– En el Europejski.
– Mas o menos tenemos la misma edad, y usted aqui no conoce a nadie, de manera que a su amante le gustara saber que mientras el se dedica a matar polacos, usted tiene alguien con quien conversar.
– Le ruego que no insista en su valoracion sobre Max. No le conoce, por lo tanto no deberia juzgarle. Entiendo que para usted todos los alemanes son el enemigo, pero el no lo es.
– Supongo que usted tiene que creerselo para no sentirse tan mal al hacer su trabajo -concedio Grazyna.
– No, no es por eso. Le conozco desde hace tiempo y le aseguro que no es un nazi.
Grazyna se encogio de hombros. No estaba dispuesta a hacer mas concesiones respecto a lo que opinaba sobre los alemanes. Los odiaba demasiado para hacer distinciones. Algunos de sus mejores amigos habian desaparecido a manos de los Einsatzgruppen, a dos de sus tios los habian ahorcado, y su novio estaba en el gueto. No, la espanola no podia pedirle que fuera capaz de ver mas alla del dolor y del odio.
– La acompanare de vuelta al hotel, asi podra hacer creible lo que va a contarle a su amante.
Salieron de la casa en silencio. Amelia analizando si llegaria a entenderse con Grazyna. Y esta, por su parte, no sabiendo que pensar sobre Amelia. Por lo que acababa de decirle era una agente britanica que tenia una mision que cumplir y para ello seguramente debia utilizar a aquel oficial de la Wehrmacht, pero aun asi despreciaba a cualquiera que tuviera un trato amable con el enemigo.
Grazyna le explico que era enfermera y trabajaba en el Hospital de San Estanislao. Cuando podia robaba medicinas para llevarlas al gueto.
No le resultaba facil, pero contaba con la complicidad de una monja, la hermana Maria.
– Es una mujer extraordinaria, y muy valiente a pesar de su edad.
– ?Cuantos anos tiene? -pregunto Amelia.
– Creo que ha cumplido los sesenta; esta un poco gorda y es algo protestona, pero no le importa arriesgarse. Tiene acceso al cajon donde se guardan las llaves de la farmacia del hospital, y es ella quien me ayuda a robar los medicamentos.
– Una monja robando… -susurro Amelia, sonriendo.
– Una monja ayudando a salvar vidas -respondio Grazyna enfadada.
– ?Por supuesto! No me malinterprete. Me parece admirable lo que hace la hermana Maria, solo que pienso que ella nunca habria imaginado que iba a robar.
– ?Y usted habia imaginado que se convertiria en la amante de un nazi?
– No soy la amante de ningun nazi.
Volvieron a guardar silencio hasta llegar al hotel. Alli Amelia la invito a tomar el te. Grazyna tenia razon: era preciso dar verosimilitud a la mentira que Amelia iba a contarle a Max.
Este no llego al hotel hasta bien entrada la tarde. Estaba cansado e irritado, pero cambio de humor en cuanto se encontro con Amelia. Ella le conto que habia conocido a una joven enfermera polaca y que habian congeniado, y el la animo a que volvieran a verse.
– Asi no estaras tan sola; se que soy un egoista por haberte traido aqui, pero no querria por nada del mundo separarme de ti.
Aquella noche, al igual que las siguientes, Amelia continuo fotografiando los documentos que contenia la cartera de Max. Sentia un miedo increible cada vez que hacia aquello, y se preguntaba si el la perdonaria en caso de que la descubriera.
El 20 por la tarde Amelia volvio a presentarse en casa de Grazyna. No la habia vuelto a visitar desde el dia en que se conocieron. Vio que la maceta estaba colocada en el lado derecho y subio con paso rapido hasta el tercer piso.
Llamo al timbre y Grazyna no tardo en abrir la puerta.
– ?Oh, eres tu! -dijo sin ocultar su sorpresa.
– Si… he visto la maceta situada en el lado derecho y por eso he subido… -se excuso Amelia.
– Pasa, te presentare a algunos amigos.
En la sala habia dos hombres y otra joven. Los tres la miraron con curiosidad.
– Te presento a Piotr y a Tomasz, y esta es mi prima Ewa, la mejor pastelera de Varsovia. Algun dia deberias pasarte por la pasteleria de mis tios, te aseguro que merece la pena.
