– ?No digas eso! ?No es cierto! Yo… yo te quiero, quiza no como tu esperas ni como te mereces, pero te quiero, a mi manera te quiero.

– Ese es el problema, tu manera de quererme.

Amelia Garayoa llego a Berlin el 10 de junio, el mismo dia en que Italia declaro la guerra a Francia y el Reino Unido. Suspiro aliviada cuando salio de la estacion de Berlin. La policia no parecio prestarle atencion. Era una mujer mas, cargada con una maleta y una bolsa. Amelia procuro andar con paso decidido. El comandante Murray la habia advertido que si los alemanes llegaban a sospechar de ella, la fusilarian por espia.

Se dirigio directamente a casa de Helmut Keller, el contable de la empresa de su padre y de herr Itzhak. En los dos ultimos dias habia trazado un plan preciso. Pensaba pedir a herr Helmut que le alquilara una habitacion. No podia permitirse volver a hospedarse en el hotel Adlon, y se sentiria mas segura viviendo en una casa; ademas, si el la acogia, le serviria de coartada, puesto que siempre podia pasar por una invitada de la familia y demostrar los viejos lazos que les unian, familiares pero tambien comerciales.

Herr Helmut se alegro de volver a verla. Su esposa, Greta, continuaba enferma y el buen hombre la cuidaba con mimo, haciendose cargo, ademas, de las labores de la casa.

– Menos mal que ahora buena parte de mi trabajo como contable lo hago en casa; de lo contrario, no podria atender a Greta.

Le sorprendio la propuesta de Amelia, pero no dudo en aceptar tenerla como huesped.

– No hace falta que me pague nada, con lo que gano tengo suficiente.

– Usted me hace un gran favor acogiendome en su casa, me sentiria muy sola en un hotel. No es que pueda pagarle mucho, pero al menos le vendran bien unos cuantos marcos, y desde luego contribuire a los gastos de comida, y le ayudare cuanto pueda a cuidar a su esposa.

Greta tampoco puso ninguna objecion a tener a Amelia como huesped. La mujer sentia simpatia por la joven espanola, y aun recordaba a su padre, Don Juan, todo un caballero ademas de generoso. Tambien tendria con quien charlar aparte de con su marido ahora que pasaba la mayor parte del tiempo en cama. Tenia asma y se cansaba apenas daba unos pasos.

El cuarto de Amelia era pequeno, antes habia servido de trastero.

– Me gustaria que pudiera quedarse en la habitacion de mi hijo Frank; pero aunque no viene a menudo porque esta en el Ejercito, su madre quiere que el continue teniendo su cuarto como cuando vivia con nosotros.

– Estare bien aqui, herr Helmut, no necesito mucho, salvo la cama y una mesa con una silla, el armario es amplio; de verdad que no necesito nada mas.

Amelia les explico que ahora que habia estallado la guerra entre Inglaterra y Alemania, ella estaba pensando regresar a Espana y buscar trabajo, y puesto que Alemania se estaba convirtiendo en la nacion mas poderosa de Europa, habia pensado en perfeccionar el aleman y tratar de volver a poner en marcha el viejo negocio familiar. Puesto que herr Helmut habia salvado unas cuantas maquinas, quiza podria ensenarle como funcionaba el negocio antes de la guerra y la posibilidad de retomarlo. Ademas, les dio a entender que queria sobreponerse de un reves personal.

El buen hombre acepto lo que le decia Amelia, aunque mas tarde confesaria a su mujer que, en su opinion, la joven debia de estar escapando de algun fracaso sentimental, y se refirio al apuesto periodista norteamericano que la habia acompanado en el viaje anterior.

La tarde del dia siguiente de su llegada a Berlin Amelia se dirigio a casa del profesor Karl Schatzhauser. Pensaba que era mejor retomar el contacto con el jefe de aquel grupo de oposicion en vez de hacerlo directamente con Max.

El profesor Schatzhauser no parecio demasiado sorprendido al verla. La hizo pasar a su despacho y le ofrecio una taza de te.

– ?Trae usted noticias de Londres? ?Van a tomarnos en consideracion? -le pregunto sin mas preambulos.

– Hemos trasladado cuanto nos dijeron. Naturalmente su primera preocupacion son los planes que el Fuhrer pueda tener con respecto a Inglaterra.

– Ya, los ingleses primero se preocupan de lo que les pueda pasar, ?no es asi?

