– No son muchos -puntualizo Amelia.

– Si, si, claro… muy interesante. Querida, nos ha traido usted informaciones muy valiosas. Quiero que todo lo que me ha contado lo ponga por escrito, y lo quiero para dentro de dos horas. Precisamente tengo que despachar con lord James. Creo que le satisfara saber que ha tenido usted exito en la mision encomendada, mucho mas que otros agentes que estan trabajando al mismo tiempo que usted en Berlin.

Amelia dio un respingo y miro desafiante a Murray.

– ?Envio otros agentes a Berlin?

– Naturalmente, ?no pensara que solo la hemos enviado a usted? Cuantas mas redes se pongan en marcha, mejor. Comprendera que es mejor que no tengan relacion las unas con las otras hasta que no sea necesario. Y no solo por segundad.

– De manera que ahora mismo hay otros agentes en Berlin… -insistio Amelia.

– En Berlin y en otros puntos de Alemania. ?Por favor, no me diga que le sorprende!

No lo dijo, pero en realidad asi era. Fue entonces cuando comenzo a comprender que en el mundo de la Inteligencia nada es lo que parece y que los agentes estan solos porque solo son una pieza mas en manos de sus jefes.

– ?Debo regresar a Berlin?

– Escriba el informe para dentro de un par de horas. Luego vayase a casa y descanse. Hoy es viernes, tomese un par de dias de descanso y el lunes presentese a las nueve a recibir nuevas ordenes.

Amelia siguio las instrucciones de Murray al pie de la letra. Dedico el fin de semana a escribir a Albert y a poner en orden el apartamento. No tenia ganas de ver a nadie; ademas, las personas que conocia en Londres no eran sus amigos sino los de Albert.

El lunes a las nueve en punto se presento en el despacho del comandante Murray, quien parecia malhumorado.

– Los ataques de la Luftwaffe son cada vez mas precisos… -se lamento Murray.

– Lo se, senor.

– Hay que devolverles la visita en Berlin.

Amelia asintio al tiempo que no pudo dejar de sentir un estremecimiento pensando en todos los amigos que habia dejado alli, todos ellos opositores a Hitler, dispuestos a jugarse la vida para acabar con el III Reich.

– Bien, tengo otra mision para usted. Debe partir de inmediato para Italia.

– ?Italia? Pero… bueno… yo creia que iba a regresar a Berlin.

– Nos sera mas util en Italia. Es informacion reservada la que le voy a dar, pero hace unos dias un submarino desconocido ha hundido el crucero Helle. Creemos que ese submarino es italiano.

– Pero ?por que he de ir yo a Italia? Insisto en que soy mas util en Berlin.

– Tiene que ir a Italia porque es usted amiga de Carla Alessandrini.

– Si, soy amiga de Carla, pero…

– No hay «pero» que valga -la interrumpio Murray-. Ya sabe que el Duce nos ha declarado la guerra. No es que nos preocupe demasiado, pero no hay enemigo pequeno. La senora Alessandrini la ayudara a introducirse en la alta sociedad. Lo unico que quiero es que escuche, que tome nota de cuanto crea de interes y nos lo comunique. Se trata del mismo trabajo que ha hecho en Berlin. Usted es una joven agraciada, bien educada, y con una gran capacidad de relacion, no desentona en los ambientes elegantes, ni en los ambientes de poder.

– ?Pero yo no puedo utilizar a Carla!

– No le estoy pidiendo que la utilice; por lo que se de su amiga, no es partidaria del Duce y ademas tiene contactos con la Resistencia…

– ?Carla? ?No es posible! Ella es una gran cantante de opera, y es cierto que se opone al fascismo, pero eso no significa que quiera meterse en lios.

– ?Y no le parece que ya lo hizo ayudando a escapar a esa chica judia? Rajel, creo que se llama, ?me equivoco?

– Pero eso fue en una circunstancia muy especial -protesto Amelia.

– Vaya a Milan, o a donde quiera que en este momento se encuentre la gran Carla Alessandrini, y cuentenos que se dice en la «corte» del Duce. Esa es su mision. Necesitamos que la senora Alessandrini colabore con nosotros. Ella tiene libre acceso a todos los centros de poder en Italia. El Duce es su primer admirador.

– ?Y que le dire a Carla?

