mas importante es el navegante, Jack Ashford, sentado a la mesa de mapas. -Jack, un hombre de cabello oscuro, ojos azules y facciones regulares, levanto la vista y sonrio. Eddie prosiguio-. Ha de calcular donde estamos, cosa dificil en mitad del Atlantico. Tiene una cupula de observacion, entre los compartimentos de carga, y mide la posicion de las estrellas con un sextante.

– Es un octante de burbuja, en realidad -puntualizo Jack.

– ?Que es eso?

Jack le enseno el instrumento.

– La burbuja te dice cuando el octante esta ajustado. Identificas una estrella, miras por la lente y ajustas el angulo de la lente hasta que la estrella aparenta alinearse con el horizonte. Lees el angulo de la lente aqui, miras en el libro de tablas y averiguas tu posicion.

– Parece facil -dijo Percy.

– Solo en teoria -rio Jack-. Uno de los problemas de esta ruta es que podemos volar entre nubes durante todo el viaje, sin ver nunca una estrella.

– De todos modos, conociendo el punto de partida y continuando en la misma direccion, es dificil equivocarse.

– A eso se le llama navegar a ojo. Sin embargo, es posible equivocarse, porque el viento de costado te desvia.

– ?Y puede calcular cuanto?

– Podemos hacer algo mejor. Hay una pequena trampilla en el ala, por la cual lanzo una bengala al agua y observo su trayectoria. Si se mantiene en linea con la cola del avion, significa que no nos desviamos, pero si parece moverse a un lado o a otro, es que si.

– Parece un poco rudimentario.

Jack volvio a reir.

– Y lo es. Si tengo mala suerte, no veo ni una estrella en toda la travesia y calculo mal nuestra posicion, podemos desviarnos cientos de kilometros o mas de nuestra ruta.

– ?Y que sucede entonces?

– Nos enteramos en cuanto penetramos en el radio de un faro o una emisora de radio, y corregimos nuestra trayectoria.

Eddie observo la curiosidad y comprension que se reflejaban en el inteligente rostro juvenil. Un dia, penso, le explicare estas cosas a mi hijo. Eso le llevo a pensar en Carol-Ann, y el recuerdo hincho de dolor su corazon. Si el invisible senor Luther hiciera acto de aparicion, Eddie se sentiria mejor. Cuando averiguara las intenciones de aquellos hombres comprenderia al menos por que le estaba ocurriendo algo tan espantoso.

– ?Puedo ver el interior del ala? -pregunto Percy.

– Claro -contesto Eddie.

Abrio la escotilla que daba al ala de estribor. El rugido de los enormes motores se oyo al instante con mucha mayor potencia; olia a aceite caliente. En el interior del ala habia un pequeno y angosto pasadizo. Detras de cada uno de los dos motores habia un cubiculo para el mecanico, lo bastante alto para que un hombre se mantuviera de pie. Los interioristas de la Pan American no se habian adentrado en este espacio, que consistia en un mundo utilitario de puntales y remaches, cables y tubos.

– La mayoria de las cubiertas de vuelo son asi -grito Eddie.

– ?Puedo entrar?

Eddie meneo la cabeza y cerro la puerta.

– Los pasajeros no pueden pasar de este punto. Lo siento.

– Te ensenare mi cupula de observacion -dijo Jack.

Condujo a Percy a la parte posterior de la cubierta de vuelo. Eddie examino los cuadrantes, de los que habian hecho caso omiso durante los ultimos minutos. Todo iba bien.

El encargado de la radio, Ben Thompson, recito las condiciones de Foynes.

– Viento del oeste, veintidos nudos, mar picada.

Un momento despues, en el tablero de Eddie se apago la luz situada sobre la palabra «Vuelo» y se encendio la de «Amaraje».

– Motores preparados para el aterrizaje -anuncio, despues de echar un vistazo a los cuadrantes de temperatura. La comprobacion era necesaria, porque los motores de alta compresion podian resultar danados por una desaceleracion demasiado brusca.

