interponerse entre nosotros. ?Recuerdas el dia que nos casamos? Yo era la novia mas feliz del mundo… No me case contigo porque asi lo quisieran mis padres, y se que tu tambien me querias mas alla del deseo de tus padres por unir nuestras familias.

– Ludovica, eso es el pasado -respondio Max en tono de protesta.

– No, no es asi, por lo menos no lo es para mi. Si no he sido una buena esposa, te pido perdon. Siempre me has dicho que era demasiado temperamental, y tienes razon, pongo demasiado de mi en todo lo que digo y en todo lo que hago. Y… lo que quiero decirte, Max, es que no permitire que ni Hitler ni el III Reich se interpongan entre nosotros, soy catolica como tu y nuestro matrimonio es para siempre.

Max se quedo abrumado por la confesion de Ludovica. ?Como podia decirle que habia pensado en una separacion amistosa? Miro a su esposa sorprendido y a pesar de la sonrisa implorante de ella, creyo descubrir en sus ojos la dureza de antano.

– Lo intentaremos, ?verdad, Max? -dijo ella instandole a una respuesta.

– Quiza es demasiado tarde…

– ?No, no lo es! ?Como va a serlo? Hice unos votos ante el altar y estoy dispuesta a cumplirlos. Perdona mi comportamiento si tanto te ofendia mi defensa del Fuhrer, pero te aseguro que no volvera a suceder.

Volvio a clavar su mirada en los ojos de Ludovica. Le costaba reconocer a su esposa en aquella mujer aparentemente sumisa y comprendio que todo era una impostura y que ella no aceptaria nunca la separacion.

Terminaron de cenar en silencio, luego el se excuso aduciendo que estaba cansado del viaje y que por eso se retiraba a su habitacion. Ludovica asintio solicita. Media hora mas tarde, cuando Max estaba a punto de dormirse, oyo abrirse la puerta de su habitacion y vio a Ludovica envuelta en un vaporoso camison blanco acercandose. Antes de que pudiera decir nada, la mujer se habia metido en la cama.

2

Las sirenas rompieron el silencio de la noche.

– Puede que la RAF haya decidido devolver la visita a la Luftwaffe. He escuchado en la BBC que nuestros aviones han causado danos en el Museo Britanico y en la Abadia de Westminster -dijo Helga Kasten a sus invitados.

Los Kasten celebraban una cena en honor de Max von Schumann.

Amelia llevaba toda la velada intentando sin exito poder hablar a solas con Max, pero Ludovica no se apartaba del lado de su marido, y para todos se hizo evidente que la relacion en el matrimonio parecia haber mejorado. Ademas, para sorpresa de todos, aquella noche Ludovica no hizo ninguna de sus proclamas a favor del III Reich.

Amelia se acerco a Manfred Kasten.

– ?Cree que podria ayudarme para que pudiera hablar un minuto con Max?

El diplomatico asintio. Penso que quiza su esposa Helga tuviera razon y Amelia hubiera regresado a Berlin en busca de Max.

– Le dire a Max que me acompane a la biblioteca, usted vaya ahora y esperenos alli. Mi esposa intentara entretener a la baronesa, pero ya ve que esta noche Ludovica apenas se ha separado del lado de su marido.

Amelia salio con paso decidido del salon y se dirigio a la biblioteca. Max y Manfred Kasten no tardaron en llegar.

– ?Que es eso tan importante que debe decirme a solas? -le pregunto Max al diplomatico.

– Hay una persona que desea hablar con usted.

Max se paro en el umbral de la puerta cuando vio la figura de Amelia recortarse en el interior de la biblioteca; la rigidez de su gesto indicaba su incomodidad.

– Queria hablar contigo -le dijo ella esbozando una sonrisa.

– ?Que sucede? -pregunto el con cierta sequedad.

Manfred Kasten salio de la estancia dejandolos solos.

– ?He hecho algo que te moleste? Si le he pedido a herr Kasten que te trajera aqui es porque se que no te gusta hablar de ciertas cosas delante de Ludovica… -se excuso Amelia.

– Dejemos a Ludovica y dime que es eso tan urgente que quieres hablar conmigo.

– Me gustaria saber que esta pasando en Polonia…

– Asi que se trata de eso, ?tienes que informar a tus amigos britanicos?

– ?Por favor, Max! ?Que te sucede?

– ?Por que he decirte que sucede en Polonia? ?Servira para parar la guerra?

– ?Dejara Hitler de enviar a Londres los aviones de la Luftwaffe? ?Pero que cosas dices, Max! No te entiendo…

– Estoy cansado de todo, de lo que hago, de ver cuan inutil ha sido mi confianza en Gran Bretana, yo era de los que creian que se podia evitar la guerra, pero ni Chamberlain ni Halifax quisieron escucharnos. ?Y ahora que pretendes? ?Que traicione a mi pais?

– ?Jamas te pediria eso!

– Entonces, ?para que quieres saber lo que sucede en Polonia? ?Por curiosidad o para contarselo a Albert James para que escriba un reportaje?

– Creia que querias parar esta guerra…

– Eso es lo que quiero, si, pero nunca dije que queria que la perdiera Alemania. ?Pretendes que no me importe la vida de mis compatriotas?

– No te entiendo, Max…

– Eso ya lo supongo… Dejemoslo, Amelia, estoy cansado, hoy he recibido la orden de incorporarme de nuevo. ?Puedo ayudarte en algo mas?

– No, gracias, siento haberte molestado.

Amelia salio de la biblioteca con gesto airado y de camino al salon se topo con Ludovica.

– Supongo, querida, que sabe donde esta mi esposo… -le pregunto Ludovica.

– Lo encontrara en la biblioteca -respondio Amelia sin disimular su contrariedad.

A duras penas logro conciliar el sueno aquella noche. Se preguntaba que le habria sucedido a Max para tratarla de aquella manera. Los Keller se habian marchado el dia anterior al campo y la soledad le pesaba, aunque se alegraba de que Greta estuviera mejor, tan animada como para emprender el viaje a casa de su hermana en Neuruppin.

El timbre de la puerta la sobresalto. Miro el reloj. Las diez de la manana. Por un momento se puso a temblar pensando que podia ser la Gestapo. Luego abrio la puerta.

– ?Max!… pero ?que haces aqui?

– Queria disculparme por lo de anoche. Me comporte de manera poco caballerosa.

– ?Quieres que prepare un te? -propuso ella para ocultar su nerviosismo.

– Una taza de te me vendria muy bien, pero no quiero molestar…

– ?Oh, no te preocupes, no tardare ni un minuto!

Mientras Amelia servia el te, Max comenzo a hablar.

– Quiero ser sincero contigo. Sabes lo que siento por ti, y… eso me perturba, sobre todo en estos momentos en que Ludovica y yo estamos intentando salvar nuestro matrimonio.

Amelia se quedo callada durante unos segundos, luego intento sonreir al tiempo que respondia.

– Me alegro por ti, se que sufrias por los problemas con Ludovica -musito Amelia, sorprendida por aquella inesperada confesion.

– Ella cree que aun es posible recuperar lo que sentimos en el pasado…

– Seguro que merece la pena que lo intenteis. Deseo lo mejor para ti.

– Dentro de un par de dias regreso a Varsovia, y me preguntaste que sucedia alli…

– Si, pero era una excusa para verte a solas. En realidad no quiero saber nada sobre Varsovia.

Pero Max no parecio escucharla y comenzo a hablar con la mirada perdida.

– ?Pobres polacos! No sabes lo que han hecho alli los Einsatzgruppen…

– ?Los Einsatzgruppen?

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