Nosotras regresamos temiendo lo que a continuacion pudiera pasar. Conociendo a Santiago, era seguro que no iba a quedarse de brazos cruzados cuando su madre le contara lo ocurrido.
Don Armando intento tranquilizar a Amelia y a la senorita Laura, y les aseguro que no permitiria que Santiago hiciera nada. Pero dona Elena no las tenia todas consigo, asi que pasamos el resto de la manana y parte de la tarde esperando que sucediera algo. Y sucedio. Claro que sucedio. Eran las nueve y media y estabamos cenando cuando el timbre sono con insistencia.
Dona Elena me mando abrir y yo fui temblando porque estaba segura de que era Santiago.
Abri la puerta y alli estaba el. Santiago tenia el rostro contraido por la ira y se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo por contenerse. Le acompanaba su padre.
– Anuncie que estamos aqui -me dijo sin mas preambulo.
Entre en el comedor y, tartamudeando, anuncie a don Santiago. Don Armando nos dijo que no nos movieramos de donde estabamos, que el hablaria con Santiago. Nos quedamos muy quietos, sin hablar, temiendo lo que pudiera pasar.
– Buena noches, Santiago, don Manuel… ?En que puedo servirles?
– Quiero que de una vez para siempre su sobrina se aleje de mi familia. No tiene ningun derecho a asustar a mi hijo. Y quiero que sepa que no tolerare que se trate a mi madre como hoy lo ha hecho su hija Laura. -Santiago a duras penas podia contener la ira.
– Si alguien vuelve a poner un dedo encima de mi esposa o de mi nieto, ira a la carcel, le aseguro que movere todo lo que tenga que mover para que asi sea -apostillo don Manuel.
– No tengo duda de que podrian conseguirlo, pero nadie le ha puesto un dedo encima a dona Blanca. Por lo que Laura me ha contado, lo que hizo fue apartarla de Amelia para que ella pudiera coger en brazos a su hijo. No le han faltado el respeto a dona Blanca, pero ella si lo ha hecho, no solo con Amelia y Laura, sino que tambien nos ha insultado a toda la familia.
– Mi esposa es una senora y siempre actua como tal, algo que no se puede decir de su sobrina -dijo don Manuel.
– ?Por favor, papa, eso no es necesario…! -dijo Santiago, molesto con el comentario de su padre.
– Si vienen aqui a insultarnos, es mejor que se marchen. No consiento ni una palabra contra Amelia. Lo que paso, pasado esta. Y tu, Santiago, no tienes derecho a privarla de ver a su hijo, y a confundir a Javier diciendole que su madre es Agueda, eso es una crueldad, algun dia tendras que decirle la verdad, ?y crees que Javier te perdonara? ?Que perdonara el que hayas negado a su madre el derecho de verlo?
– No vengo a discutir con usted mis decisiones, sino a informarle de que no consentire otra escena como la de esta manana. Mi hijo esta creciendo, es feliz, tiene una familia, y no soy yo quien lo dejo sin madre.
– Don Armando -interrumpio don Manuel-, advertido queda de que movere todos los hilos para dejarles en la ruina mas absoluta. Usted perdera su empleo y tambien puedo hacer que se revise su sentencia para que vuelva a la carcel. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe como consiguio salir, una manzana podrida hay en todas partes, y quien facilito que usted saliera a cambio de los favores de Amelia es una manzana sin importancia.
– ?Como se atreve a insultarla! Si, estoy libre gracias a ella, gracias al dinero que tuvo que pagar a un corrupto que cambia vidas por dinero, esa es la clase de gentuza que hay entre los nacionales. ?Pero no se atreva a decir ni una sola palabra insultando a Amelia!
– Padre, ?lo que ha dicho era innecesario! -recrimino Santiago a su padre.
– ?Ah!, pero ?es que no lo sabe? ?No puedo creer que no sepa lo que sabe todo Madrid! Pregunte a su sobrina con que pago, ademas de con dinero, para sacarle a usted de Ocana -insistio don Manuel.
En ese momento Amelia aparecio en el umbral de la puerta del vestibulo y se coloco entre don Armando y Santiago y su padre.
– Pueden insultarme cuanto quieran. No les niego ese derecho despues de lo que hice, pero eres tu, Santiago, quien debe dejar a mi familia en paz. Ellos nada te han hecho. En cuanto a Javier… es mi hijo por mas que te pese, y eso no lo puedes cambiar. No puedo dar marcha atras, pero si pudiera te aseguro que no habria hecho lo que hice, que estoy arrepentida y que no me lo perdonare el resto de mi vida, pero no puedo cambiar lo que hice.