Eddie abrio la puerta que conducia a la parte trasera del avion. Habia un estrecho pasillo, con bodegas de carga a cada lado, y una cupula sobre el pasillo, a la que se accedia por una escalerilla. Percy estaba de pie en la escalerilla, mirando por el octante. Detras de las bodegas de carga habia un espacio que, en teoria, albergaba las camas de la tripulacion, pero no se habia amueblado; cuando la tripulacion descansaba, lo hacia en el compartimento numero 1. Al final de esta seccion, una compuerta conducia al espacio de cola donde corrian los cables de control.

– Vamos a amarar, Jack -grito Eddie.

– Es hora de que vuelvas a tu asiento jovencito -dijo Jack.

Eddie intuyo que Percy no era demasiado bueno. Aunque obedecia todas sus indicaciones, en sus ojos aleteaba un brillo travieso. De momento, sin embargo, se portaba a las mil maravillas, y bajo sin rechistar a la cubierta de pasajeros.

El tono del motor cambio y el avion empezo a perder altura. La tripulacion procedio en forma automatica a efectuar la rutina perfectamente coordinada del amaraje. Eddie tenia ganas de contar a los demas lo que le estaba pasando. Se sentia solo y desesperado. Eran sus amigos y companeros; existia una confianza mutua entre todos; habian cruzado el Atlantico juntos; queria explicarles su situacion y pedirles consejo. Pero era demasiado peligroso.

Se irguio y miro por la ventana. Diviso una pequena ciudad y supuso que se trataba de Limerick. En las afueras de la ciudad, en la orilla norte del estuario del Shanon, se estaba construyendo un gran aeropuerto, en el que aterrizarian aviones e hidroaviones. Hasta que estuviera terminado, los hidroaviones se posaban en el lado sur del estuario, al abrigo de una pequena isla, cerca de un pueblo llamado Foynes.

Se dirigian hacia el noroeste, de modo que el capitan Baker tuvo que girar cuarenta y cinco grados el aparato para efectuar el amaraje, zambullendose en el viento del oeste. Una lancha del pueblo estaria patrullando la zona, vigilando los pecios flotantes que pudieran danar el avion. El barco de reabastecimiento de combustible, cargado con barriles de veinticuatro litros, estaria dispuesto, y habria una multitud de curiosos en la orilla, atraidos por el milagro de que un barco pudiera volar.

Ben Thomas estaba hablando por el microfono de la radio. Desde una distancia superior a pocos kilometros tenia que utilizar el codigo morse, pero ya se encontraban lo bastante cerca para comunicarse mediante la radio. Eddie no distinguia las palabras, pero dedujo del tono tranquilo y relajado que todo marchaba bien.

Perdian altura sin cesar. Eddie vigilo sus cuadrantes y efectuo algunos ajustes ocasionales. Una de sus tareas mas importantes era sincronizar la velocidad de los motores, un trabajo que exigia mayor atencion cuando el piloto realizaba frecuentes cambios de velocidad.

Amarar en una mar serena casi no se notaba. En condiciones ideales, el casco del clipper se hundia en el agua como una cuchara en la nata. Eddie, concentrado en su panel de instrumentos, no se daba cuenta muchas veces de que el barco se habia posado hasta que llevaba en el agua varios segundos. Sin embargo, el mar estaba picado hoy, una circunstancia adversa en cualquier lugar que se eligiera para descender.

El punto mas bajo del casco, que se llamaba estribo, fue el primero en tocar, y se produjeron una serie de ruidos sordos mientras cortaba la cresta de las olas. Apenas duraron uno o dos segundos; luego, el gigantesco aparato se hundio unos centimetros mas y surco la superficie. Eddie consideraba que los aviones convencionales aterrizaban con mas brusquedad, pues en ocasiones rebotaban varias veces. Muy poca espuma salio proyectada hacia las ventanas de la cubierta de vuelo, que ocupaba el nivel superior. El piloto disminuyo la velocidad al instante y el avion empezo a detenerse. El avion volvia a ser un barco.

Eddie miro por la ventana mientras se deslizaban hacia el amarradero. A un lado estaba la isla, baja y desnuda; distinguio una casita blanca y algunas ovejas. Al otro se hallaba la tierra firme. Vio un muelle de hormigon, con un barco de pesca grande amarrado, varios depositos para almacenar combustible de enorme

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