– No es solo por los gastos que todo esto nos esta acarreando, es que somos demasiado viejas para esperar.
– No se preocupen, que soy el primer interesado en terminar cuanto antes esta investigacion. Tengo abandonado el periodismo y mi madre esta a punto de dejarme de hablar.
– ?Tiene madre? -me pregunto dona Melita, y su pregunta me sorprendio puesto que ya les habia explicado mis circunstancias familiares.
– Si, si, afortunadamente aun tengo madre -respondi desconcertado.
– Ya. Pues que suerte, yo perdi a la mia cuando era muy joven.
– Bueno, basta de chachara -interrumpio dona Laura-. Guillermo esta aqui para trabajar, de manera que vaya usted a hablar con Edurne, lo espera en la biblioteca.
Edurne estaba sentada en un sillon y parecia dormitar. Se sobresalto cuando me oyo entrar.
– ?Como se encuentra usted?
– Bien, bien -respondio azorada.
– No quiero molestarla mucho, pero a lo mejor se acuerda usted de una visita que Amelia hizo a Madrid en septiembre de 1940. Creo que iba camino de Roma, pero antes vino a ver a su familia.
– Amelia siempre iba y venia y muchas veces no nos decia ni de donde venia ni adonde iba.
– Pero ?recuerda usted que paso en aquella ocasion? Era septiembre de 1940 y creo que vino sola, sin Albert James, el periodista. En su visita anterior fue cuando descubrio que Agueda estaba embarazada…
– ?Ya, ya me acuerdo! Pobre Amelia. ?Que disgusto se llevo! Agueda habia llevado a Javier a la puerta del Retiro para que Amelia pudiera verlo, pero se le abrio el abrigo y vimos que estaba gorda, gorda de embarazo…
– Si, todo eso ya lo se, pero yo quiero saber que paso la siguiente vez que Amelia les visito.
Edurne, con voz cansada, comenzo a hablar.
«No la esperabamos. Se presento sin avisar. Algo que en ella se convirtio en costumbre. Nunca sabiamos cuando iba a venir. Antonietta estaba mejor, gracias al dinero que Amelia enviaba y que le permitia a don Armando comprar medicinas… bueno, medicinas y comida, porque Antonietta necesitaba alimentarse bien. El dinero que enviaba Amelia no daba para lujos, pero si para comer. En aquella epoca podias encontrar cosas buenas en el estraperlo, pero cobraban fortunas.
Creo que era por la noche cuando Amelia se presento en casa; si, si, era por la noche porque yo estaba en la cocina haciendo la cena y abrio la puerta el senorito Jesus.
– ?Mama, mama, ven, que es la prima Amelia!
Salimos todos al recibidor y alli estaba ella, abrazando a Jesus.
– ?Pero que guapo estas, primo! Has crecido un monton y tienes mejor cara, estas menos palido.
Jesus tambien estaba recuperandose. Siempre habia sido un nino debilucho y el pobre enfermo durante la guerra. Pero en aquellos dias habia mejorado. Las medicinas, y sobre todo la comida, hacen milagros.
Antonietta se abrazo a su hermana y no habia modo de separarlas.
La senorita Laura comenzo a llorar de emocion y don Armando a duras penas aguantaba las lagrimas. Todos queriamos abrazarla y besarla. Fue dona Elena la que con su sentido practico puso orden entre tanto abrazo y nos hizo entrar a todos en el salon. Mando a Pablo llevar la maleta de Amelia a la habitacion de Antonietta y a mi me mando terminar de hacer la cena y colocar un plato mas en la mesa.
Amelia estuvo muy carinosa con todos nosotros; a mi me dio un par de besos, lo mismo que a Pablo.
Jesus y Pablo eran buenos amigos, y ahora que Jesus estaba mejor, dona Elena habia colocado la cama de Pablo en la habitacion de su hijo porque decia que el chico estaba creciendo y no estaba bien que durmiera en mi cuarto.
Esa noche cenamos arroz con tomate y unas lonchas de tocino frito. El tocino lo habia comprado yo esa misma tarde a un tipo que se dedicaba al estraperlo y me pretendia.
