Diana se sintio humillada. No sabia lo que habia pedido, como una quinceanera en un bar. Todos estos personajes cosmopolitas ya sabian que era una provinciana ignorante.
– Permitame que le traiga otra cosa, senora -dijo Davy.
– Una copa de champan -pidio, malhumorada. -Al instante.
Diana hablo a Mark, algo enfadada.
– Jamas habia tomado un martini. Se me ocurrio probarlo. No tiene nada de malo, ?verdad?
– Claro que no, carino -contesto el, palmeandole la rodilla.
– Este conac es impresentable, joven -dijo la princesa Lavinia-. Haga el favor de traerme un poco de te.
– Enseguida, senora.
Diana decidio ir al lavabo de senoras.
– Con permiso -dijo, levantandose y saliendo por la puerta en forma de arco que conducia a la parte posterior.
Paso por otro compartimento de pasajeros igual al que habia dejado y llego a la cola del avion. A un lado habia un pequeno compartimento, ocupado por solo dos personas, y al otro una puerta con el letrero «Tocador de senoras». Entro.
El tocador levanto sus animos. Era muy bonito. Habia una mesa con dos taburetes tapizados en piel azul turquesa, y las paredes estaban cubiertas de tela beige. Diana se sento frente al espejo para retocarse el maquillaje. Mark llamaba a esta actividad reescribirse la cara. Frente a ella tenia panuelos de papel y crema para el cutis.
Al mirarse, vio a una mujer desdichada. Lulu Bell habia irrumpido como una nube que oculta el sol. Habia monopolizado la atencion de Mark, consiguiendo que este tratara a Diana como una pequena molestia. Claro que Lulu era, mas o menos, de la misma edad que Mark; el tenia treinta y nueve y ella debia rebasar los cuarenta. Diana solo tenia treinta y cuatro. ?Se daba cuenta Mark de lo mayor que era Lulu? Los hombres demostraban una gran estupidez en estos asuntos.
El autentico problema era que Mark y Lulu tenian mucho en comun: los dos trabajaban en el negocio del espectaculo, los dos eran norteamericanos, los dos habian vivido los primeros tiempos de la radio. Diana no compartia nada de todo esto. Exagerando un poco, se podia decir que no habia hecho nada, excepto pertenecer a la alta sociedad de una ciudad provinciana.
?Seria lo mismo con Mark? Diana se dirigia al pais de el. A partir de ahora, el lo sabria todo, pero ella se desenvolveria en un mundo extrano por completo. Se relacionarian con los amigos de el, porque Diana no tenia ninguno en Estados Unidos. ?Cuantas veces mas se reirian de ella por desconocer lo que todo el mundo sabia, como el hecho de que un martini seco supiera a ginebra fria?
Se pregunto si echaria mucho de menos el mundo comodo y predecible que dejaba a su espalda, el mundo de bailes de caridad y cenas de los masones en hoteles de Manchester, donde conocia a todo el mundo, todas las bebidas y todos los platos. Era aburrido, pero seguro.
Meneo la cabeza, agitando su cabello. No iba a seguir pensando de aquella manera. Estaba harta de aquel mundo, penso; anhelaba aventuras y emociones; y ahora que las tengo, voy a disfrutarlas.
Tomo la resolucion de llevar a cabo un esfuerzo decidido por recobrar la atencion de Mark. ?Que podia hacer? No queria entablar una confrontacion directa y echarle en cara su comportamiento. Seria propio de una persona debil. Tal vez un trago de su propia medicina resultaria eficaz. Ella podia hablar con otra persona, igual que el hablaba con Lulu. Quiza esa tactica le abriria los ojos. ?A quien elegiria? El atractivo muchacho sentado al otro lado del pasillo iria de perlas. Era mas joven que Mark, y de mayor envergadura. Mark se pondria muy celoso.
Se aplico perfume detras de las orejas y entre los pechos, y salio del tocador. Movio las caderas mas de lo necesario mientras caminaba por el avion, complacida por las miradas lujuriosas de los hombres y las envidiosas o admirativas de las mujeres. Soy la mujer mas hermosa del avion, y Lulu Bell lo sabe, penso.
