Richard James me ofrecio un jerez que no rechace, pero que a decir verdad me sento como un tiro en el estomago. Nunca he entendido la aficion de los ingleses por el jerez, supongo que es porque a mi se me sube a la cabeza al primer sorbo.

A las seis en punto llego el mayor Hurley seguido por lady Victoria. Al igual que nosotros, ellos tambien tomaron jerez. Cuando lord Richard ofrecio otra copa pense que dificilmente aquella podia ser una velada de trabajo puesto que ya me sentia mareado, e imagine el efecto que tendria en ellos tomar un segundo jerez. Pero me equivoque. Lady Victoria caminaba igual de erguida que siempre y el mayor Hurley no cambio el gesto cenudo durante toda la cena.

Escuche pacientemente como la conversacion transcurria por derroteros que nada tenian que ver con el objeto de la velada. Hasta los postres lady Victoria no le pidio al mayor Hurley que nos recordara aquel viaje de Amelia a Alemania. El comenzo entonces su relato…

«Amelia llego a Berlin el 3 de abril de 1941. Habia preparado meticulosamente el plan a seguir y decidio volver a alojarse en casa de Helmut y Greta Keller.

– Me alegro de volver a tenerla en nuestra casa, mi esposa la echaba de menos y eso que ahora tenemos a Frank con nosotros. Esta de permiso. Pero las mujeres siempre quieren alguna presencia femenina cerca de ellas, supongo que hay cosas que solo las hablan entre ustedes. Greta ya no guarda cama, lleva unos dias levantada, parece que se esta recuperando, a Dios gracias.

– Les agradezco tanto que me acojan en su casa…

Greta Keller se emociono al recibir los panuelos bordados que Amelia la habia traido como regalo.

Frank, el hijo de los Keller, era un moceton alto, de cabello castano y ojos azules, que parecio encantado con Amelia.

– Pues si que ha crecido usted, la recuerdo cuando era pequena, creo que al menos las vi en un par de ocasiones a usted y a su hermana Antonietta. Siento lo de sus padres… don Juan siempre fue muy bueno con mi familia. ?Se quedara muchos dias en Berlin?

– Me gusta Berlin. Su padre le habra contado que me estoy haciendo cargo de lo que el mismo ha podido salvar del negocio de mi padre y herr Itzhak… No imaginan como esta Espana despues de la guerra… alli no hay muchas posibilidades. Y usted, ?se quedara mucho tiempo?

– Tengo unos dias de permiso, luego he de volver a Varsovia.

– Y nosotros, querida, vamos a pasar una temporada en el campo con mi hermana. El medico dice que me sentara bien salir de la ciudad y respirar aire puro -anuncio Greta.

– ?Oh! Entonces buscare otro alojamiento para estar…

– ?No, no, de ninguna de las maneras! Puede quedarse aqui, y asi cuidara de la casa. No estaremos mucho tiempo fuera, solo unos dias -aseguro Greta.

– Pero es que no quiero ser un problema…

– Y no lo es, de lo contrario no la habriamos invitado a quedarse -anadio herr Helmut.

Berlin seguia viviendo la euforia de la victoria. El ejercito aleman parecia no tener que emplearse a fondo para lograr sus objetivos, y la ciudad intentaba mostrarse ajena a la guerra.

Amelia se presento en casa de Karl Schatzhauser al dia siguiente de su llegada a la ciudad. El profesor no oculto su sorpresa al verla.

– Vaya, no esperaba que regresara. Hacia mucho tiempo que no teniamos noticias de usted ni de su amigo el periodista, tampoco de sus amigos britanicos.

– Lo siento, le aseguro que les hice llegar cuanto me pidieron.

– Pero al parecer no nos toman en serio. Tampoco lo hicieron cuando les advertimos que no continuaran con la politica de apaciguamiento con Hitler porque no conduciria a buen puerto, corno usted bien sabe, antes de la guerra, Max se lo explico a lord Paul James sin ningun resultado.

– Profesor, ya conoce que mi unica relacion con lord James os a traves de su sobrino Albert. Siento no poder serles mas util, sobre todo en este momento.

– ?Por que ha vuelto? -pregunto el profesor.