– Dificilmente podran ayudarles si no se pueden ayudar a ellos mismos, ?no cree?

– ?Y su amigo, el senor James? ?Por que no esta el aqui?

– Albert es periodista y su compromiso con la libertad pasa por contar lo que ve. Le aseguro que sus articulos en los periodicos britanicos y estadounidenses han tenido un gran impacto. Ha descrito a Hitler como el mayor peligro y le aseguro que en Estados Unidos sus cronicas han provocado una gran conmocion porque alli son muchos los que creen que no les concierne lo que sucede en Europa.

– De manera que usted trabaja para los britanicos pero no asi el senor James. ?Lastima! Me parecio un hombre cabal en quien se podia confiar. Usted es muy joven y ademas espanola, ?como es que trabaja para los britanicos?

– ?Oh, no, no crea que trabajo para los britanicos ?Solo soy un correo. Y si hago esto es precisamente porque soy espanola y aspiro que esta guerra nos ayude a librarnos de Franco.

– ?Usted quiere que la guerra se traslade tambien a Espana?

– Yo quiero que ustedes derroten a Hitler, y un Hitler derrotado significaria que Franco se quedaria sin su principal aliado despues del Duce.

– Un fin muy loable, aunque permitame que le diga que no confie demasiado.

– Y no lo hago, pero tampoco puedo quedarme de brazos cruzados.

– Bien, ahora expliqueme exactamente que quieren sus amigos de Londres, y yo le dire a mi vez lo que nosotros esperamos de ellos.

Amelia fue lo bastante ambigua como para no comprometerse a nada ni tampoco pedir aquello que supiera que no podia obtener. Su mision poco tenia que ver con la suerte del grupo opositor que dirigia el profesor Karl Schatzhauser. Lo que el comandante Murray le habia ordenado era averiguar cuanto pudiera, a traves de Max von Schumann, de los movimientos de la Wehrmacht. Claro que para eso debia prestar atencion al grupo del profesor Schatzhauser.

El profesor Schatzhauser le propuso que al dia siguiente la acompanara a una cena.

– Cenaremos en casa de buenos amigos, asistira tambien nuestro querido Max y el padre Muller, que siempre les estara agradecido a usted y al senor James por lo que hicieron por Rajel. Se alegrara de saber que esta sana y salva en Nueva York.

Amelia estaba sorprendida por la alegria y la despreocupacion en que parecian vivir los berlineses. En las calles de la ciudad, las mujeres paseaban con sus hijos ajenas a cualquier quebranto, los cabarets continuaban abarrotados y los comerciantes disponian sus mercancias ajenos a nada que no fuera contentar a su clientela.

Aunque en Londres la poblacion era consciente de la guerra, y el reembarco de los soldados en las playas de Dunkerque habia sido seguido con angustia.

De regreso a la casa de herr Helmut, Amelia entro en una tienda para comprar te y un pan dulce con idea de agradar a frau Greta. La mujer se mostraba amable y bien dispuesta hacia ella.

Amelia se dijo que habia sido un acierto alojarse en aquella casa. Eso le permitia pasar mas inadvertida, aunque en el Berlin de aquellos dias miles de ojos parecian escrutar hasta el interior de las casas.

Greta se mostro agradecida por el te y el pan dulce y le propuso a Amelia tomarlo juntas. Herr Helmut aun no habia regresado a casa ya que habia acudido a llevar los libros de cuentas a una tienda a la que llevaba la contabilidad. El buen hombre trabajaba cuanto podia para ganar lo suficiente para mantener a Greta, sobre todo por lo costoso del tratamiento de su enfermedad.

El profesor Schartzhauser acudio a casa de los Keller a recoger a Amelia. Herr Helmut le abrio la puerta y le invito a pasar, pero Amelia ya estaba lista, de manera que se marcharon de inmediato.

Amelia habia explicado a los Keller que el profesor Schartzhauser era un viejo amigo de su padre, y que amablemente se habia ofrecido para ayudarla en cuanto fuera necesario durante su estancia en Berlin.

El profesor Schatzhauser conducia un viejo coche de color negro y no parecia muy comunicativo.

– ?Esta preocupado? -pregunto Amelia.

– Max me ha avisado de que acudiran dos invitados importantes, el almirante Canaris y su ayudante, Hans Oster. Son dos hombres importantes dada su jerarquia militar y su posicion social.

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