Piotr parecia estar mas cerca de los cuarenta que de los treinta; era alto, fuerte, con el cabello rubio oscuro y los ojos castanos casi verdes, y unas manos fuertes y callosas; todo lo contrario de Tomasz, que no parecia haber llegado a los treinta, delgado, estatura media, con el cabello rubio casi blanco, y el color de los ojos azul intenso. Sin duda Ewa era la mas joven del grupo. Amelia calculo que podia tener aproximadamente unos veinte anos: alta, esbelta, con el cabello castano claro y los ojos azul oscuro como los de Grazyna.
– ?Traes mas informacion? -pregunto esta.
Amelia se puso tensa y no respondio. No sabia quienes eran los invitados de Grazyna y le sorprendio la indiscrecion de la joven.
– ?Vamos, no te preocupes! Son amigos, de lo contrario no te habria invitado a pasar. ?No me preguntaste por la Resistencia? Bien, pues aqui tienes a tres de ellos. Estamos preparando una incursion en el gueto.
– ?Y como lo haceis? -pregunto Amelia con curiosidad.
– La casa de la condesa Lublin se encuentra situada en una calle adyacente al muro que cierra el gueto. En la parte de atras de la casa esta la puerta de servicio; alli hay una alcantarilla, Piotr ha encontrado el camino que conduce al otro lado. Las alcantarillas suelen estar vigiladas, pero en ocasiones podemos burlar la vigilancia, ?verdad, Piotr?
El hombre asintio. Grazyna hablaba en aleman, idioma que, para alivio de Amelia, parecian conocer sus amigos.
– Piotr es el chofer de la condesa. Una mujer singular, parece amiga de los nazis, pero Piotr cree que es solo apariencia -aclaro Grazyna.
– La conoci en Cracovia durante una cena ofrecida por el gobernador general, Hans Frank.
– ?Ese cerdo! -exclamo Grazyna.
– No imagina como estan sufriendo en el gueto -la interrumpio Ewa-, sobre todo los ninos. Necesitan medicinas con urgencia, muchos sufren de fiebre tifoidea.
– ?Cuando sera la incursion? -pregunto Amelia.
– Esperamos poder hacerlo dentro de un par de dias -respondio Ewa.
– Bueno, ?has traido mas material o no? -se impaciento Grazyna.
– Si, aqui lo tienes. Creo que puede haber algo importante, estan desplazando gran cantidad de tropas a la frontera.
Grazyna intercambio una rapida mirada con Tomasz y este movio la cabeza como asintiendo a lo que ella le preguntaba calladamente.
– Lo enviare de inmediato, puede que esta misma noche -se comprometio Grazyna.
– Si, hazlo. Max se marcha manana, me ha dicho que estara unos dias fuera, que se va al norte justo donde va a haber un mayor despliegue de tropas. Tienen muchas divisiones en Polonia…
– Bueno, al menos durante unos dias te libraras de la presencia de ese hombre -concluyo Grazyna.
– ?Crees que podria pasar con vosotros al gueto?
– ?No! -respondieron todos a la vez.
– Bueno… solo preguntaba… me gustaria ayudar…
– Tu haz tu trabajo, nosotros haremos el nuestro. ?Te imaginas que nos detuvieran? No quieras correr mas riesgos de los necesarios -le reprocho Grazyna.
El 22 de junio la «Operacion Barbarroja» se puso en marcha: la Wehrmacht invadio la Union Sovietica. La noticia no cogio desprevenida a Gran Bretana. A traves de sus agentes, la Inteligencia britanica contaba con informacion sobre el movimiento de tropas alemanas. La que aporto Amelia Garayoa fue una de las tantas que corroboraron lo que ya sabian en Londres. Para entonces ya habian logrado descifrar el codigo de Enigma con el que el Ejercito y la Marina alemanas cifraban sus mensajes. Para Churchill fue una buena noticia. Estaba convencido de que Hitler, a pesar de parecer invencible, no podria combatir con la misma intensidad en dos frentes a la vez.
Stalin, pese a que habia recibido numerosas informaciones alertandole de la invasion, nunca les dio credito. Es mas, mando fusilar a algunos de los que se atrevieron a advertirle.