– He de serle sincera, mi relacion personal con Albert ha terminado. Por eso estoy aqui… yo… en fin, no sabia adonde ir. Quiza no ha sido una buena idea pero… bueno, me he hecho la ilusion de que aqui a lo mejor puedo ser util. Como le explique, el contable de mi padre salvo algunas maquinas del negocio y… al fin y al cabo, eso me reporta algun dinero que me es imprescindible para ayudar a mi familia. Pero si puedo ayudarles tambien a ustedes… no se, en lo que sea…

– ?Y que podria hacer usted? No es alemana y esta no es su guerra. Alemania y Espana son aliadas. ?Por que no regresa a su pais?

– No puedo, aun no puedo vivir alli. No soporto la ausencia de mis padres.

– Max esta en Varsovia, pero puede que dentro de unos dias le tengamos en Berlin. Su esposa, la baronesa Ludovica, se lo ha comentado a algunos amigos, parece que esta organizandole una fiesta para recibirle -comento el profesor mirandola fijamente a los ojos.

– ?Y el padre Muller? ?Y los Kasten? -pregunto Amelia.

– Mas activos que nunca colaborando con el pastor Schmidt. Helga y Manfred tienen mucho valor y nos prestan una gran ayuda. Manfred es un hombre muy respetado por sus colegas de la diplomacia que aun le consultan, pero sobre todo tiene abiertas las puertas de las casas importantes. Lleva una frenetica vida social y no imagina usted la cantidad de informacion que es capaz de recoger en cocteles y cenas.

– ?Cuando les podre ver?

– Dentro de un par de dias nos reuniremos aqui para celebrar una velada literaria, naturalmente ya sabe usted para que. Venga, a ellos tambien les gustara verla.

La siguiente visita que Amelia hizo fue a Dorothy y Jan, que se habian instalado en un discreto inmueble de la Unter den Linden. Sus vecinos eran personas acomodadas y afines al III Reich, y no parecieron extranados por la presencia de la pareja que habia alquilado un apartamento.

Dorothy se mostro encantada de volver a ver a Amelia. Para ella no habia resultado facil hacerse pasar por la esposa de un hombre que hasta unos meses atras era un total desconocido. Tanto ella como Jan eran viudos y tenian esa edad en la que se ha logrado domenar todas las pasiones, pero aun asi, al principio se sintieron incomodos teniendo que compartir la casa, aunque cada uno ocupaba un dormitorio.

Jan resulto ser un hombre de mediana estatura, cabello castano claro lo mismo que sus ojos, era metodico y desconfiado, tanto que pregunto varias veces a Amelia si la habian seguido, y a pesar de sus negativas no parecio quedar satisfecho.

Sus nombres en clave eran «Madre» y «Padre», asi se referian a ellos en Londres.

– Es un buen hombre -le dijo Dorothy aprovechando que Jan habia salido un momento de la sala de estar.

– Y muy desconfiado.

– Hazte cargo de nuestra situacion, tenemos que ser prudentes, cualquier fallo nos costaria la vida, a nosotros, a ti y a los otros agentes de campo.

– El comandante Murray no me dijo quienes son los «otros»…

– Ni yo tampoco te lo dire: cuanto menos sepamos los unos de los otros, mejor; asi reducimos las posibilidades de peligro. Si le detiene la Gestapo y te tortura solo podras hablarles dejan y de mi, pero no de los otros.

– Pero si os detienen a vosotros seria peor porque conoceis el nombre de todos nosotros.

– Si eso sucede, Amelia, no viviremos lo suficiente para contar nada. Hemos asumido que… bueno, supongo que a ti tambien te habran dado una pastilla de cianuro. Es mejor morir que caer en manos de la Gestapo.

– ?Por Dios, no digas eso!

– Cuando aceptamos hacer este trabajo aceptamos tambien la posibilidad de morir. Nadie nos esta obligando a hacer lo que hacemos. Nuestra mision es ayudar a ganar la guerra, y en todas las guerras hay bajas, no solo en el campo de batalla.

Jan entro en la sala llevando una bandeja con una tetera y tres tazas.

– No es como nuestro te, pero le gustara -dijo mirando a Amelia.

– Desde luego que si… no tenia que haberse molestado.

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