Amelia paso dos dias pendiente de la familia. Fue a hablar con el medico que atendia a Antonietta, y pidio a la senorita Laura que la acompanara a saludar a sor Maria de las Virtudes, a la que entrego un pequeno donativo «para comprar flores para la Virgen de la capilla», y como todos nos temiamos, insistio en ver a su hijo, al pequeno Javier.

Dona Elena se resistia a enviarme a merodear por los alrededores de la casa de Santiago, pero fue tanta la insistencia de Amelia, que termino por ceder.

– Despues de lo que ocurrio la ultima vez, puede que Agueda se niegue a dejarte ver al nino -dijo dona Elena.

– Es mi hijo y necesito verlo. ?No lo entiendes, tia? No puedo estar en Madrid y no hacer nada por verle. Si supieras cuanto me arrepiento de haberle abandonado…

Amelia le conto a la senorita Laura que sufria de pesadillas, y que muchas noches se despertaba gritando porque veia a una mujer corriendo llevando en brazos a Javier.

Un dia me plante en la esquina de la casa de don Santiago esperando la salida de Agueda, y asi pase todo el dia. Regrese a casa bien avanzada la noche. Solo habia visto a don Santiago salir de buena manana y regresar por la tarde, pero ni rastro de Agueda ni de Javier.

Dona Elena se puso nerviosa y nos dijo que lo mejor era dejarlo para otra ocasion, pero Amelia insistio; no podia quedarse mucho mas tiempo en Madrid, llevaba tres dias, pero no se marcharia sin ver a su hijo. Al final dona Elena rompio a llorar.

– Pero, Elena, ?que te sucede? -don Armando estaba alarmado por las lagrimas de su mujer.

– Tia… tia… no llores, no quiero causarte penas -se excuso Amelia.

La senorita Laura abrazaba a su madre sin saber como consolarla. Cuando dona Elena se calmo se hizo el silencio.

– ?Si es que eres una cabezota, Amelia! Yo no te lo queria decir para que no sufrieras… pero insistes e insistes…

– ?Que pasa, tia? No le habra sucedido nada a mi hijo… -pregunto Amelia, alarmada.

– No, que va, Javier esta bien, y por lo que se, esta con tus suegros.

– ?Con don Manuel y dona Blanca? Pero ?por que?

– Porque Agueda ha tenido una nina, de esto hace una semana, y parece que tuvo dificultades en el parto y esta en el hospital. Santiago ha llevado a Javier a casa de sus padres hasta que Agueda este en condiciones de volver a su casa con la nina. Yo no queria decirtelo para que no te llevaras un disgusto.

Amelia no lloro. Temblaba, haciendo un gran esfuerzo por controlarse, tragandose las lagrimas, y lo consiguio. Cuando pudo hablar, apenas con un hilo de voz, pregunto a su tia:

– ?Desde cuando lo sabes?

– Ya te lo he dicho, desde hace una semana; me encontre con una amiga a la que le falto tiempo para decirme que Agueda habia parido una nina a la que van a bautizar con el nombre de Paloma. Me conto que el parto se habia complicado y la mujer estuvo casi dos dias gritando hasta que nacio la nina. Santiago no se separo de su lado. Tambien me dijo que desde que Agueda se quedo embarazada, Santiago habia contratado otra criada para que se hiciera cargo de los quehaceres domesticos y que de hecho Agueda se ha convertido en la senora de la casa. Ya no lleva puesto el delantal, y aunque Santiago todavia no la lleva cuando visita a sus amistades, todo el mundo sabe que viven juntos.

– No puedo reprocharle nada. No tengo ningun derecho a hacerlo -musito Amelia.

– Tienes razon, por duro que te resulte, no puedes hacerlo. Santiago es un hombre… un hombre joven, no puede guardarte ausencia -dijo don Armando.

– No tiene por que hacerlo, tio. Fui yo quien lo abandone y la que se marcho con otro, dejandolo con un nino de meses. ?Ojala algun dia fuera capaz de perdonarme a mi misma!

– Si quieres, puedo llamar a don Manuel y dona Blanca y pedirles que te dejen ver a Javier… -propuso don Armando.

– No hace falta que te humilles, tio. Sabes bien que no me permitiran acercarme a mi hijo. Confiaba en que Agueda…

– Te acompanare, iremos a casa de tus suegros. Esperaremos hasta que saquen al nino y al menos lo veras de lejos -se ofrecio Laura.

