El profesor Marchetti no quiso regresar a Milan. Se sentia responsable de Carla, era su padre musical, y le pidio a Vittorio que le permitiera permanecer en Roma. Amelia por supuesto no dudo ni un segundo en decidir que su lugar estaba al lado de su amiga, y no se moveria del hospital.

La noticia sobre el estado de Carla se publico en todos los periodicos. La diva no podia inaugurar la temporada de opera de la Scala y ademas habia cancelado otros muchos compromisos, de manera que la prensa estuvo muy pendiente de su enfermedad. Todos los dias Vittorio informaba a los periodistas de la evolucion de Carla, mientras que cientos de ramos de flores enviados por amigos y admiradores se amontonaban por todo el hospital.

El 18 de octubre Cecila Gallotti se presento en el hospital insistiendo en ver a Amelia. Por entonces Carla seguia ingresada, pero fuera de peligro. Cuando una enfermera asustada entro para decir que la senora Gallotti amenazaba con no irse del hospital hasta ver a la senorita Garayoa, Carla primero se enfado, pero luego parecio recapacitar.

– Nina, ves a verla, o esa mujer es capaz de instalarse en el pasillo -dijo con apenas un hilo de voz.

– ?Por Dios, no hables! -le suplico Amelia-. Te han dicho que no intentes hablar. ?Pero si apenas tienes voz! Ademas, yo no quiero ver ni a Cecilia ni a nadie; ahora lo unico importante es que te pongas bien.

Carla insistio. Sufria cada vez que enunciaba una palabra, pero logro convencer a Amelia.

– Si me obligas a insistir me pondre peor.

Amelia bajo malhumorada al vestibulo del hospital donde aguardaba Cecilia.

– ?Querida Amelia! ?Me alegra volver a verla! Supongo que Carla habra recibido las flores que le enviamos. Guido y yo estamos muy apenados por lo sucedido ?Nos hacia tanta ilusion verla en el papel de Isolda! Pero se recuperara, seguro que se recuperara. Y usted, querida, ?ha podido ver algo de Roma? He venido para invitarla a una cena en mi casa. Vendra un grupo de amigos, personas de mucha confianza, y me gustaria tanto tenerla con nosotros…

Cecilia hablaba sin parar y parecia entusiasmada de poder contar con Amelia como invitada.

– Nos encantaria poder contar tambien con Carla y su esposo, pero estando como esta la pobre, ni me lo planteo. ?Tiene para mucho? Esperemos que no y pronto pueda recuperarse. Pero ?usted vendra? Por favor, Amelia, ?digame que vendra!

En aquel momento llego Vittorio, que venia de hablar con los medicos, y se acerco a saludar a las dos mujeres.

– ?Con quien esta Carla? -pregunto preocupado.

– El profesor Marchetti se ha quedado en la habitacion -respondio Amelia-. Pero ahora mismo subo con ella.

– Querido Vittorio -interrumpio Cecilia-, he venido para interesarme por su esposa, ya sabe cuanto la apreciamos. Sentimos tanto que no sea ella quien inaugure la temporada… Pero Amelia me dice que esta mucho mejor y eso es una gran noticia. Precisamente he venido para invitar a Amelia a asistir a una cena en mi casa manana. Una cena selecta, con amigos muy escogidos. ?Cree que podran prescindir de Amelia durante unas horas? Enviare un coche a recogerla. ?Le parece bien?

Amelia intento protestar, sin exito, y Vittorio, cansado de la chachara de Cecilia, deseoso de que se marchara cuanto antes, se la quito de encima asintiendo a todo lo que decia.

– Bien, bien… que Amelia vaya a su casa… le servira de distraccion… por mino hay inconveniente.

Carla opino lo mismo cuando le contaron el motivo de la visita de Cecilia.

– Tienes que ir -le dijo en un tono de voz que apenas era un susurro-, no olvides para lo que estas aqui.

– No tengo nada que hacer mas importante que estar a tu lado -respondio con sinceridad Amelia.

– Lo se, lo se, pero debes ir.

A la hora prevista, el coche de los Gallotti paso a recoger a Amelia para llevarla a la mansion que poseian en la via Appia Antiqua, una lujosa residencia protegida por un muro de las miradas indiscretas.

Los Gallotti habian reunido a quince personas alrededor de su mesa. Amelia se fijo en que era el mayordomo quien parecia ocuparse de todos los detalles y que Cecilia actuaba despreocupada, dejandole hacer.

