minimo. Se extrano al encontrar a una mujer joven que le plantaba cara, dispuesta a no ceder.

– No es bienvenida, ?como quiere que se lo diga?

– No pretendo que me de la bienvenida, solo que me escuche.

– Pero ?por que no la escuchas? -le grito Renata.

– ?Porque solo hablo cuando quiero y con quien quiero!

– No lo creo, senor Webel, estoy segura de que hasta usted a veces tiene que hablar con quien no lo desea. Y no me haga insistir mas. Tengo algo urgente que comentarle. Le aseguro que si por mi fuera nunca le habria elegido como interlocutor.

– ?Me ha cortado la inspiracion! -grito el.

Amelia se encogio de hombros al tiempo que la modelo se ponia en pie envuelta en la tela purpura.

– Habla con la signorina y dejame descansar un rato. Ademas, tengo frio. Quiza deberias hacer las esculturas de desnudos en verano.

– Pero ?tu te crees que un artista se tiene que adaptar a las exigencias de la modelo? ?Si tienes frio te aguantas, para eso te pago!

– ?Pagarme? Pero si la pasta que hemos comido hoy la ha traido mi madre. Si fuera por ti, estariamos muertos de hambre.

Renata salio de la sala y los dejo a solas. Webel siguio sin prestar atencion a Amelia, observando el bloque de marmol que estaba convirtiendo en el cuerpo palido de la modelo.

– ?Me va a escuchar o no? -insistio Amelia.

– ?Que quiere?

– Jim Finley me dijo que viniera a verle si no tenia otra opcion, y desgraciadamente no la tengo.

– Ese Finley es un liante.

– Digaselo a el, lo que me extrana es que confie en usted.

– Y no lo hace, digamos que no tiene demasiadas opciones en esta ciudad, de manera que tendra que arreglarselas conmigo. Y ahora digame que quiere.

– Tiene usted que llevar una carta a Suiza, hoy mismo.

– Hoy no puedo -respondio, desafiante.

– Senor Webel, a mi no me impresiona nada su actitud, de manera que deje de interpretar su papel de artista y haga lo que le estoy pidiendo. Esto no es un juego y usted lo sabe.

A Webel le sorprendio el tono energico de Amelia. Le clavo los ojos y lo que vio fue a una mujer joven, si, pero con una mirada que reflejaba lo mucho que habia vivido.

– Esta bien, llevare su carta a Berna. ?La tiene aqui?

Amelia le entrego la carta, pero Weber ni siquiera la miro. Se la guardo en el bolsillo del pantalon.

– ?Donde la busco si hay respuesta?

– Le buscare yo a usted. Si le parece, pasare por aqui dentro de unos dias.

– No me gusta que vengan a husmear en mi casa.

– No siento ningun deseo de husmear nada y menos si tiene que ver con usted. Y ahora le repito que no se entretenga, es necesario que esa carta llegue cuanto antes a su destino.

Web el le dio la espalda mientras se perdia en el fondo de la estancia. Amelia salio cerrando la puerta y preguntandose como Finley podia confiar en un hombre como aquel.

En la madrugada del 28 de octubre, el embajador italiano en Atenas se presento en la residencia del presidente Metaxas para entregar una notificacion formal instando a que autorizaran la entrada de tropas italianas en el territorio heleno. La respuesta del presidente griego fue inequivoca: No.

Pero el general Metaxas hizo algo mas que decir «no» a la demanda de los italianos: tambien solicito la ayuda de Gran Bretana. Mientras tanto, la Division Julia cruzaba la frontera entre Albania y Grecia. El plan del Estado Mayor italiano consistia en enviar a parte de sus fuerzas a traves de la cordillera del Pindo en direccion a la Tesalia, al tiempo que otras divisiones se dirigian directamente hacia Ioannina para, desde alli, controlar el Epiro, las restantes tropas iniciaron la marcha hacia Macedonia.

Mussolini estaba euforico. Por fin podia presentarse ante el Fuhrer y presumir de la iniciativa tomada.

