maestro Mateo Marchetti.
Por su parte, Amelia, aconsejada por Carla y Vittorio, acepto varias invitaciones de algunos de los amigos de la pareja. En especial, se intereso por el viejo Marchetti, puesto que parecia ser algo mas que un simple militante comunista.
Al principio el hombre se mostraba distante y desconfiado, pero Carla le insistia en que Amelia era de fiar, y, poco a poco fue cediendo en su resistencia.
En ocasiones se quedaba a cenar cuando terminaba sus clases con la diva. Hablaban sobre todo de politica, y rara era la ocasion en la que Marchetti no le pedia a Carla algun favor para alguno de sus camaradas.
Amelia solia guardar silencio puesto que solo chapurreaba el italiano y se sentia insegura a la hora de mantener una conversacion con cierto calado; sin embargo, Carla y Vittorio insistian en que participara sin pudor de las charlas.
Una noche, mientras cenaban, Carla sorprendio a su viejo maestro hablando con Amelia sobre los dias que habia pasado en Moscu.
El profesor se mostro muy interesado en conocer la opinion de la joven sobre los logros de la revolucion, y a duras penas pudo contenerse cuando escucho a Amelia describir la vida en la Rusia de Stalin.
– Usted no entiende nada -le dijo Marchetti-, es muy joven y seguramente no se ha dado cuenta de lo que la revolucion ha significado. El mundo no volvera a ser el mismo. ?Que hay problemas? ?Como no habria de haberlos! ?Que las cosas aun no funcionan como quiere Stalin? No me extrana, en Rusia aun quedan muchos contrarrevolucionarios que no estan dispuestos a perder sus privilegios. Usted acusa a Stalin de perseguir a todos aquellos que no estan con la revolucion. ?Naturalmente! ?Que otra cosa deberia hacer? La Union Sovietica se ha convertido en el faro al que todos dirigimos nuestras miradas, sabiendo que esta alumbrando un mundo nuevo, un hombre nuevo. Los contrarrevolucionarios deben ser liquidados porque representan un peligro para el mundo que queremos crear.
Amelia refutaba su arenga contando pequenas historias cotidianas durante su estancia en Moscu; sin embargo, el profesor Marchetti se mostraba inflexible en sus opiniones y la acusaba de carecer de la pasion de una verdadera revolucionaria.
– ?Revolucion no es democracia? -le pregunto Amelia.
– ?Pero que tiene que ver la revolucion con la democracia burguesa! ?Pues claro que no! Stalin sabe lo que hace, tiene que dirigir casi un continente, convencer a millones de personas que ante todo son comunistas, que no importa donde hayan nacido, que todos son iguales, que no hay mas principios que los que marca el partido.
– Sabe, he conocido a muchos comunistas y lo que me asombra es que han convertido el comunismo en un dogma y al partido en su Iglesia -replico Amelia.
A pesar de las continuas disputas, ambos terminaron por congeniar y a instancias de Carla, Marchetti comenzo a hablar con confianza delante de Amelia, de manera que esta empezo a conocer como se organizaba en la clandestinidad el Partido Comunista, como eran sus relaciones con los socialistas y otros grupos opositores al Duce, y sobre todo, como en ocasiones, desde Moscu se enviaban instrucciones que eran recogidas en Suiza.
La firma del Pacto Tripartito rubricado el 27 de septiembre por Alemania, Japon e Italia, supuso un paso mas en el camino hacia la guerra total.
Los ensayos habian transcurrido sin contratiempos hasta que el 2 de octubre Carla amanecio con fiebre y tuvieron que suspenderse las clases con el profesor Marchetti.
Carla estaba enfurecida consigo misma por ser victima de lo que en principio parecia una vulgar gripe que cursaba con afonia. El medico le ordeno guardar reposo para acelerar su recuperacion, pero la diva era una enferma rebelde que, a pesar de las protestas de Vittorio para que se abrigara, se pasaba la mayor parte del dia yendo de un lado para otro de la casa, envuelta en ligeras batas de seda. El dia 8 de octubre Carla estaba sin voz. Una fuerte afonia se habia aduenado de su garganta, lo que suponia una seria amenaza para el estreno de
Marchetti aconsejo a Vittorio que llamaran a un viejo otorrino ya retirado, el doctor Biancho. El unico problema es que este vivia en Roma.
