cocina, revisando unos libros de contabilidad.
Amelia le explico que pensaba regresar a casa.
– ?Ha sucedido algo? -se intereso el hombre.
– No, pero ya sabe que mi hermana Antonietta esta enferma, y no quiero pasar demasiado tiempo alejada de ella. Pero volvere, herr Helmut y si usted me hace la bondad de continuar alquilandome la habitacion, le estare muy agradecida. Creo que puedo encontrar trabajo en Berlin, he conocido a algunas personas que necesitan a alguien que hable bien espanol. Ya sabe de la colaboracion de Hitler y Franco, nuestros dos paises son aliados…
Helmut Keller asintio. Nunca habia hablado de politica con Amelia; los dos habian evitado cualquier referencia sobre lo que pasaba. A el le sorprendia que Amelia no hiciera ninguna alusion sobre el nazismo, y mas teniendo en cuenta que su padre habia perdido su fortuna a causa del nuevo regimen, pero tampoco se atrevia a declarar delante de la muchacha su odio al Fuhrer, porque bien sabia que las ideas de los padres no las heredan los hijos. Su propio hijo, Frank, parecia estar contento en el Ejercito; decia que Hitler estaba devolviendo su grandeza a Alemania. Al principio discutian, y despues padre e hijo evitaron hablar de politica para no disgustar a Greta, que sufria al verles pelear.
Los siguientes dias Amelia los dedico a despedirse del profesor Karl Schatzhauser, del padre Muller y de otros miembros de aquella celula de oposicion. Les aseguro que regresaria en breve. Tambien tomo una decision: se confesaria con el padre Muller y en esa confesion incluiria su colaboracion con los britanicos.
– Eso no es pecado -le reprocho el.
– Lo se, pero necesito asegurarme de que no compartiras esta informacion con nadie.
– No puedo hacerlo, estoy obligado por el secreto de confesion- respondio el, con fastidio-. ?Dime por que me lo has confesado?
– Porque necesito ayuda, ademas de confiar en alguien.
Al dia siguiente fue a visitar al sacerdote a su casa. Le adiestro para que encriptara en clave cualquier informacion que pudiera tener relevancia y le pidio que, una vez encriptada la informacion y convertida en una vulgar e insulsa carta, la enviara a la misma direccion en Madrid adonde ella enviaba sus propias cartas.
– Con esta clave, cualquiera que lea tus cartas pensara que escribes a una vieja amiga.
– ?Y no deberias instruir a alguien mas por si a mi me sucediera algo? -pregunto con preocupacion el padre Muller.
– No te va a pasar nada, y ademas no es conveniente que todos conozcan este sistema de cifrar mensajes. No olvides que las cartas llegaran a Madrid, donde hay numerosos espias alemanes. Podriamos poner en peligro a la persona que recibe las misivas.
Fue el padre Muller quien acompano a Amelia a la estacion y la ayudo a acomodarse en su compartimento, que para alivio de ambos estaba ocupado por una mujer con tres ninos pequenos.
– ?Cuando volveras? -quiso saber el sacerdote.
– No depende de mi… Si por mi fuera, muy pronto: creo que puedo ser util en Berlin.
El destino de Amelia no fue Madrid, sino Lisboa, desde donde podia llegar a Londres. Sabia que la capital britanica estaba sufriendo los bombardeos alemanes, y que se estaban produciendo grandes perdidas materiales y humanas, y ansiaba con volver a encontrarse con Albert y comprobar que estaba bien.
En Lisboa se instalo en un pequeno hotel situado cerca del puerto. La eleccion no era caprichosa. El comandante Murray le habia dado aquella direccion tras asegurarle que si necesitaba ayuda o queria ponerse en contacto con el, el dueno del hotel sabria como contactar con las personas adecuadas.
El hotel Oriente era pequeno y limpio, y su dueno resulto ser un britanico, John Brown, que estaba casado con una portuguesa, dona Mencia. Amelia penso que ambos debian de trabajar para el Servicio Secreto britanico.