Cuando llego al compartimento no se sento en su asiento, sino que se dirigio a la parte izquierda y miro por la ventana, inclinandose sobre el hombro del joven vestido con el traje a rayas. El le dedico una sonrisa de bienvenida.
Ella le devolvio la sonrisa.
– ?A que es maravilloso? -dijo.
– Ni mas ni menos -contesto el joven.
Diana reparo en que el joven dirigia una mirada de preocupacion al hombre sentado frente a el, como si esperase una reprimenda. Casi parecia que fuera su carabina.
– ?Viajan juntos ustedes dos? -pregunto Diana.
– Se podria decir que somos socios -respondio cortesmente el hombre calvo. Extendio su mano, como si hubiera recordado de repente sus buenos modales-. Ollis Field.
– Diana Lovesey.
Le estrecho la mano con cierta repugnancia. El hombre llevaba sucias las unas. Se volvio hacia el joven.
– Frank Gordon -dijo el.
Los dos eran norteamericanos, pero su parecido terminaba alli. Frank Gordon iba bien vestido, con un alfiler de cuello de camisa y un panuelo de seda en el bolsillo superior de la chaqueta. Olia a colonia y utilizaba un poco de brillantina en el cabello rizado.
– ?Que estamos sobrevolando? ?Todavia es Inglaterra?
Diana se inclino sobre el y miro por la ventana, dejando que el joven aspirara su perfume.
– Creo que debe ser Devon -dijo, aunque no tenia ni idea.
– ?De donde es usted? -pregunto Gordon.
Diana se sento a su lado.
– De Manchester -contesto. Miro a Mark, capto su expresion de estupor y devolvio su atencion a Frank-. Esta en el noroeste.
Ollis Field encendio un cigarrillo con aire de censura. Diana cruzo las piernas.
– Mi familia procede de Italia -explico Frank. El gobierno italiano era fascista.
– ?Cree que Italia entrara en guerra? -pregunto.
Frank denego con la cabeza.
– Los italianos no quieren la guerra.
– Supongo que nadie quiere la guerra.
– Entonces, ?por que la hay?
Diana penso que era un hombre intrigante. Tenia dinero, eso estaba claro, pero parecia inculto. La mayoria de los hombres se mostraban ansiosos por explicarle cosas, por exhibir ante ella sus conocimientos, tanto si lo deseaba como si no, pero este no se comportaba igual.
– ?Que opina usted, senor Field? -pregunto a su acompanante.
– No opino -contesto con hosquedad.
Diana se volvio hacia el joven.
– Quiza los lideres fascistas solo puedan controlar a la gente mediante la guerra.
Miro a Mark y observo con desagrado que continuaba hablando animadamente con Lulu; estaban riendo como colegiales. Se sintio deprimida. ?Que le pasaba a su amante? A estas alturas, Mervyn ya le habria roto la nariz a Frank.
Penso en decirle «Hableme de usted», pero se sintio incapaz de soportar el aburrimiento de su respuesta, y se reprimio. En este momento, Davy, el mozo, le trajo su champan y un plato de tostadas cubiertas de caviar. Aprovecho la oportunidad para regresar a su asiento, abatida.
Escucho la conversacion de Mark y Lulu durante un rato, y despues se abismo en sus pensamientos. Era una tonteria enfadarse por culpa de Lulu. Mark estaba comprometido con ella, Diana. Lo unico que pasaba era que le gustaba hablar de los viejos tiempos. Diana no debia preocuparse por Estados Unidos: habia tomado una decision, la suerte estaba echada y Mervyn ya habria leido su nota. Era estupido recelar de una rubia tenida de cuarenta y cinco anos como Lulu. Pronto aprenderia las costumbres norteamericanas, y se familiarizaria con sus bebidas, programas de radio y manias. No tardaria en tener mas amigos que Mark; atraia a la gente, no podia remediarlo.
Empezo a pensar en el largo vuelo sobre el Atlantico. Cuando leyo las noticias sobre el