– Amelia, por favor, vete dentro, dejame resolver esto a mi. No tienen ningun derecho a insultarte, no voy a tolerarles esas insinuaciones.
– No, tio, soy yo la que no puede permitir que te insulten ni te amenacen. Le hacia de otra manera, don Manuel, siempre le tuve por un caballero incapaz de una bajeza como la que acaba de perpetrar diciendo lo que ha dicho. No soy yo la indecente por salvar a mi tio del paredon de ejecucion. A sus amigos los nacionales no les ha bastado con ganar la guerra, sino que se estan vengando de quienes combatieron en ella en el bando republicano. Por cierto, ese era tu bando, Santiago, aunque nunca lo fue de tu padre. ?Franco sera mas fuerte por fusilar a miles de hombres que combatieron en el otro lado? No, no lo sera; le temeran y le odiaran, pero eso no lo hara mas fuerte.
– Alejate de mi hijo -dijo Santiago, mirandola con furia.
– No, no voy a alejarme de Javier; intentare mil veces, las que sean necesarias, verlo, estar unos minutos con el, recordarle que soy su madre, decirle que pese a lo que hice le quiero con toda mi alma. Y continuare rezando todos los dias pidiendo perdon a Dios y pidiendole tambien que algun dia Javier me perdone.
– Mantengo todo lo que he dicho: no permitire que ningun miembro de esta familia se acerque a la mia. Que quede claro; de lo contrario, habra consecuencias -sentencio don Manuel.
Santiago se dio media vuelta y cogio a su padre por el brazo obligandolo a salir de la casa sin decir ni adios.
Salimos todos al vestibulo. Don Armando miraba fijamente a Amelia con lagrimas en los ojos.
– Pero ?que hiciste para sacarme de Ocana? -pregunto temiendo la respuesta.
– Nada que me deshonre. Pague el precio que me estipulo aquel canalla de Agapito que hizo de intermediario. Y no es el que paga un precio el que comete la falta, sino el que lo exige.
– Amelia, por Dios, ?quiero saber que hiciste! -insistio don Armando.
– ?Por favor, tio! Hice lo que me exigia mi sentido del deber contigo a quien tanto quiero. Y no me arrepiento, haria cualquier cosa por salvar una vida. Nunca es demasiado grande el precio a pagar por una vida, y menos por una vida de alguien a quien quieres.
Don Armando estaba desolado. Dona Elena lo abrazo intentando transmitirle todo el amor que en ese momento precisaba.
– Amelia ha sido muy buena con nosotros, no la averguences preguntandole -le pidio a su marido-. Siempre tendremos que agradecerle que continues con vida.
– ?Pero no a cualquier precio!
– ?No digas eso! No se lo que hizo Amelia salvo dar dinero a aquel sinverguenza, pero te juro que yo misma hubiera hecho cualquier cosa que me hubieran exigido por salvarte.
Amelia rogo a la familia que se reuniera en el salon.
– Lo que ha sugerido Santiago… bien, es verdad, nadie lo sabia excepto Laura, o al menos eso es lo que yo creia, pero por lo que se ve el canalla que hizo de intermediario, el tal Agapito, ha ido contando que me entregue a el a cambio de que te conmutaran la pena de muerte. Hubiera querido que ni tu ni nadie de la familia os hubierais enterado, y te juro, tio, que yo ya lo he olvidado.
– ?Dios mio, Amelia! ?Dios mio! ?Como habria sufrido tu padre de haber sabido una cosa asi! Yo… yo no merezco vivir a costa de un sacrificio tan grande… nunca podre pagartelo…
– Por favor, tio, ?no me digas estas cosas! No me debes nada, nada, no hay deudas entre las personas que se quieren. Y te repito que no me arrepiento de lo que hice, que ni un solo dia me ha remordido la conciencia, y que si algo siento por ese Agapito, es un odio profundo y el deseo de que le peguen la sifilis y se muera. Pero yo no me siento sucia, de manera que no me reproches nada. Se que tu habrias dado tu vida por haber salvado la mia y yo solo le he concedido unos minutos de mi vida a un desalmado.
Aquella noche ninguno pudimos dormir. Escuche a Amelia hablar con Laura y Antonietta hasta la madrugada. Dona Elena se levanto a hacer una tila para don Armando, y Jesus y Pablo estuvieron murmurando en voz baja. Estabamos conmocionados.
Amelia se marcho al dia siguiente y tardo un tiempo en volver».
Edurne se callo y cerro los ojos. Se notaba que sufria. Me daba pena que dona Laura la obligara a recordar. No se por que lo hice pero le cogi la mano y me incline ante ella.
– Muchas gracias, no sabe como le agradezco su ayuda, sin usted no podria reconstruir la vida de mi