Con lo que no contaba el Duce era con que los griegos lucharan heroicamente para defender la independencia de su patria. El jefe del Estado Mayor griego, el general Alexandro Papagos, habia concentrado en Macedonia el grueso de sus tropas e hizo retroceder a las unidades italianas. Aunque las fuerzas italianas avanzaban en el Epiro, Papagos consiguio cercar a la famosa Division Julia, diezmandola.

A principios de noviembre la ayuda britanica se materializo atacando y destruyendo parte de la flota italiana que estaba fondeada en el puerto de Tarento.

La Royal Navy mando despegar del portaviones Illustrious a algunos de sus biplanos, los Fairey Swordfish, que se apuntaron un gran exito al destruir buena parte de los barcos de la Marina Real Britanica.

A mediados de noviembre ya era evidente que el Duce podia perder su guerra contra Grecia.

Carla Alessandrini continuaba su recuperacion, pero ya en su casa de Roma. Amelia permanecia a su lado mientras seguia cultivando la amistad del matrimonio Gallotti. Cecilia se habia convertido en una inagotable fuente de informacion y Guido parecia contento de la amistad de su mujer con la espanola, a la que consideraba una franquista convencida. En realidad lo dio por supuesto porque Amelia siempre evitaba hablar de politica, preferia hacerles creer que no le interesaba demasiado.

Inesperadamente, una manana, Albert James se presento en la casa de Carla en Roma. Amelia sintio una gran alegria al verle. Carla, generosa como era, insistio en acogerlo como invitado. Albert se resistio cuanto pudo, deseaba estar a solas con Amelia, pero pronto el comprendio que para Carla era importante tener cerca a Amelia, a quien queria como si fuera una hija.

Cuando por fin pudieron estar a solas Albert le confeso que estaba alli para llevarla de vuelta a Londres.

– Ahora no me puedo ir -se excuso Amelia-; no solo es por mi mision, tambien por Carla.

– Creo que mi tio Paul debe de tener otros planes. No me los desvelo, pero me envio al comandante Murray con una carta para ti.

– ?Y has venido por eso?

– No, he venido para verte, para estar contigo, porque te quiero. Nada mas. Pero debo confesarte que me alegra que te ordenen regresar a Londres, aunque conociendo al tio Paul y a Murray, supongo que no te van a dejar mucho tiempo tranquila.

Amelia presento a Albert a los Gallotti, quienes se mostraron entusiasmados de conocer al famoso periodista a pesar de que Guido habia leido algunos de sus articulos y sabia de sus criticas a Hitler y al propio Mussolini. Aun asi, la pareja parecia complacida de poder mostrarse con un periodista norteamericano. Guido incluso le gestiono una entrevista con el ministro de Exteriores yerno de Mussolini, Galeazzo Ciano.

Amelia no pudo ignorar las ordenes recibidas en la carta del comandante Murray. Tenia que regresar a Londres por mas que le costase separarse de Carla.

– ?Por que no lo dejas todo y vives con nosotros? -le propuso esta.

– ?Me vas a adoptar? -respondio Amelia riendo.

– ?Ojala! No me importaria, ni tampoco a Vittorio. Eres la hija que nos hubiera gustado tener. Vamos, piensatelo, puedes hacer muchas cosas a mi lado, y ser igual de util a tus amigos de Londres desde Roma. En cuanto a Albert… no te propondria que te quedaras si supiera que estas enamorada de el, pero no lo estas, le quieres, si, pero no como quisiste a Pierre.

Amelia sintio una punzada de dolor. Si, habia amado a Pierre, y le habia amado tanto que sabia que ya nunca mas podria querer de igual modo a ningun otro hombre, aunque Pierre habia destrozado su inocencia, habia pisoteado el amor que le profesaba y le habia dejado una cicatriz tan profunda en su corazon que le doleria el resto de su vida.

– Hare todo lo posible por regresar. Como tu dices, puedo ser util desde Italia.

– Estoy segura de que ya lo has sido -respondio Carla.»Fin de la historia.

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