Segun le fueron presentando al resto de los invitados, fue dandose cuenta de que alli estaba reunida la flor y nata de la diplomacia del Duce.

Cecilia presentaba a Amelia como si de un trofeo se tratase.

– Permitame que le presente a la senorita Garayoa, es intima de Carla Alessandrini, se aloja en su casa, ?verdad, querida? Afortunadamente Amelia nos trae buenas noticias del estado de salud de Carla.

Amelia apretaba los dientes, molesta por la utilizacion que Cecilia hacia de Carla, y a duras penas contuvo el deseo de marcharse y dejar plantada a su anfitriona.

En los primeros momentos la conversacion se centro en asuntos triviales, y no seria hasta bien mediada la cena cuando Guido, a preguntas de uno de sus amigos, hizo una revelacion que puso en alerta a Amelia.

– El Duce le ha dicho a su yerno, nuestro querido Galeazzo, que esta pensando en dar una buena leccion a Grecia. Pero caballeros, les pido discrecion. Nuestro Duce pretende sorprender a Hitler.

– ?Pero eso enfurecera al Fuhrer! -respondio un hombre de cabello canoso y bastante entrado en anos.

– Sin duda, conde Filiberto, sin duda, pero el Duce sabe lo que hace. Quiere dejar claro al Fuhrer que nosotros somos sus aliados, pero que tambien tenemos nuestros propios intereses.

– ?Y que opina Galeazzo? -pregunto la mujer que estaba sentada junto al conde Filiberto.

– ?Pues que cree usted! Naturalmente, apoya la decision del Duce. Galeazzo esta seguro de que Grecia no va a encontrar grandes apoyos. Desde luego, no puede contar ni con Turquia ni con Yugoslavia; en cuanto a los bulgaros, su rey apoya al Eje -respondio Guido Gallotti.

– Pero ?y los ingleses? ?Cree que los ingleses permaneceran de brazos cruzados? -pregunto otro de los comensales, un diplomatico de mediana edad que respondia al nombre de Enrico.

– Cuando se enteren sera demasiado tarde; ademas, bastante tienen con defender Londres de los ataques de la Luftwaffe -respondio Guido.

– Pero aun es una potencia naval… -murmuro el conde Filiberto.

– Pero Grecia esta muy lejos de sus costas. No, no debeis temer nada, amigos mios, el Duce sabe lo que hace -Guido se mostraba euforico y tajante.

Amelia no se atrevia a decir palabra. Entendia mas italiano del que sus anfitriones y los invitados a la cena creian, pero ella procuraba que pensaran que apenas les entendia porque eso les hacia hablar con mas tranquilidad.

– ?Y que opinan de esta aventura los jefes del Ejercito? -pregunto otra de las invitadas, una mujer madura, con los brazos llenos de pulseras y las manos cargadas de sortijas.

– Romana, ?tu siempre tan perspicaz! -comento Enrico.

– No dudo de la clarividencia del Duce -respondio Romana con un deje de ironia en la voz, pero es el Ejercito quien debe decir si estamos o no en condiciones de enfrentarnos a los griegos; las batallas son para ganarlas, si no, mejor quedarse en casa.

– ?Vamos, vamos! Les contare como estan las cosas, pero insisto en que mantengan la confidencialidad. Tenemos agentes en Grecia que han comprado voluntades; si, queridos amigos, un dinero que ha llegado a las manos adecuadas, y eso ayudara a que se produzca una reaccion en favor de Italia -anadio Guido con una mueca de complicidad.

– El dinero puede comprar algunas voluntades pero no todas. Conozco bien a los griegos, ya sabeis que durante anos hemos veraneado en Grecia, y dudo mucho que vayan a recibirnos con vitores y aplausos. Lo haran los que hayan recibido sobornos, pero no el resto. Los griegos son muy patriotas -replico la mujer.

– Confidencia por confidencia, yo tambien puedo contaros algo -quien asi hablo fue un hombre que hasta ese momento habia permanecido prudentemente callado y que respondia al nombre de Lorenzo.

– ?Ah! ?Y que es eso que sabes que ni siquiera a mi me lo has contado? -pregunto una mujer de aspecto imponente moviendo su negra melena y clavando los ojos color carbon en el hombre que acababa de hablar, y que resulto ser su esposo.

– No sabia que… en fin, pensaba que la decision del Duce era alto secreto -afirmo el tal Lorenzo a su esposa.

– Bueno, pues cuentanos… -le insto su esposa.

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