– No le mienta, pero tampoco le diga toda la verdad.

– ?Y eso como se hace?

– Por ahora lo viene haciendo usted muy bien.

– Pero ?que es lo que quiere usted saber?

– No lo se, ya me lo dira usted.

– ?Como me pondre en contacto con Londres?

– Le dare otra direccion en Madrid a la que tendra que escribir. Alli enviara usted cartas aparentemente dirigidas a otra amiga. El codigo cifrado sera diferente al que utilizo desde Berlin. Le ensenaremos otro nuevo, no creo que tarde mucho en aprenderlo. Si tuviera que comunicarnos algo de manera urgente, viajara usted a Madrid, siempre tiene la excusa de que su familia le necesita, y se pondra en contacto con el comandante Finley, Jim Finley. Trabaja en la embajada como funcionario de rango menor, pero esta con nosotros. Antes de que se vaya le dire como ponerse en contacto con el. En una semana la quiero en Italia. No creo que necesite ninguna cobertura especial si va usted en calidad de amiga invitada por la Carla Alessandrini.

»Por cierto, me he permitido mandarle un telegrama en su nombre anunciandole que ira a verla, y ha respondido entusiasmada.

– ?Ha utilizado mi nombre para ponerse en contacto con Carla! -protesto Amelia.

– He aligerado algunos tramites, eso es todo.

En realidad a Amelia no le habia sorprendido tanto como habia aparentado saber que Carla tenia relacion con la Resistencia. Su amiga era una mujer apasionada, con ideas politicas precisas sobre lo que significaba el fascismo y cuanto le repugnaba.

El comandante habia dispuesto que viajara a Roma via Lisboa, y accedio a reganadientes a la peticion de Amelia para que le permitiera pasar un par de dias en Madrid visitando a su familia.

Llego a Madrid el 1 de septiembre. Detras dejaba a una Inglaterra sufriendo estoicamente los cruentos ataques de la Luftwaffe no solo en Londres, sino tambien en muchas otras ciudades: Liverpool, Manchester, Bristol, Worcester, Durham, Gloucester, Portsmouht, se encontraban entre las damnificadas. Claro que la RAF respondia ojo por ojo a los ataques de la Luftwaffe: los bombardeos en Berlin se intensificaban cada dia mas.

Mientras, Winston Churchill continuaba su trabajo de diplomacia secreta con Estados Unidos intentando convencer al presidente Roosevelt de que Inglaterra no solo no estaba siendo derrotada, sino que ademas podia ganar la guerra; aunque, eso si, para lograr la victoria necesitaban la ayuda material de Estados Unidos. Churchill dibujaba a Roosevelt un futuro que podia resultar sombrio si la ayuda no llegaba y Hitler conseguia hacerse el amo del Atlantico amenazando directamente a Estados Unidos. De manera que Churchill insistia a Roosevelt en que el triunfo del Reino Unido resultaba vital para su pais.

La situacion financiera del Reino Unido era cada vez mas critica y tuvo que llegar a la bancarrota para que Estados Unidos asumiera que, o bien les ayudaba o bien se encontrarian a Hitler en sus propias costas.

El 2 de septiembre de 1940 Estados Unidos presto cincuenta destructores a Inglaterra a cambio de bases en todo el mundo…»El mayor Hurley carraspeo. Parecia haber llegado al final de su relato. Observo sin disimulo el reloj. Me pregunte si el mayor me iba a despedir sin darme mas informacion, o si volveria a remitirme a lady Victoria, pero opte por no decir nada.

Habia escuchado en silencio atrapado por el relato y ni siquiera le habia hecho una sola pregunta.

– Su bisabuela tambien tuvo un papel destacado en Italia. Pero, Guillermo, quiza quiera usted saber algo de lo que hizo cuando regreso a Madrid. Desgraciadamente yo no puedo informarle al respecto. En cuanto a lo de Italia, con mucho gusto le podre dar alguna informacion del trabajo que en aquellos dias llevo a cabo Amelia, aunque desgraciadamente la informacion no podra ser muy exhaustiva porque no he encontrado grandes cosas en los archivos. Claro que usted mismo me conto que habia conocido a una profesora experta en la vida de Carla Alessandrini; puede que ella le de mas detalles al respecto. O puede que no… En todo caso, ahora tengo que irme y

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