Rufino, que asi se llamaba el hombre, me habia mandado aviso de que tenia tocino fresco; asi que dona Elena me envio a comprarlo. ?Por donde iba? Si… ya me acuerdo… Amelia nos dijo que no se iba a quedar mucho tiempo, solamente dos o tres dias porque tenia que trabajar. Era la ayudante de Albert James, el periodista americano que al parecer estaba en Nueva York pero que le habia encargado que fuera a Roma para un reportaje que estaba haciendo, no recuerdo sobre que, pero fue una suerte que la mandara a Roma y asi poder pasar por Madrid de camino.
– ?Por donde has venido desde Londres? -le pregunto don Armando.
– Por Lisboa, es lo mas seguro.
– Los ingleses no ven mal a Franco -comento don Armando.
– Los ingleses no pueden luchar contra Hitler y contra Franco, primero tienen que derrotar a Alemania, despues vendra todo lo demas.
– ?Estas segura? Inglaterra sigue concediendo a Franco los
– Ya veras como las cosas cambian cuando derroten a Hitler.
La pusimos al tanto de las novedades en la familia. Antonietta le
– No me deja ni ayudar en la cocina -protesto Antonietta.
– ?Pues claro que no, aun no estas recuperada del todo! -afirmo, enfadada, dona Elena.
– La tia tiene razon. La mejor ayuda que puedes prestar a la familia es curarte del todo -respondio Amelia.
– Y el medico nos ha dicho que debemos tener cuidado con rila porque puede recaer -anadio don Armando.
– Y tu, Laura, ?sigues en el colegio?
– Si, este curso voy a dar clases de frances. Las monjas se portan muy bien conmigo. Han cambiado a la madre superiora; no esta sor Encarnacion, la pobre murio de pulmonia y han elegido a sor Maria de las Virtudes, la que fue nuestra profesora de piano, ?te acuerdas?
– ?Si, si! Era muy carinosa con nosotras, una buena mujer.
– Dice que en el colegio ninguna monja habla el frances como yo, de manera que este curso dare frances, y en cuanto Antonietta mejore y pueda trabajar, lo mismo puedo convencer a sor Maria para que la deje dar clases de piano… pero antes tiene que recuperarse del todo…
– ?Eso estaria muy bien! ?Ves, Antonietta, como si podras trabajar? Pero tienes que curarte. Hasta que los tios no me digan que estas bien, te prohibo hacer nada.
Don Armando comento como le iba en el despacho, en su nuevo trabajo de pasante.
– Tengo que aguantar mucho, pero no me quejo porque al fin y al cabo lo que gano nos permite ir tirando. Estoy fichado por «rojo», de manera que no me dejan defender casos en los tribunales, pero al menos trabajo de lo que se, preparando los casos que defienden otros.
– Le explotan, todos los dias trae trabajo a casa y no tiene ni sabados ni domingos -se quejo dona Elena.
– Si, pero tengo un empleo, que ya es mucho si consideramos que hace unos meses estuvieron a punto de fusilarme. No, no me quejo, Amelia me salvo la vida y tengo un trabajo, es mas de lo que sonaba cuando estaba en la carcel. Ademas, con tu ayuda, Amelia, nos arreglamos bien.
– ?Sabeis algo de Lola? -pregunto Amelia mirando a Pablo.
– Pues no, no se sabe nada de ella. Pablo va a ver a su abuela al hospital, pero la pobre mujer esta cada dia peor. Su padre le escribe de vez en cuando, pero de Lola no hay ni rastro -explico Laura.
– Los chicos van a la escuela -anadio don Armando-. Son listos y sacan buenas notas. A Jesus se le dan muy bien las matematicas y a Pablo el latin y la historia, de manera que se ayudan el uno al otro. Son como hermanos, incluso a veces se pelean como lo hacen los hermanos.
– ?Pero que nos vamos a pelear! -protesto Jesus.
– Bueno, yo diria que alguna vez he escuchado algun grito que salia de vuestra habitacion -continuo don Armando.
– ?Pero por tonterias! No te preocupes, Amelia, que yo me llevo bien con Pablo. No se que haria sin el en esta casa con tantas mujeres y tan mandonas -respondio Jesus, riendo.
– Yo… bueno… yo estoy muy agradecido porque me tengais aqui… -susurro Pablo.
– ?Que tonteria! Nada de agradecimientos, eres uno mas de la familia -corto tajante don Armando.
