– Cultive su amistad con la senora Gallotti, seguro que a ella le gustara presumir ante usted de que sabe lo que esta pasando.
– No se si Guido Gallotti le contara a Cecilia los pormenores de su trabajo.
– Tiene que intentarlo. Pero ahora vaya a ver a su familia, es su mejor coartada para justificar el viaje a Madrid. Los italianos no son tan neuroticos como los alemanes con la seguridad, pero mejor evitarse sorpresas. Claro que no podra quedarse mas que el tiempo imprescindible para asegurar su coartada. Debe regresar a Roma cuanto antes.
– La proxima vez que tenga una informacion urgente, ?que debo hacer?
– Tengo el telefono de un amigo en Roma, pero solo debe utilizarlo en caso de que le sea imposible venir a Madrid y ponerse en contacto conmigo directamente.
– ?Quien es ese amigo?
– Un artista que adora Roma. Es pintor, escultor… hace de todo un poco.
– ?Italiano?
– Suizo.
– ?Suizo?
– Si, su hermano pertenece a la Guardia Suiza. La familia se instalo en Roma hace anos. El es el artista de la familia.
– ?Y trabaja para el Almirantazgo?
– Es un hombre singular, que tiene principios… y que ademas le pagamos bien. Pero le insisto en que solo debe establecer contacto con el si la situacion es extraordinaria; de lo contrario, es mejor que venga a Espana.
Amelia siguio las instrucciones al pie de la letra y, muy a su pesar, solo permanecio una semana con su familia. Como Finley habia dicho, eran su coartada.
Cuando regreso a Roma, Carla aun permanecia en el hospital, aunque en las ultimas horas parecia haber mejorado.
Vittorio mostro gran alegria cuando vio entrar a Amelia en la habitacion. Carla echaba de menos los cuidados de su amiga; tenerla cerca le alegraba el corazon.
Mateo Marchetti tambien parecio alegrarse con el regreso de Amelia.
– Llevo dos dias sin discutir con nadie -dijo a modo de saludo, sonriendo.
Carla pidio a los dos hombres que se fueran a descansar y la dejaran con su amiga. Estaba ansiosa por saber que habia pasado.
– Me han pedido que profundice la relacion con los Gallotti. Los britanicos creen que una accion de Italia contra Grecia prolongaria aun mas la guerra.
– Tendriamos que impedirlo -murmuro Carla.
– ?Crees que si llamo a Cecilia sospechara algo?
– No lo creo, estara encantada de que lo hagas. Dile que quieres invitarla a almorzar como cortesia por su invitacion a cenar. Seguro que te cuenta todo lo que quieras.
– Si es que sabe algo…
– Seguro que si, no conozco a ningun hombre maduro que no se pavonee delante de una mujer mas joven.
– Pero Cecilia es su mujer -respondio Amelia, riendo.
– Si, la que le da de comer, de manera que le viene bien hacerse el importante delante de ella.
Siguiendo el consejo de Carla, Amelia invito a almorzar a Cecilia Gallotti. La mujer acepto encantada.
Amelia eligio un restaurante muy popular del Aventino, el Checchino dal 1887, a traves de cuyos cristales se filtraban los ultimos rayos del sol otonal.
Tras interesarse por la salud de Carla Alessandrini, las dos mujeres hablaron de asuntos intrascendentes. Amelia no sabia como dirigir la conversacion para que Cecilia le hiciera alguna confidencia de cariz politico; sin embargo, fue la propia italiana la que abordo la cuestion.
– No sabe como me alegro de que me haya invitado a almorzar precisamente hoy. Guido lleva dos dias encerrado en el ministerio, estan preparando… bueno, a usted se lo puedo decir, en realidad fue Guido quien lo conto en casa. Vamos a invadir Grecia. Ademas, esta dejando de ser un secreto, ya hay mucha gente que esta en el ajo.
– ?Y cree que Italia esta preparada para esta empresa? Atacar a Grecia significa entrar de lleno en la guerra.
– Si, sera pan comido. Por lo que le he oido decir a Guido, atacaran por el Epiro… si, creo que se llama Epiro por donde van a atacar. Y tenemos fuerzas suficientes para hacerlo; imagina que para una cosa asi se necesitan al menos una veintena de divisiones, pero los griegos estan tan atrasados que no haran falta mas que seis divisiones.
– ?Cuanto sabe de estrategia militar!
– No crea, nada se de la guerra, ni me interesa, pero a fuerza de escuchar, algo queda. El otro dia Guido discutia con el conde Filiberto sobre lo de las divisiones, y mi marido dijo que el Estado Mayor cree que no son necesarias mas que las seis divisiones que estan en Albania al mando del general Visconti Prasca. Le aseguro que es un gran general.
– ?Y que dira Hitler?
– El Duce es un genio. Le ha enviado una carta para informarle, pero como Hitler esta en Paris, no la recibira hasta su regreso. El no podra reprochar a Mussolini que no le haya informado, pero al mismo tiempo el Duce ha tomado la decision mas conveniente para Italia y sin el permiso del Fuhrer. Ya vera como en pocas semanas nos hemos hecho con Grecia. Le he dicho a Guido que, en cuanto la ocupacion sea un hecho, debemos ir de viaje. Siempre he sentido una gran curiosidad por visitar el Partenon, ?y usted?
– Desde luego, me encantaria.
– ?Entonces lo haremos! ?Iremos a Grecia juntas! Todos los amigos de Guido son tan mayores… Me gusta tener cerca a alguien de mi edad. Pero ?podra dejar a Carla?
– Espero que continue recuperandose, ya le he dicho que ha mejorado mucho en los dos ultimos dias; si sigue asi, el medico pronto le dara el alta. Confio que sea cierto.
– ?Y no podria venir con nosotras? Le vendria bien un viaje despues de lo que ha sufrido, ?por que no se lo dice?
– Buena idea, lo hare, aunque dependera de lo que le permitan hacer los medicos, esta muy debil…
Al terminar el almuerzo, Amelia se dirigio a casa de Carla. Alli escribio en clave cuanto le habia contado Cecilia. Era necesario que el comandante Murray supiera cuanto antes que el Duce planeaba invadir Grecia por el Epiro. Al terminar de escribir el mensaje, no dudo en dirigirse hacia el Trastevere; alli busco la piazza di San Cosimato, donde Jim Finley le habia indicado que vivia el suizo cuyo hermano era guardia del Papa.
El estudio artistico de Rudolf Webel ocupaba la planta baja de un edificio que parecia a punto de derrumbarse. La puerta estaba entreabierta y Amelia la empujo. Se encontro a un hombre de mediana edad, alto, de ojos azules, con la barba tan rubia como el cabello, ensimismado mirando a una mujer cuyo cuerpo cubria una tela purpura.
– ?Quieres estarte quieta, Renata? Asi no puedo trabajar -gruno el hombre.
–
– Pues que se vaya, porque ahora estoy ocupado -respondio el suizo sin siquiera mirar a la intrusa.
– Perdone, senor Webel, pero ?podria hablar con usted? -pidio Amelia.
– No, no puede. Larguese por donde ha venido. ?No ve que estoy trabajando?
– Siento molestarle, pero insisto en hablar con usted. Me envia un amigo suyo de Madrid.
– ?De Madrid? No tengo amigos alli, o a lo mejor si, pero ahora lo unico que quiero es que se largue. Vuelva otro dia.
– Si no le importa, esperare aqui hasta que termine -respondio Amelia con terquedad.
Rudolf Webel se volvio enfurecido para mirarla. Nunca habia permitido que nadie le contrariara en lo mas
