Finalmente encontraron un viejo taller donde eligieron una rueda ya usada que, naturalmente, Albert pago.

– Si la tengo que pagar yo el viaje no me sale a cuenta -explico Eguia a modo de excusa.

Compraban pan y lo que encontraban y comian y dormian en la camioneta. Albert se ofrecio a conducir, y aunque Eguia al principio se nego termino por aceptar para poder descansar.

– ?Menudo viajecito! Si lo se les pido mas por traerles -se quejo el chatarrero.

Albert James escribiria posteriormente algunos articulos sobre la Espana de la posguerra, en los que relataba que habia encontrado un pais que carecia de todo y en el que el miedo habia sellado la voz de la gente.

Explico que cuando paraban a tomar un cafe en cualquier bar, o a echar gasolina, o cuando entraban en alguna tienducha de mala muerte a comprar pan, se encontraban con un muro ante cualquier intento de obtener una opinion sobre la marcha de la situacion politica.

Tambien le sorprendian los discursos exageradamente patrioticos de los nuevos jerarcas, pero, por encima de todo, le sobrecogia el hambre. En un articulo escribio que en aquellos anos los espanoles llevaban dibujado el hambre en el rostro.

Nada mas entrar en Asturias, la camioneta se paro en medio de un puerto de montana. Tuvieron que bajarse y entre todos empujarla fuera de la carretera, donde Eguia intento arreglarla.

– ?Uf, esto esta fatal! -exclamo tras observar el motor.

– Pero ?lo podra arreglar? -pregunto Amelia.

– Pues no lo se, puede que si o puede que no.

Tuvieron suerte. Unos cuantos camiones del Ejercito pasaron por el lugar y Eguia les hizo senas para que pararan.

El capitan que mandaba el grupo de los cuatro camiones resulto ser un hombre afable.

– Yo de esto no se mucho, pero el sargento es un manitas y ya vera como arregla el motor.

Amelia rezo para que no les pidieran la documentacion. Sobre todo temia que hicieran cualquier pregunta a Rajel, ya que esta solo hablaba aleman, o a Albert, que aunque hablaba espanol no lo hacia con fluidez. Al principio el capitan no mostro un interes especial en las dos mujeres, pero si por Albert.

– ?Y usted de donde es? -le pregunto.

– Soy estadounidense.

– ?Vaya! ?No sera usted de los que vinieron con las Brigadas Internacionales? -dijo riendose.

– No, claro que no.

– Se le nota, hombre, se le nota, usted tiene aspecto de pudiente, de ser uno de esos americanos a los que le sobran los dolares.

– El dinero nunca sobra -respondio Albert por decir algo.

– ?Y esas chicas?

– Mi esposa y su hermana.

– Ya tiene usted merito en aguantar a la mujer y a la cunada.

– Son buenas personas -respondio Albert, que no entendia del todo las bromas del capitan.

– No se fie, las mujeres son iguales en todas partes.

– ?Ya esta, mi capitan! -les interrumpio el sargento-. La averia no era tan gorda como parecia.

El capitan dudo, eso de encontrarse a un estadounidense en Asturias le sonaba raro, pero recordo que Espana no tenia nada contra los americanos, de manera que opto por desearles buen viaje.

– ?Vayan con cuidado!

Tres dias mas tarde llegaron a Portugal. Eguia les dijo que pasarian la frontera por un pueblo donde apenas habia vigilancia.

– El pueblo esta pegado a la frontera; los vecinos ven Portugal desde sus ventanas y pasan al otro lado persiguiendo a las gallinas.

– Pero ?esta seguro de que aqui no hay guardias? -pregunto Amelia con recelo.

– Estoy seguro; ademas aqui tengo un amigo que nos ayudara.

El amigo de Eguia se llamaba Mourino, al parecer se habian conocido en la mili y habian congeniado hasta el extremo de hacer negocios de contrabando esquivando la frontera, el uno con Francia y el otro con Portugal. Al acabar la guerra volvieron a las andadas.

Mourino les invito a comer pan con queso y un vaso de vino, mientras el y su amigo Eguia hablaban de negocios. El vasco descargo la chatarra, y Mourino lo llevo al corral donde, bajo una lona, guardaba unos cuantos paquetes para que los llevara a San Sebastian.

– Es tabaco ingles -explico-. A los franceses les encanta.

Nadie les pregunto nada y pasaron a Portugal sin encontrar ni un solo guardia.

– ?Esto es increible! No podia imaginar que pasariamos la frontera tan facilmente -exclamo Albert.

– No se crea que es facil, es que este pueblo esta alejado de los pasos fronterizos y si tienes suerte no encuentras a ningun guardia y pasas sin problema. Por aqui hay mucho contrabando.

– Pensaba que vendia chatarra…

– Y mas cosas.

En Lisboa buscaron una pension cerca del puerto que les recomendo el propio Eguia.

– No es gran cosa, pero las sabanas suelen estar limpias y lo mas importante: no hacen preguntas.

Aquella noche, por fin, tomaron un plato caliente de comida y durmieron entre sabanas, si bien menos limpias de lo que Eguia les habia asegurado.

A la manana siguiente, Albert telefoneo a su tio Paul.

– ?Se puede saber donde estas?

– Ahora en Lisboa, pero antes he atravesado media Francia y otra media Espana para llegar aqui.

– Vaya, no sabia que te gustaba tanto viajar -respondio su tio con un deje de ironia.

– Ni yo tampoco. Veras, tio Paul, necesito tu ayuda.

– Ya me extranaba a mi esta llamada. Y bien, ?que sucede?

– Tengo una amiga, una persona muy especial…

– ?Amelia Garayoa?

– No, no se trata de ella, aunque esta aqui conmigo. Es una persona que conoci en Berlin, se llama Rajel Weiss y es judia.

– Ya. ?Y que es lo que quieres?

– Que nuestra embajada le facilite algun documento o permiso para que pueda viajar a Estados Unidos.

– Querras decir a Inglaterra.

– No, quiero decir a Estados Unidos, tiene familia alli.

– Como ya supondras, no puedo hacer nada.

– ?Por favor, se que puedes! No te lo pediria si no fuera importante. ?Sabes lo que esta pasando con los judios en Alemania?

– Ya se que a Hitler no le gustan los judios, pero no podemos acoger a todos los que intentan huir de Alemania.

– No te estoy pidiendo un imposible, solo un salvoconducto para sacarla de aqui.

– No puedo hacer excepciones.

– ?Claro que puedes! Solo pretendo que Rajel llegue a Estados Unidos.

– ?Y como sabes que alli la admitiran?

– Si tu me consigues el salvoconducto yo me encargo de resolver el problema con la aduana de Nueva York.

– Me gustaria ayudarte, pero no puedo.

– ?Sabes lo que eso significa? Hemos atravesado media Europa para llegar hasta aqui. Te aseguro que no ha sido facil, sin Amelia y sin Carla Alessandrini no lo habriamos conseguido.

– ?Carla Alessandrini? ?Te refieres a la gran diva de la opera?

– Si, una mujer muy valiente y decidida, gran amiga de Amelia.

– ?Vaya, vaya! Tu amiga Amelia es una caja de sorpresas.

– ?Vas a ayudarme o no?

– Vere si puedo hacer algo, pero tened cuidado: en Lisboa hay agentes nazis por todas partes.

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