– Por lo que se, en el Estado Mayor del Ejercito hay alguna reticencia a la operacion -dijo Lorenzo.
– ?Por que? -se intereso Romana.
– Entre otras razones, porque los informes de nuestro embajador en Atenas no son tan optimistas como los de nuestro querido Galeazzo, y creen que sera necesaria una fuerza de ataque muy importante -respondio Lorenzo.
– ?Y para cuando esta prevista la operacion? -quiso saber Enrico.
– Es cuestion de dias -revelo Guido.
– Lo que no termino de entender es por que el Duce no se lo dice a Hitler -insistio el conde Filiberto.
– Esta harto; si, esta harto de que el Fuhrer haga una politica de hechos consumados. Somos sus aliados, pero jamas cuenta con nosotros a la hora de actuar, nos enteramos cuando el quiere. El Duce va a darle de su misma medicina. Ademas, Hitler no tendra mas remedio que apoyarnos. Pero tranquilicese, conde; por lo que se, el Duce va a escribir a Hitler anunciandole el ataque, aunque cuando la carta llegue a Berlin ya estaremos en Grecia.
– ?Que Dios nos coja confesados! -murmuro Romana.
Amelia llego a la casa de Carla en la cercana piazza di Spagna despues de medianoche. Temblorosa, no sabia que hacer. Era consciente de la importancia de aquella informacion. Pero ?como iba a dejar a Carla en esas circunstancias?
A primera hora se presento en el hospital para ver a Carla. Vittorio se froto los ojos enrojecidos cuando la vio.
– Que bien que has venido tan temprano; si me relevas, ire a casa a dormir un poco y a cambiarme de ropa -le dijo a modo de saludo.
Cuando Vittorio se marcho, Amelia se acerco a la cama de Carla.
– Lo siento, pero debo ir a Madrid de inmediato.
Carla entreabrio los ojos y los clavo en Amelia. Le tendio la mano y Amelia la cogio entre las suyas y la apreto.
– ?Volveras? -pregunto la enferma con un hilo de voz.
– Si, al menos es lo que pretendo.
– ?Que ha pasado?
– Anoche escuche en casa de Guido y Cecilia que el Duce es partidario de llevar a cabo una operacion contra Grecia.
– Ese hombre es un loco… -musito Carla.
– ?Me perdonas?
– ?Que he de perdonarte? Cuanto antes te vayas, antes podras regresar -la animo Carla, esforzandose por sonreir.
Amelia tuvo suerte, porque dos dias despues volaba un avion a Madrid. Cuando llego, se dirigio de inmediato a la direccion que le habia dado el comandante Murray, una casa situada cerca del paseo de la Castellana, la misma a la que enviaba sus cartas.
Amelia se pregunto quien viviria realmente en aquella casa. Para su sorpresa, le abrio la puerta una mujer entrada en anos con un ligero acento que no supo identificar.
– ?La senora Rodriguez? -pregunto Amelia a aquella mujer que la observaba en silencio.
– Soy yo, ?y usted quien es?
– Amelia Garayoa.
– Pase, pase, no se quede en la puerta.
La mujer la invito a entrar y le pidio que la siguiera hasta un amplio salon desde cuyos ventanales se divisaba la calle. La estancia estaba sobriamente decorada: un sofa, un par de sillones orejeros, una chimenea y mesitas bajas en las que sobresalian marcos de plata con fotografias.
– ?Tomara usted el te? -pregunto la senora Rodriguez.
– No quiero causarle molestias.
– No se preocupe, lo preparare en un momento.
La mujer desaparecio y regreso al cabo de unos minutos con una bandeja con el te y un plato de
– Pruebelo, lo hago yo misma.
– Creo que usted puede ponerme en contacto con un amigo… el senor Finley -dijo Amelia, bajando la voz.
– Desde luego, ?cuando quiere verle?
– Si pudiera ser hoy mismo…
– ?Tan urgente es?
– Si.
– Bien, entonces hare cuanto pueda. Si lo desea puede esperarme aqui.
– ?Aqui? Habia pensado en ir a mi casa…
– Si es tan urgente, seguramente el senor Finley vendra a verla de inmediato, y no es conveniente ir de un lado a otro. En Madrid hay muchos ojos que ven lo que ni siquiera suponemos. Le dire a mi doncella que la atienda mientras estoy fuera, que no sera por mucho tiempo. Es mejor asi.
La senora Rodriguez agito una campanilla de plata y poco despues acudio una doncella perfectamente uniformada.
– Luisita, voy a salir un momento. Atiende a la senora, no tardare mucho.
La doncella asintio aguardando que Amelia le diera alguna instruccion, pero ella le aseguro que no necesitaba nada y que esperaria el regreso de la duena de la casa.
La espera se le hizo eterna. La senora Rodriguez tardo una hora en regresar y encontro a Amelia preocupada.
– Estese tranquila, el senor Finley vendra a visitarla.
– ?Aqui?
– Si, aqui. Es lo mas discreto. En esta casa no hay ojos extranos. Mejor asi. ?Quiere tomar otro te o cualquier otra cosa?
– No, no… quiza… bueno, no…
– ?Que me quiere preguntar? -Parecia que la senora Rodriguez pudiera leer el pensamiento de Amelia.
– Es solo curiosidad, pero ?es usted de aqui?
– ?Espanola? No, no lo soy, aunque hace mas de cuarenta anos que vivo en Madrid. Mi esposo era espanol, pero yo soy inglesa. Algunas personas aun notan un ligero acento cuando hablo.
– Pero es casi imperceptible, y si usted me hubiese dicho que era madrilena, la habria creido a pies juntillas.
– En realidad es como si lo fuera. Cuarenta anos en un pais hacen que lo sientas como tuyo. Solo he estado fuera durante la guerra. Mi marido se empeno en que regresaramos a Londres y, desgraciadamente, cuando regresamos murio.
– Y usted colabora con…
– Si, un viejo amigo de la familia me pidio si podia ayudarles permitiendo que llegaran a mi domicilio ciertas cartas que yo deberia entregar al senor Finley. Acepte sin dudarlo. Se que lo que esta ocurriendo en estos momentos es mas importante de lo que pensamos. Ademas, soy una ferviente admiradora de Churchill.
Un buen rato despues, la doncella anuncio al senor Finley.
– Pase, pase, senor Finley, quiero presentarle a una amiga, la senorita Garayoa.
– Soy el comandante Jim Finley, es una sorpresa conocerla.
– Bien, les dejo para que hablen -dijo la senora Rodriguez, saliendo del salon.
Cuando se quedaron a solas, Amelia no perdio ni un segundo y le conto a Finley lo que habia escuchado en casa de los Gallotti.
Cuando concluyo su relato, Jim Finley le hizo un sinfin de preguntas hasta estar seguro de que habia entendido en su justa dimension la informacion de Amelia.
– ?Que debo hacer ahora? -quiso saber ella.
– Regresar a Roma. Ha hecho bien viniendo aqui. La informacion es muy importante y debe intentar completarla cuanto antes -respondio Finley.
– Lo intentare, pero no se si tendre tanta suerte como para poder escuchar otra confidencia como la que les he trasladado.