– Me parece una buena idea, quiza pueda verlo de lejos. Retrasare el viaje un dia mas, espero que… bueno espero que Albert no se enfade por el retraso.

Dona Elena me ordeno que acompanara a las dos primas. No queria que Amelia y la senorita Laura fueran solas, temia lo que pudiera pasar. Nos presentamos de buena manana cerca de la casa de los padres de Santiago, y no tuvimos que esperar mucho porque a eso de las once vimos salir a dona Blanca llevando de la mano a Javier. El nino habia pegado un buen estiron y parecia contento con su abuela.

La senorita Laura iba agarrada del brazo de Amelia, pero no pudo evitar que se soltara y corriera hacia su hijo.

– ?Javier! ?Javier! ?Hijo, soy mama! -exclamo Amelia.

Dona Blanca se paro en seco y enrojecio, yo creo que de ira.

– ?Pero como te atreves! -grito a Amelia-. ?Como te atreves a presentarte aqui! ?Vete! ?Vete!

Pero Amelia habia cogido a Javier en brazos y le apretaba con fuerza cubriendolo de besos.

– ?Mi hijito! ?Pero que guapo estas! ?Como has crecido! ?Te quiero mucho, Javier; mama te quiere mucho!

Asustado, Javier comenzo a llorar. Dona Blanca queria quitarle al nino pero Amelia no lo soltaba. La senorita Laura y yo no sabiamos que hacer.

– ?Por favor, dona Blanca, sea usted buena! -suplico la senorita Laura-. Pongase en su lugar, es la madre del nino y tiene derecho a verle.

– ?Menuda pecora! Si quisiera a su hijo no lo habria abandonado dejandolos a el y a su marido para irse con otro hombre. ?Sueltale, pecora! -grito al tiempo que tiraba del brazo de Javier.

– ?Dona Blanca, usted es madre, deje que Amelia pueda besar a su hijo! -insistio la senorita Laura.

– Si no suelta al nino gritare mas fuerte, llamare a un guardia y la denunciare. ?No se fue con un comunista? Todos vosotros erais comunistas y deberiais estar en la carcel. Las rojas son todas unas putas… ?Crees que no se sabe como salio tu padre del penal de Ocana? Pero a esta ya le da lo mismo uno que cien -grito senalando a Amelia.

La senorita Laura se habia puesto roja como un tomate e hizo algo totalmente insolito en ella. Agarro del brazo a dona Blanca y, retorciendoselo, la separo de Amelia y de Javier. Luego la empujo contra la pared y, sujetandola, sin atender a los gritos de dona Blanca, le dio un pisoton.

– ?Callese, bruja! Usted si que es una pecora. No vuelva a insultar a mi prima, no lo haga o… le juro que se arrepentira. Mi padre vive gracias a Amelia, porque ustedes los nacionales son una panda de asquerosos… son escoria… usted y los suyos no nos llegan ni a la suela de los zapatos. En cuanto a putas, los nacionales han convertido en putas a muchas mujeres decentes, vaya usted por la Gran Via y vea cuantas madres de familia estan arriba y abajo vendiendose para poder dar de comer a sus hijos. ?Esa es la prosperidad de Franco? Pero, claro, a usted no le falta de nada, sus amigos han ganado la guerra… y eso que estuvieron a punto de matar a su hijo, porque Santiago no era un fascista, no lo era, a Dios gracias.

Dona Blanca se zafo de la senorita Laura propinandole un buen empujon. Mientras, Amelia intentaba calmar a Javier, deshecho en lagrimas, asustado al ver como trataban a su abuela aquellas dos mujeres que para el eran dos desconocidas.

– Lo quiera usted o no, es mi hijo y no pueden enganarlo diciendole que tiene otra madre. Yo sere la peor madre del mundo y no me merezco a Javier, pero es mi hijo y ustedes no me lo pueden arrebatar -dijo Amelia, enfrentandose a su suegra.

– Cuando Santiago se entere de lo que habeis hecho… Todas las rojas sois unas putas, ?putas! ?Dejadnos en paz, ya habeis hecho bastante dano!

Amelia dejo a Javier en el suelo y le dio un ultimo beso.

– Hijo mio -dijo-, te quiero mucho, y digan lo que digan, no olvides nunca que yo soy tu madre.

Ya en brazos de dona Blanca, el nino empezo a calmarse. La mujer volvio a meterse en el portal de su casa con paso rapido.

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