Les dijo que queria viajar a Londres, y les pregunto la mejor manera de hacerlo. Pronuncio la contrasena que le habia proporcionado Murray: «Tengo asuntos que resolver, pero sobre todo anoro la niebla».
John Brown asintio sin decir palabra, y unas horas despues mando a su esposa al cuarto de Amelia para informarle de que un barco pesquero la llevaria hasta Inglaterra. Dejo Portugal dos dias despues de que Leon Trotski fuera asesinado en Mexico. Habia escuchado la noticia por la BBC y recordo el viaje que no hacia tanto tiempo habia realizado junto a Albert. Recordaba bien a Trotski, su mirada inquisitiva, sus ademanes desconfiados, en definitiva, su temor a ser asesinado.
Y se estremecio pensando cuan largo era el brazo de Moscu, y como ella parecia haberse zafado de aquel peligro.
8
Para sorpresa de Amelia, Albert no se encontraba en Londres. El apartamento estaba helado y con una capa de polvo. Encontro una nota sobre la mesa de trabajo del despacho de Albert. Llevaba fecha del 10 de julio.
Querida Amelia:
No se cuando leeras esta nota, ni siquiera si llegaras a leerla. He preguntado al tio Paul hasta cuando te tendra fuera de Londres, pero no ha querido darme una respuesta. Por si acaso regresaras estando yo ausente, quiero que sepas que me voy a Nueva York. Tengo cosas que hacer alli: ver a los directores de los periodicos en los que escribo, comprobar el estado de mis cuentas, charlar con mi padre y discutir con mi madre… Creo que tambien buscare a Rajel para comprobar que esta bien. No se aun cuanto tiempo me quedare en Nueva York, pero ya sabes como ponerte en contacto conmigo.
El apartamento queda a tu disposicion. La senora O'Hara ira de vez en cuando a hacer limpieza.
En fin, querida, yo que escribo tantas paginas para los demas no se bien como escribirte a ti.
Tuyo, Albert James
El comandante Murray parecio alegrarse cuando Amelia entro en su despacho.
– Buen trabajo -le dijo a modo de saludo.
– ?Usted cree?
– Desde luego que si.
– En realidad no les he enviado ninguna informacion sustancial, aunque traigo conmigo los pormenores de una operacion que creo que puede ser de vital importancia.
– Lo supongo puesto que ha tomado la decision de regresar sin mi permiso.
– Lo siento, pero creo que cuando le explique en que consiste la «Operacion Madagascar», convendra conmigo en que es un asunto importante.
Murray pidio a su secretaria que les preparara un te. Luego se sento frente a Amelia dispuesto a escuchar.
– Veamos lo que me tiene que decir.
Amelia le explico detalladamente cuanto habia hecho desde su llegada a Berlin hasta el dia de su regreso. Los contactos establecidos, el grupo de oposicion con el que venia trabajando, el plan de la «Operacion Madagascar», ademas de todo lo que Max von Schumann le habia explicado respecto al descontento en algunos sectores del Ejercito.
El comandante la escuchaba en silencio, y solo la interrumpio para que le precisara algun dato. Cuando Amelia termino, Murray se levanto de su sillon y durante unos minutos paseo por el despacho sin decir palabra, ignorando la incomodidad creciente de Amelia.
– De manera que ha establecido usted una pequena red en el corazon del III Reich. Ahora tenemos un grupo de amigos bien dispuestos en Berlin que nos iran informando, y un lugar al que acudir. La verdad es que no esperaba tanto de usted. En cuanto a las informaciones que le ha facilitado el baron Von Schumann, no dire que nos vaya a ayudar a ganar la guerra, pero al menos nos da una idea de lo que esta pasando. Sus valoraciones politicas sobre los pasos que va dando Hitler son mas valiosas de lo que usted puede suponer… Es interesante saber que no todos los alemanes estan con el Fuhrer.