Vittorio se puso en contacto con el y le insistio en que viajara a Milan para atender a Carla, pero la esposa del medico se mostro inflexible:
– Mi marido esta retirado, tiene artrosis y no voy a permitir que se ponga a viajar por nadie. Lo maximo que puede hacer es recibir a la senora Alessandrini aqui, en nuestra casa.
Fue tanta la insistencia de Marchetti sobre las habilidades del doctor Bianchi, que al final convencio a Carla para que viajara a Roma.
La diva apenas podia hablar y seguia con fiebre, pero finalmente acepto ir a Roma temiendo que, de lo contrario, hubiera que retrasar el estreno de
La manana del 10 de octubre salieron en coche en direccion a Roma. Amelia acompanaba a Carla en el asiento de atras, mientras que Vittorio conducia y el profesor Marchetti iba a su lado.
El viaje resulto agotador para la enferma, y cuando llegaron a Roma le habia subido la fiebre.
A Amelia le sorprendio el maravilloso atico que Carla tenia junto a la piazza di Spagna. El piso era espacioso y disponia de las mejores vistas de la ciudad.
Dos doncellas se ocupaban de que la casa estuviera en orden durante todo el ano, y cuando llegaron todo estaba dispuesto para acogerles.
Amelia y Marchetti fueron acomodados en sus respectivas habitaciones de invitados. El profesor no perdio el tiempo en deshacer el equipaje, sino que telefoneo al doctor Bianchi conminandole a visitar de inmediato a la enferma.
– ?Pero si son las nueve de la noche! -protesto al otro lado de la linea la esposa de Bianchi.
– ?Como si son las cuatro de la manana! Carla Alessandrini ha viajado para ser atendida por su esposo y el viaje ha agravado su estado. Tiene fiebre muy alta, suya sera la responsabilidad si algo le sucede.
Una hora mas tarde, el doctor Bianchi examinaba a la enferma.
– Tiene una gran infeccion en las cuerdas vocales. Necesita medicinas y reposo absoluto, no debe ni hablar.
– Pero ?podra cantar el dia veinte? -pregunto Marchetti, temeroso de la respuesta.
– No lo creo, esta muy mal.
– ?Hemos venido para que la cure! -protesto el maestro de canto.
– Y eso pretendo, pero no hago milagros -respondio el doctor Bianchi.
– ?Claro que los hace! Recuerdo que en 1920 usted logro curar en solo tres dias una terrible afonia que sufria Fabia Girolami.
– La senora Alessandrini no tiene una simple gripe acompanada de afonia, sino una gran infeccion en la garganta, en la faringe, en las cuerdas vocales, y eso requiere un tiempo de curacion. Les hare una receta con los medicamentos que debe tomar, pero me preocupa la fiebre; si en un par de horas no le ha bajado, habria que trasladarla a un hospital. Ha sido una temeridad traerla desde Milan.
– ?Pero si ha sido por su culpa! -grito Marchetti-. Si usted hubiera venido a Milan, ella no habria empeorado.
El doctor Bianchi acepto quedarse un par de horas cerca de la enferma, pero se mantuvo inflexible: si no remitia la fiebre, habria que hospitalizarla.
A las doce de la noche Carla parecio caer en un delirio. La fiebre habia aumentado y Vittorio no dudo en trasladarla al hospital, adonde llegaron acompanados del doctor Bianchi.
Este expuso su juicio clinico a sus colegas del hospital, y sabiendo que estaba en buenas manos, se despidio prometiendo visitarla al dia siguiente.
Ni Vittorio ni Amelia ni Marchetti se movieron de la habitacion de Carla, que parecia debatirse entre la vida y la muerte. Hasta bien entrada la manana del dia siguiente los medicos no lograron bajarle la fiebre.
El doctor Bianchi cumplio con su compromiso de visitar a Carla todos los dias.
Para Vittorio era evidente que Carla tardaria algun tiempo en estar en condiciones de cantar, de manera que cancelo los compromisos adquiridos para los dos meses siguientes.
– Y ya veremos lo que pasa -dijo apenado.
